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1996-2006: A diez años de los Acuerdos (o de los recuerdos) de Paz
Por Víctor Gálvez Borrel - Guatemala, 27 de noviembre de 2006

...la desconfianza y el rechazo que algunos líderes conservadores siempre mostraron hacia los acuerdos de paz, por el temor natural a que su aplicación significara algún cuestionamiento a sus tradicionales privilegios.

Conforme se acerca diciembre y la mayoría de la población guatemalteca se prepara para las fiestas navideñas, algunas dependencias públicas y organizaciones sociales se aprestan a conmemorar el décimo aniversario de la paz, con conferencias, encuentros y publicaciones. Poco va quedando, sin embargo, del carácter popular que esta conmemoración provocaba (concentraciones,marchas, festival de campanas, etc.). Y es que, a 10 años, no deja de sentirse una cierta fatiga que en algunos casos convive ya con la indiferencia. Esta actitud es, sin embargo, distinta a la desconfianza y el rechazo que algunos líderes conservadores siempre mostraron hacia los acuerdos de paz, por el temor natural a que su aplicación significara algún cuestionamiento a sus tradicionales privilegios. ¿Qué decir entonces en este décimo aniversario de la paz?

La suscripción de la paz firme y duradera, en diciembre de 1996, encarnó las esperanzas de muchos en un futuro desconocido, aunque anhelado: mejoramiento del nivel de vida de los más desfavorecidos, acceso más equitativo a las oportunidades individuales y colectivas del desarrollo, disminución de la desigualdad y de la exclusión, respeto a las diferencias, entierro del racismo y del sexismo, entre otras. Se trataba de la creencia, pero también de la confianza, en la posibilidad de entrar con mejor pie en el siglo XXI. La paz era la gran oportunidad de construir, con la participación de todos y todas, una nueva sociedad. Era, quizás, la última utopía. A lo largo de esta década se han acumulado, sin embargo, desánimos, amarguras y frustraciones por lo que se esperaba lograr y no se pudo alcanzar.

Del lado del haber destacan sin embargo, varios puntos. El ingreso —precario pero con gran entusiasmo— de nuevos actores sociales en la política nacional (pueblos indígenas, mujeres y jóvenes). El declive —resentido y por momentos imperceptible— de algunos de los principales privilegios de las fuerzas armadas. La posibilidad para tratar temas antaño peligrosos y prohibidos, dentro de una desordenada y a veces caótica opinión pública. La práctica de elecciones libres, periódicas y cuyos resultados se han respetado, hasta casi hacer olvidar la forma como las mismas se celebraban durante las décadas de la dictadura.

Pero el mayor logro de la paz ha sido la paz misma; es decir, el silencio de las armas, el fin del terror que duró de 1962 hasta 1996, y que reclutó en las filas de la muerte a dos generaciones de guatemaltecos y guatemaltecas. La inseguridad actual y la violencia cotidiana y galopante, desatada por la delincuencia, estimulada por el desempleo y la miseria y frente a la cual el Estado en crisis (casi en quiebra) aparece desbordado, constituye otro tema. Lo que se pudo cumplir de los compromisos de la paz ha sido positivo.

Lo que falta “sigue allí”, no como el dinosaurio de Tito Monterroso, sino como testimonio de una oportunidad aún abierta, a la espera de una mejor estrategia política para su rescate. ¿Nostalgia de lo que pudo ser y no fue? Indiscutiblemente.

Fuente: www.sigloxxi.com


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