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El efecto Rigoberta Menchú
Por Víctor Gálvez Borrel - Guatemala, 19 de febrero de 2007

La decisión de la Premio Nobel de la Paz 1992 de postularse a la Presidencia de la República fue la noticia política más importante de la semana. Algunas mujeres lo hicieron con anterioridad, pero con escasas posibilidades (a Flor de Solís nadie la tomó en serio, por ejemplo). Otras compitieron por la Vicepresidencia: (Aracely Conde, Arabella Castro, Maritza Ruiz), sin mayor trascendencia.

Es esta la primera vez en la historia que una mujer, y además indígena, intenta participar y cuenta con posibilidades de cosechar algún porcentaje significativo de votos. Ello justificaría hablar del “efecto Rigoberta Menchú” para referirse a las consecuencias que tal nominación producirían, tanto “hacia adentro” como “hacia afuera” de la sociedad guatemalteca.

Empecemos por las segundas. Hay que partir del hecho que Rigoberta Menchú es la guatemalteca más conocida a nivel internacional —lo confirma la cobertura noticiosa de su candidatura por la prensa mundial, que no se ha ocupado de mencionar a ningún otro candidato—. Que una mujer maya pueda postularse a la Presidencia de su país, mostraría a ojos externos la importancia adquirida por el movimiento indígena y la aparente apertura del sistema político en Guatemala. Confirmaría la idea según la cual “algo está cambiando en América Latina”. Esto explicaría también la satisfacción de la administración actual por mostrar que este país ya no es la República de gorilas de antes de 1986.

El efecto “interno” es más complejo que esta superficial imagen internacional (interesada en ver nuevos Evos Morales en el continente). Y ello, porque la participación de Rigoberta también pone a prueba algo más que la apertura del sistema político nacional: es una cita con la tolerancia respecto del racismo y el machismo ancestrales en nuestra sociedad (baste recordar la proliferación de chistes inspirados en los orígenes étnicos y de clase de la Nóobel, que circularon en 1992, subsistieron varios años y hasta fueron objeto de estudios académicos para documentar este comportamiento). Muchos se han preguntado si Guatemala está “preparada” para esta candidatura: la respuesta la darán los hechos, y dependerá mucho de las reacciones de la opinión pública y de la ciudadanía individual.

En este sentido, es importante considerar que han pasado 14 años desde que se le otorgó el Nobel a Rigoberta y que ésta ya no es la misma líder de aquella época. En efecto, se convirtió en empresaria (lo que un sector de la izquierda “jurásica” no le perdona pero que otro de la derecha, tampoco acepta) y también en Embajadora de buena voluntad de los acuerdos de paz de la administración Berger. Es posible, entonces, que quienes se opongan a su candidatura lo hagan también porque esperaban de ella más de lo que la propia Rigoberta (o la fundación que lleva su nombre) ha logrado, en un país de tantas carencias y tan acostumbrado a generar tantas expectativas.

Será difícil diferenciar si las motivaciones de la crítica nacen del racismo y del machismo o de la simpatía o antipatía que la candidata, como cualquiera otra, despierta en el electorado; el contenido de las mismas permitirá orientarnos.

Un último efecto a señalar en el ámbito nacional: el acercamiento (al menos aparente) que su candidatura ha producido entre ciertos partidos de la izquierda tradicional, tan reacios a suscribir alianzas (lo que ha llevado a algunos a considerar que la “peor enemiga de la izquierda…es la izquierda misma”). Resta por ver entonces, otras consecuencias del “efecto Rigoberta Menchú” en el país.

Fuente: www.sigloxxi.com


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