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Mitos de la política nacional
Por Víctor Gálvez Borrel - Guatemala, 9 de julio de 2007

A lo largo de estos 22 años, la ciudadanía ha visto desfilar candidatos de diversas pelambres.

Desde 1985, cuando se preparaba la transición a la democracia a la fecha, se han realizado cinco elecciones generales en Guatemala, para integrar el Gobierno central y elegir diputados al Congreso y corporaciones municipales.

A lo largo de estos 22 años, la ciudadanía ha visto desfilar candidatos de diversos pelambres, así como propuestas, ofrecimientos y planes de Gobierno, juntamente con nombres, siglas y símbolos de un sinnúmero de partidos políticos, sin contar con eslóganes de lo más imaginativo a lo más absurdo.

Dado que es en el Gobierno donde se definen las orientaciones generales para conducir la sociedad, la población se ha acostumbrado a esperar que los candidatos cumplan con la mayor parte de sus promesas: rescatar el país, lograr el desarrollo, generar empleo, garantizar seguridad, ejecutar servicios sociales básicos y de calidad, amén de realizar las obras públicas que se comprometieron en sus innumerables giras de proselitismo.

Como las expectativas son tan altas y los logros tradicionalmente tan bajos, el grado de insatisfacción con los equipos de Gobierno se instala rápidamente. Así lo muestran las encuestas (tanto electorales como no electorales) que se realizan periódicamente, en las cuales el entusiasmo y apoyo ciudadano hacia el Gobierno, decrece aceleradamente.

Todo lo anterior ha producido un profundo efecto sedimentado de insatisfacción y frustración, dentro de lo que se conoce como la cultura política de la ciudadanía (entendida como la serie de prácticas, representaciones e instituciones, relacionadas con la autoridad, la obediencia y la legitimidad que existe en toda sociedad).

Y es que este efecto sedimentado de los últimos 22 años también se inscribe en una matriz cultural de tradición más antigua (que arranca de la época colonial y hasta de la prehispánica), caracterizada por abusos de poder, oportunismo, explotación de los más débiles y corrupción. No es de extrañar entonces, que algunas de las principales representaciones ciudadanas de la política en períodos electorales (como el actual) reactiven visiones de desvalorización de la propia política.

Refirámonos tan sólo a dos. Una considera que, dado que la política es el reino de la corrupción, los candidatos que tenderían a ser más probos y por ende, más eficientes, serían los que ya gozan de fortuna, pues no se acercarían al gobierno para enriquecerse. “Los ricos no roban porque ya son ricos”, señalaría tal visión. Otra percepción indicaría, puesto la política es el reino de la ineficiencia, que los mejores candidatos serían precisamente, los más alejados del mundo de la política.

Así, el perfil ideal sería el de quienes provengan de las empresas, las iglesias, las ONG, universidades, etc. pero nunca de puestos públicos anteriores. Y cuanta menos experiencia en administración pública exhiban (en presupuesto, planificación, manejo de personal, organización del Estado, legislación administrativa, etc.), mejores se espera que sean. Resultado: los candidatos más recomendables para el desempeño político deben ser los más ignorantes de la práctica política misma y de la gestión administrativa del Estado. No importa si requerirán de mucho tiempo para “aprender el cargo” y si para ello deben equivocarse repetidas veces (a costa de los propios programas estatales).

Lo grave de estos mitos de la política nacional es que, al final, terminan por agravar, aún más, el ya deteriorado desempeño gubernamental, y por ese lado, a desvalorizar más la política. El círculo vicioso no hace entonces, más que fortalecerse.

Fuente: www.sigloxxi.com


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