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Recordando a Francisco Méndez
Por Víctor Gálvez Borrel - Guatemala, 20 de agosto de 2007

El interés por lo indígena no revela piedad ni proteccionismo sino igualdad e identidad.

A manera de paréntesis en la vorágine electoral y con ocasión del centenario del nacimiento del poeta Francisco Méndez, dedicamos esta columna a su recuerdo. Nació en Quiché en 1907 y murió en Guatemala en 1962. Fue durante varios años reportero, cronista y luego Jefe de Redacción del desaparecido Diario El Imparcial, en cuya sección literaria (dirigida por César Brañas), aparecían los trabajos del grupo Los Tepeus (del quiché creador, formador) al que perteneció Francisco Méndez con otros escritores de la generación de 1930.

A finales de la década de 1950, el escritor vivía en la frontera entre la zona 1 y 2, en algún lugar que ahora resultaría imposible de identificar, pero que en aquellos años era parte de los apacibles barrios del norte de la capital, habitados todavía por la clase media. Algunas tardes, al salir del colegio La Preparatoria, César, el hijo más pequeño de Don Paco Méndez, nos invitaba a beber limonada y comer champurradas junto a otros compañeros de clase, con quienes conversábamos de casi cualquier cosa, a la par que nos iniciábamos en el clandestino y rebelde ritual de fumar los cigarrillos más baratos que circulaban en la época: Payasos y Vaqueros.

De aquella casa recuerdo la proliferación de macetas, la cantidad de libreras esparcidas por cuartos y corredores, atiborradas de textos, un viejo y perezoso perro de origen precolombino que como los de su raza, casi no tenía pelo. La presencia de Don Paco, que con su voz suave y gesto tímido, nos saludaba y conversaba unos instantes, contribuyendo a la tranquilidad de la casa, que se alteraba momentáneamente con la algarabía, las risas y las discusiones de aquel grupo que recién iniciaba la adolescencia. No me queda claro en la memoria, en que año leí Cuentos de Joyabaj, la colección de 25 relatos que escribiera Francisco Méndez y catalogados como costumbristas, muchos de ellos ambientados a inicios del siglo XX durante la dictadura de Estrada Cabrera, época que coincidió con la juventud del escritor.

Recuerdo sí dos de aquellos cuentos: La Totopostera y Los Mexicanos, que narran las terribles condiciones de las agarradas, el servicio militar y las tensiones fronterizas en Guatemala, durante los años de la revolución mexicana. Cuentos de espanto que retratan la inhumana vida en los cuarteles, el hambre (el totoposte, único alimento de la tropa), el sufrimiento y las torturas de los campesinos obligados a convertirse en soldados. La fragilidad y las injusticias en que se sustentaba el Ejército, que explicarían en parte las razones del apoyo militar al levantamiento del 20 de octubre de 1944 en contra de otra dictadura: la de Jorge Ubico.

En 1961 Francisco Méndez realizó una larga gira por Europa y Asia invitado por agrupaciones de amistad con Latinoamérica. A su regreso, ya enfermo, fue hostigado y se le retiró el pasaporte por viajar a “países prohibidos”. Era la época del anticomunismo “oficial”. Murió en abril de 1962. Su muerte afectó profundamente a su hijo César, quien interrumpió temporalmente sus estudios y dejamos de ser compañeros de aula. Su vena literaria fue heredada por su nieto: Francisco Alejandro Méndez, hijo de nuestro viejo compañero de escuela. Muchos años antes de que se renovara el debate sobre las relaciones interétnicas en Guatemala bajo el enfoque del reconocimiento y respeto a las diferencias, dijo Francisco Méndez del grupo Los Tepeus: “es una rama guatemalteca de la literatura americanista… El interés por lo indígena no revela piedad ni proteccionismo sino igualdad e identidad entre el destino del criollo (mestizo o no) y el destino del indio”.

Fuente: www.sigloxxi.com


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