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Pavoroso incremento de inseguridad y violencia
Por Víctor Gálvez Borrel - Guatemala, 1 de octubre de 2007

La solución a la violencia ofreciendo más violencia, resulta epidérmica y poco útil.

La inseguridad y la violencia han crecido de tal forma en Guatemala en los últimos años, que resulta común que muchas personas las consideren ya, como innatas o endémicas. Tal percepción, que significaría asumirnos como una “sociedad violenta”, es muy peligrosa.

En efecto, el pesimismo y el conformismo subyacentes a una forma de pensar de este tipo, puede fácilmente conducir a la aceptación —a veces inconsciente- de soluciones desesperadas pero aparentemente efectivas para enfrentarlas. La inseguridad y la violencia se incrementaron durante los 36 años de la guerra interna.

Se trató de una situación derivada del terrorismo de Estado (persecución, secuestros, masacres y desapariciones forzadas ejecutadas principalmente por fuerzas de seguridad). Lo común de aquellos años fue la ausencia de “presos políticos” y la muerte “por razones políticas”.

Durante la primera mitad de la posguerra (1996-2001), la inseguridad y la violencia disminuyeron para aumentar durante la segunda mitad de la misma (2002-2007). Resulta evidente que los primeros años de la posguerra se desaprovecharon lastimosamente para hacer los ajustes indispensables en el sistema de seguridad, justicia e investigación criminal (PNC, juzgados, MP y régimen de presidios).

En vez de ello, la debilidad del aparato de Estado, la miopía de los gobiernos y la corrupción, ablandaron e hicieron “poroso” dicho sistema, que terminó fácilmente capturado por el crimen organizado y por grupos reciclados del antiguo conflicto armado interno. Ello fundamenta la percepción que dicho sistema es ya “irrecuperable” (basta considerar la última noticia sobre los agentes de la PNC nuevamente utilizados como sicarios en las ejecuciones recientes del barrio El Gallito, al igual que lo fueron con los diputados salvadoreños, asesinados a inicios del año).

A lo anterior se agrega la transformación de las pandillas, inicialmente de barrio, en pandillas delictivas (en parte por la contaminación de delincuentes juveniles deportados de EE.UU. y en parte por su utilización por fuerzas de seguridad y el crimen organizado) y su expansión en muchas ciudades intermedias del país (y ya no sólo en la capital).

Con ello, la inseguridad se generaliza a todo el territorio nacional y se expanden los grupos de riesgo: se roba, asalta y secuestra en toda Guatemala y no exclusivamente a quienes tienen más riqueza, sino a los mismos pobres (quienes son también, los más indefensos). Pobres contra pobres, según la figura que recoge un estudio reciente sobre el tema: “muchachos jóvenes de escasos recursos, matándose entre sí” (CIEN, 2001).

Un panorama tan oscuro y deprimente, con causas que se enraízan en fenómenos que se desencadenaron desde hace décadas y que tienen efectos de arrastre, produce temor generalizado y reacciones diversas de privatización de lo público: desde el incremento de guardaespaldas, policías privadas y blindaje de casas y colonias enteras (con balcones, garitas, talanqueras, etc.), hasta reacciones irracionales y desproporcionadas como los linchamientos.

En este contexto tan complejo, la solución a la inseguridad y a la violencia ofreciendo más violencia, resulta epidérmica, poco útil y destinada a calmar sólo superficialmente el temor generalizado de la ciudadanía. Las campañas de “tolerancia cero” que se ensayaron en El Salvador y Honduras por ejemplo, provocaron cárceles abarrotadas con jóvenes que luego fueron puestos en libertad por falta de mérito y ninguna solución. Así, las lecciones aprendidas de países vecinos, deberían servirnos para meditar las opciones que presentan algunos candidatos frente a la inseguridad y la violencia.

Fuente: www.sigloxxi.com


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