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Marcelo Colussi, psicoanalista: “En Guatemala el psicoanálisis sigue siendo mala palabra”
Por la Redacción de Albedrío - Guatemala, 20 de julio de 2016

El psicoanálisis sigue siendo algo muy poco conocido en Guatemala. Son más los prejuicios que se tejen en torno a él que lo que se lo estudia con seriedad; en realidad muy pocos, prácticamente nadie, lo aborda en profundidad. Lo que más abunda en el ámbito de la Psicología es un eclecticismo teórico que da para todo, con preponderancia de las escuelas estadounidenses.Para conocer más en detalle la situación, Albedrío habló con Marcelo Colussi, psicoanalista formado en Argentina, también con estudios de Filosofía, que hace 20 años radica en el país.

Pregunta: Ante todo, para situarnos en lo que vamos a hablar: ¿qué es el psicoanálisis?

Respuesta: Es un cuerpo teórico, muy bien articulado, con más de un siglo de desarrollo, que tiene como concepto básico el inconsciente. En otros términos: es una ciencia, que podemos incluir en el campo de las ciencias sociales, inaugurada en su momento por el médico austríaco Sigmund Freud, que irrumpió subversivamente a inicios del siglo XX rompiendo una visión biologista del ser humano y de su ámbito psíquico, cuestionando incluso principios ancestrales de la tradición filosófica occidental, de la visión aristotélico-tomista de nuestro sentido común, con lo que se formula una demoledora crítica de la noción de normalidad. A partir de los conceptos que Freud y posteriores psicoanalistas fueron elaborando, podríamos decir hoy que es una práctica social, una técnica de trabajo para abordar una amplia gama de problemas en el ámbito de la clínica psicológica, en el ámbito de la educación, de la cultura, y que sirve para entender fenómenos sociales en un extendido espectro de cuestiones.

Pregunta: Hablaste de inconsciente; ¿qué es eso? ¿Es lo mismo que subconsciente?

Respuesta: Inconsciente es el concepto principal de toda la teoría psicoanalítica. Con él podría decirse que se sintetiza el sentido del descubrimiento freudiano. ¿Qué es el inconsciente? Es un campo de sentido, un ámbito que explica lo que el sentido común o la psiquiatría clásica no pueden explicar. La preocupación del psicoanálisis no es la localización física de ese inconsciente; eso, en todo caso, será preocupación de la neurología, de la psicofisiología. Lo que importa psicoanalíticamente son los efectos de ese ámbito. Esos efectos, lo que podríamos llamar formaciones del inconsciente, son ciertas cosas que dejan sorprendidos al sentido común, a la medicina, a la filosofía. Ahí tenemos los sueños, los actos fallidos, los chistes que nos hacen reír y –lo más importante para la dimensión clínica– los síntomas. ¿Por qué soñamos? ¿Qué significado tiene el sueño? ¿O por qué nos equivocamos cuando hablamos, nos trabamos una palabra, tenemos un determinado equívoco, nos olvidamos un nombre? De la misma manera funciona nuestro aparato psíquico para producir un síntoma: ¿por qué en un equis momento, sin ninguna afección orgánica, un varón está impotente, o una mujer frígida? ¿Por qué se produce un tic nervioso, o un delirio? ¿Por qué tenemos los rasgos de carácter que tenemos: unos son especialmente ansiosos, o meticulosos, u obsesivos, mientras que otros son despreocupados, serios y circunspectos o parranderos a morir? ¿Por qué sucede todo eso? ¿Por qué nos angustiamos? ¿Por qué alguien se suicida, o es alcohólico? ¿Por qué alguien es heterosexual y otro, digamos su hermano criado en el mismo hogar, es homosexual? ¿Por qué hay quien llega a los cuarenta años y nunca tuvo una relación sexogenital, mientras otra persona es promiscua, y otra hace votos de castidad? Cualquiera de esas expresiones: el síntoma, el acto fallido cuando hablamos, el sueño, el chiste, cualquiera de ellas no puede entenderse desde el sentido común, o desde una visión biomédica tradicional. Es ahí donde entra el inconsciente. Según nuestra larga tradición filosófica, que es la que da lugar al sentido común con que todos nos manejamos, somos seres racionales. Dicho de otro modo: nosotros somos los dueños de nuestro destino, el conflicto es un cuerpo extraño en nuestras vidas y cada uno de nosotros decide por dónde va. La idea de inconsciente viene a romper esa ilusión: “No somos dueños en nuestra propia casa”, dirá Freud. Asimilar eso es muy cuesta arriba; preferimos quedarnos con la ilusión de ser dueños de nuestro destino. La experiencia clínica, y el análisis objetivo de infinidad de fenómenos cotidianos, nos lo confirma. Freud justamente empezó mostrando su descubrimiento del inconsciente no desde la experiencia clínica, sino desde la normalidad cotidiana: los sueños (su principal obra es “La interpretación de los sueños”, de 1900), los actos fallidos (lo muestra con un texto genial que es la “Psicopatología de la vida cotidiana”, de 1901) y con el análisis de los chistes (“El chiste y su relación con el inconsciente”, de 1905). El sentido común, la ciencia oficial de su época, la ideología dominante centrada en la razón –que es la que sigue primando– no pueden digerir esa verdad. De ahí que se intenta por todos lados minimizar la obra freudiana, denigrarla. El psicoanálisis, en ese sentido, es visto como una “fumada” de su creador, como una serie de incongruencias supuestamente pansexualistas, como algo no práctico para la vida. De ahí que se sigue poniendo a la Razón, la Conciencia, la Voluntad, como el centro de nuestra vida anímica. La Conciencia, de la que supuestamente somos dueños, sigue estando por arriba de todo: por debajo estarían esas cosas “pecaminosas”, incomprensibles, esos productos de desecho que serían el inconsciente. Por eso en psicoanálisis no hablamos de subconsciente, porque esos contenidos que no dominamos (que se muestran en el sueño, en el lapsus, en los síntomas), no están ni arriba ni abajo, no son “sub”. Simplemente son parte de nuestra vida. ¿Por qué vos, que me estás entrevistando ahora, o el lector que tal vez lea esto, tienen la identidad sexual que tienen? ¿Es una decisión voluntaria? ¿Por qué no te metés con tu hermana o tu hermano, por ejemplo? ¿Qué explicación racional hay de eso? Porque, de hecho, más allá de la prédica moral “normal”, el incesto se consuma, y mucho más de lo que esa moral “oficial” admite. ¿Por qué hacemos lo que hacemos? Todos sabemos que fumar puede ocasionar cáncer de pulmón, pero una amplia mayoría sigue fumando. Desde la razón, la voluntad, la conciencia, eso no se puede explicar. Del mismo modo que no se pueden explicar el sueño, el olvido o la ansiedad, el miedo que me puede dar viajar en un elevador o el más florido delirio de un paranoico, de un esquizofrénico. Para entender esos fenómenos –y para poder operar sobre ellos– es que surgió el concepto de inconsciente. Y a partir de él, toda la práctica psicoanalítica.

Pregunta: Lo decías hace un momento: del psicoanálisis existe la extendida idea que es un pansexualismo, que todo se explica por el sexo. ¿Es así?

Respuesta: No, terminantemente no. Y eso obliga a definir con precisión qué entendemos por sexualidad. La concepción común sobre el tema, lo que decimos a diario sobre ello, tiene una base biologista. Esa visión domina nuestra forma de entender las cosas: el positivismo del siglo XIX sigue vigente, amén de una consideración moralista que envuelve toda la cuestión. Dicho de otra forma: cuando hablamos de sexualidad humana tenemos a la mano la idea de un instinto que gobernaría nuestros actos: el macho de la especie busca a la hembra de la especie para dejar descendencia. Habría un modelo instintivista, biológico, que rige nuestra conducta. Pero en el ámbito humano las cosas no son tan sencillas: nos movemos por algo más que por la necesidad de procreación. Lo decíamos más arriba: ¿por qué no te metés sexualmente con alguien de tu grupo familiar? (cosa que a los animales sí les ocurre). Pues bien: ahí está la gran diferencia. Todo lo humano es una construcción, producto de una historia social, cultural. El incesto es una creación de la civilización. Los humanos nos movemos por el deseo, un deseo, una búsqueda, una fuerza que continuamente nos lleva a buscar algo pero que nunca se colma. ¿Por qué hay transgresión? ¿Por qué hay leyes, códigos sociales que reglan nuestra vida? No tenemos un instinto que nos asegura nuestro objeto sexual: el objeto sexual es siempre una búsqueda, y puede ser cualquier cosa: un zapato, un ser humano del sexo opuesto, una parte de ese ser humano, una película pornográfica. Esa búsqueda, ese objeto tiene que ver con el placer, que no se corresponde forzosamente con la necesidad biológica. Por ejemplo: hablamos de monogamia, pero los moteles están siempre llenos, a cualquier hora. Y raramente se va a un motel con la pareja oficial. ¿Por qué sucede esto? No hay fuerza instintiva que lo pueda explicar. De esa misma manera podríamos decir que se construye todo lo que tiene que ver con la sexualidad, que va de la mano del deseo, de la búsqueda de un objeto simbólico que puede ser cualquier cosa. En la sexualidad humana entra siempre ese elemento de incomodidad. ¿Por qué tapamos siempre, en cualquier cultura, los órganos genitales? ¿Por qué la sexualidad está asociada con algo tabú, sucio, pecaminoso? ¿Por qué nos cuesta tanto hablar de eso, y nos pasamos la vida haciendo chistes sobre el asunto? ¿Por qué aquí asistimos tanto a una represión social? (pensemos, por ejemplo, en todos los prejuicios que existen al respecto, y una vez más: ¿por qué no cortejás a tu hermana/o?). Pues bien: porque la sexualidad demuestra de un modo evidente la finitud de lo humano. Es por eso que tapamos, que cubrimos los órganos genitales externos que dejan ver esa diferencia. La fantasía de completud, poder ser todo, desfallece ante la realidad sexual anatómica: somos una cosa u otra, machos o hembras, que por un largo proceso civilizatorio nos transformamos en caballeros o damas, y que respetamos códigos sociales como el incesto. Eso largo y complejo proceso, nunca falto de dificultades, de tropiezos, de rasguños, da como resultado, por ejemplo, una dama como mamá, y la niña cuando crezca y tome toda la sopa, podrá tener su “papacito”, pero que no es el padre real de carne y hueso; o podrá llegar a ser, quizá, todo un “macho” como papá, teniendo su “mamacita” una vez que tome toda la sopa y adquiera los estandartes fijados como normales. Con todo esto queremos significar que la sexualidad en modo alguno queda explicada por lo biológico. La muñeca inflable, el vibromasajeador, la infidelidad conyugal o los mil problemas que vienen conexos con esta esfera humana –¿el voto de castidad es algo natural?, ¿y cómo debe ser el matrimonio: monogámico, o privilegiamos el harem?, ¿hasta qué edad decimos que es “normal” la masturbación?– tienen que ver con esa compleja construcción que hace de la cría humana un ser adaptado, o no, a su realidad circundante. Para resumir: la sexualidad es el talón de Aquiles de todos los seres humanos porque muestra de modo más que patente, o patético, la finitud. Como dijo un psicoanalista francés, Jean Laplanche: “el instinto está “pervertido” por lo social”. Cuando hablamos de la sexualidad –y nos pasamos muy buena parte de nuestra vida hablando de eso, y cuando no nos ven en el baño público, también escribiendo sobre esto, siempre en forma de chiste grosero–, cuando hablamos de estos temas, cuando nos referimos a este campo, estamos ante la demostración de nuestra finitud. Por eso nos angustia. El psicoanálisis trata de eso: de la finitud del sujeto humano, de su angustia ante eso, que se expresa con síntomas. La impotencia masculina o la anorgasmia femenina, como todo síntoma psicológico, hablan de esa finitud, de la dificultad de lidiar con el ingreso al mundo simbólico, a la cultura.

Pregunta: Entonces, desde el psicoanálisis ¿se puede hablar de una normalidad, o eso es siempre relativo?

Respuesta: Pregunta clave: eso es la llave para entender cómo se posiciona el psicoanálisis, en tanto cuerpo científico, en el medio de la sociedad. Es una ciencia, claro está; pero una ciencia especial, distinta a otras, porque trata de estas cosas donde nadie puede estar ausente, que nunca son neutras, donde nunca podemos tomar distancia como en las ciencias exactas: trata del deseo, de la incompletud humana. No hay ser humano que no tenga que ver con eso. El psicoanálisis destrona al ser humano llamado normal, dueño de la verdad racional, de su sitial de honor. El descubrimiento del inconsciente muestra que no somos exactamente esos seres tan racionales que nos gustaría ser, o que decimos que somos. Freud decía que hablar de inconsciente es una de las grandes heridas al narcisismo. Una de ellas fue el descubrimiento copernicano, en tanto demuestra que no somos el centro del universo sino que nuestro planeta es uno más de los que dan vuelta en torno al sol, no somos los privilegiados, los reyes. La otra herida la produce Charles Darwin al demostrar que no somos los privilegiados de la creación sino que somos un elemento más de la cadena natural, producto de una evolución, que venimos del mono, que no estamos hechos a imagen y semejanza del Sumo Hacedor. La idea de inconsciente es un nuevo golpe a esa fantasía de perfección: no decidimos tanto como nos creíamos sino que nuestra vida está más bien decidida por una historia subjetiva y social que nos antecede. Soy lo que soy no por producto de una elección sino por una historia que nos trasciende y determina. Por todo ello, el psicoanálisis es subversivo. Es una confrontación para el sujeto, para su idea de normalidad, para su moral. Por supuesto, siempre hay una moralidad en juego, una ética, en tanto tabla de valores, de leyes y principios que organizan la vida. En Guatemala, por ejemplo, el aborto es un pecado, un delito…, pero estamos entre los cinco países de Latinoamérica con mayor porcentaje de abortos. Obviamente la moral rige nuestras vidas (lo cual puede significar: el doble discurso). En cualquier sociedad, cualquiera sea, existe siempre un orden simbólico; o si queremos decirlo: un código ético, una moral (que luego se podrá transgredir). Las ideas de incesto, o de propiedad privada, por poner algunos ejemplos, son creaciones culturales, invenciones en el más sentido estricto de la palabra. Hay un mundo simbólico, códigos sociales a los que debemos entrar. La inmensa mayoría ingresamos, y a eso le llamamos neurosis. Tenemos miedo a decirnos neuróticos, pero eso es la normalidad: la posibilidad de ingresar al mundo de la ley humana. Quien no ingresa y queda en los bordes, encerrado en su propio mundo, es el psicótico, que vive en la alucinación, en el delirio. Y hay un tercer grupo, muy pequeño, que ingresa a medias: por un lado “juega” a ser un normal integrado respetando el orden social, legal, y por otro lo viola continuamente, lo transgrede. Eso es lo que llamamos psicopatía, o perversiones. Por ejemplo: un asesino, un violador, un estafador. La inmensa mayoría, decíamos, entramos en los códigos sociales y vivimos en el medio de esas normas. A eso le llamamos normalidad. Dicho de otra manera: es la adaptación al mundo circundante. Aquí no es normal la poligamia, aunque extraoficialmente los varones –siempre machistas– la practican (el “segundo frente” extramatrimonial es un hecho en nuestra sociedad) mientras que, por ejemplo, los musulmanes lo tienen establecido legalmente (pero solo los varones, tan machistas como los de aquí). En otros términos: la normalidad es una cuestión de adaptación –nunca falta de tropiezos e incomodidades– al marco socio-legal vigente. Los rasguños que deja esa incorporación son el inconsciente. En síntesis: el psicoanálisis, distinto a la psiquiatría, no se empecina en clasificar y decidir –casi con valor de policía de la salud mental– quién está sano y quién no. No se empecina porque esa búsqueda está fallada desde el inicio, en el sentido que así, lo que se puede lograr, es una segmentación de la sociedad entre quienes sí están adaptados y son aptos para reproducirla, y entre quienes la cuestionan, o caminan en su borde. El raro, el que no repite los códigos dominantes, es el “loco”, y la psiquiatría lo segrega mandándolo al manicomio, o reduciéndolo con electrochoques, o con medicación. El psicoanálisis, por el contrario, privilegia la palabra. No parte de una defensa de lo normal, de lo que debe ser (¿hay que ser heterosexual u homosexual? ¿Y para qué certificarlo con una “constancia de normalidad”?). El psicoanálisis representa una pregunta abierta a la ética dominante, por eso es tan molesto, tan insoportable si se quiere. Por eso se lo acusa de “fumado”, de pansexualista, de loco, de inservible. La sociedad “normal” no necesita que a cada momento le estén mostrando sus flaquezas. Y el psicoanálisis es un especialista en mostrar esas flaquezas. Los “machos” heterosexuales, por ejemplo, son ¡bien machos! Pero la ciudad de Guatemala cada vez tiene más travestis ofreciendo sus servicios sexuales en las calles, ocupándose con ellos siempre, sin excepción, machos heterosexuales –que probablemente van a misa luego, y denigran a los “maricas” cada vez que tienen ocasión–. Ahora bien: si un macho, ataviado con todos los emblemas de lo que debe ser un macho, pistola a la cintura incluida, tiene relaciones sexogenitales con otro macho, para el caso vestido de mujer: ¿no es eso técnicamente una relación homosexual? Pero ningún macho bravío lo reconocería así. ¿Qué queremos decir con este ejemplo? Que la idea de normalidad siempre hace agua, es cuestionable, es una pura cuestión de adaptación a una “mentira” oficializada, legalizada, aceptada como la dominante. Para trabajar con el sufrimiento humano, con los síntomas que pueden llegar a una consulta, la idea de “normal” o “enfermo” no son el mejor punto de partida. El psicoanálisis es una invitación a que cada quien se pueda conocer, que haga consciente sus contenidos inconscientes encontrándole sentido a su sufrimiento, para modificarlo. Hablar de “sanos” y “enfermos” es una manera de mantener un ejercicio de poder, donde el que no entra en la norma, el que la cuestiona, el que la subvierte de algún modo, es descartable. La Psicología que se desarrolló en Estados Unidos, por ejemplo, de la que aquí en Guatemala somos receptores, va por ese lado: se busca la adaptación. No está separada de la filosofía funcionalista. El psicoanálisis, por el contrario, es una pregunta abierta, una pregunta crítica a la normalidad, para demostrar las falencias que hay siempre en los ejercicios de poder. Resumámoslo con esta provocativa pregunta: ¿pero por qué tiene que haber incesto? No tengo la respuesta; en todo caso, lo que se intenta mostrar es que las construcciones humanas son eso: construcciones. Por tanto son cambiantes, históricas, producto de factores humanos y no biológicos, eternos. Mucho menos, designios divinos.

Pregunta: No hay dudas que el psicoanálisis tiene mucho de irreverente, de confrontador. Ahora bien: ¿por qué en Guatemala está poco o tan poco desarrollado?

Respuesta: Buena pregunta, básica diría yo. En Guatemala el psicoanálisis todavía sigue siendo mala palabra. Más aún: asusta. Lo vemos en la forma en que se lo considera en términos generales, y en la que se lo enseña. Por lo pronto, casi no está presente en los planes de estudio de ninguna universidad. Los estudiantes de Psicología ven el psicoanálisis muy de pasada, en un semestre, en dos exagerando. En general se lo estudia poco, y mal. Hay una visión bastante deformada de sus conceptos; se lo conoce a través de algún manual de difusión como una escuela psicológica más, siendo que, por el contrario, es el fundamento de todas las psicologías que aparecen en el siglo XX. Se tiene de él una versión biologista, y en muy raras ocasiones, o más bien nunca, se leen los textos de Freud. Wikipedia es el referente para el caso. Lo que prima en la formación de los psicólogos son los manuales de Psiquiatría, las neurociencias, las técnicas de readaptación, en general de procedencia estadounidense. A partir de esa formación, casi denostándolo, el psicoanálisis no está incorporado en el tejido social. La población sigue emparentando ir al psicólogo con estar loco, con todos los temores y fantasías que allí se juegan. Al psicoanálisis se lo sigue viendo como algo raro, distante de la gente, como un exótico producto intelectual reservado a minorías. A lo que se suman otros prejuicios: además de ese extendido pansexualismo que mencionábamos anteriormente, se suele decir que da lugar a tratamientos larguísimos, caros, que no sirve para trabajar en el barrio o en las comunidades. Todo lo cual no es cierto. El psicoanálisis es una teoría del sujeto, a partir del concepto de inconsciente, que sirve para transformar el sufrimiento, para mejorar la condición humana, que abre puertas rompiendo tabúes e hipocresías y nos permite construir sujetos más sanos.

Pregunta: Se suele decir que el psicoanálisis tiene que ver con la psicología individual, y que la Psicología Social es otra cosa, que atiende lo colectivo, lo masivo, los problemas comunitarios. Es común, incluso, enfrentar una posición y otra: individual versus social. ¿Qué decir de eso?

Respuesta: Hay ahí una falacia: no existe una psicología individual. Siempre es, por fuerza, social. Lo que un sujeto es, en cada momento, es producto de una historia, de un entramado social al que pertenece y del que no puede desprenderse. La idea de Tarzán, un hombre que se cría solo en la selva, es un mito: eso no puede existir. Si no hay otros humanos en juego, no nos humanizamos, no salimos del mundo animal. Lo humano es, por esencia, siempre social. Ahora bien: el trabajo que puede realizar un psicólogo puede ser en un consultorio o en la calle, en la comunidad, así como en cualquier lugar, en la cárcel, en una escuela, en una reunión de jóvenes del barrio, etc., etc. Puede ser para atender una consulta –en una clínica privada muy lujosa o en un centro de salud en la montaña, o en una colonia pobre–, o puede ser un abordaje grupal, colectivo. Existe la equivocada idea que hacer Psicología Social es ir al barrio, a la comunidad. Y hasta podría agregarse que con la indumentaria correspondiente: el morral y los caites. En la clínica privada no se viste así uno. Estamos nuevamente ante un prejuicio: psicología social es aquella que tiene como objeto de la intervención un grupo, una masa, un colectivo. La psicología estadounidense es particularmente especialista en eso: ahí está la psicología de la publicidad, las técnicas de manipulación social, todo aquello que en Estados Unidos se llama “ingeniería humana”. No hay dudas que eso lo hacen muy bien, porque todos consumimos los productos que ellos desean que consumamos, y en buena medida pensamos lo que quieren que pensemos. Esa es una forma, muy precisa por cierto –y muy criticable también– de hacer psicología, de lograr efectos. En Latinoamérica hemos tratado de construir algo propio, habiendo importantes aportes, como los del salvadoreño Ignacio Martín-Baró. Pero de ningún modo la intervención en el barrio o en la comunidad rural riñe con el psicoanálisis: los problemas que allí pueden encontrarse, los problemas humanos, subjetivos, los dramas de la vida que se suman a la pobreza y la exclusión, hay que atenderlos. Acompañarlos políticamente puede ser muy importante, pero quizá eso no es Psicología. Sin una teoría del sujeto que permita entender qué pasa, nos quedamos en la superficialidad. Quizá pueda haber buena intención, pero el trabajo del psicólogo debe ir más allá de eso. No hay que confundir la intervención psicológica con la tarea política. Las prácticas sociales son siempre infinitamente ideológicas, están atravesadas de cabo a rabo por la ideología. ¿No lo están, acaso, todas esas técnicas de control social que implementa la psicología de la publicidad, por ejemplo? Trabajar con el sufrimiento de la gente, con los efectos de la violencia, con el drama del alcoholismo o de la drogadicción, trabajar con la desesperanza, con el miedo, con los golpes de la vida que van mellando el alma, es también algo que no escapa a la ideología, que no está desligado de ella. Pero ¡cuidado!: no debe confundirse la práctica psicológica –en la que el psicoanálisis aporta mucho más que la psiquiatría manicomial o las técnicas de buenos consejos o de readaptación a la que somos tan afectos por ese imperialismo cultural gringo que vivimos– con la práctica política. El cambio social, la transformación de la sociedad es algo de orden político; en eso los trabajadores psicólogos podemos, o debemos, aportar en tanto ciudadanos, en tanto miembros de una sociedad. Nuestra especificidad científica es otra cosa. Lamentablemente, a veces se confunde una cosa con la otra. El psicoanálisis es altamente subversivo, revolucionario, porque destruye la ilusión de normalidad. Pero no es la revolución social. Y por otro lado, ir al barrio o la comunidad como psicólogo social tampoco es la revolución social. Eso es algo que está en el límite: es una práctica política con apariencia de Psicología. Creo que en eso hay mucho que debatir todavía. Lo que quiero dejar claro es que el psicoanálisis como teoría y como práctica tiene muchísimo que aportar para la atención del sufrimiento. La revolución social, en tanto cuestión de orden ideológico-político, es algo en lo que los psicoanalistas, o los que van al barrio como psicólogos, podrán apoyar o no, según sus convicciones. Lo que debe quedar claro es que ni la psicología social es necesariamente de izquierda, ni el psicoanálisis es de derecha. Esos son errores que se deben esclarecer. Tal vez la falta de estudio riguroso del psicoanálisis –que es algo más que leer Wikipedia– es una constante en nuestro país, que podríamos pensar en superar. Para criticarlo, en principio, habría que conocerlo más. Y esa es una asignatura pendiente aún.

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Puede consultarse de Marcelo Colussi, como complemento de la presente entrevista:

http://www.albedrio.org/htm/articulos/m/mcolussi-192.html
http://www.narrativayensayoguatemaltecos.com/otros-textos/salud-mental-una-pregunta-abierta-marcelo-colussi/
http://www.albedrio.org/htm/articulos/m/mcolussi-207.html
http://www.argenpress.info/2013/08/resiliencia-un-concepto-discutible.html
http://2014.kaosenlared.net/component/k2/89669-sobre-la-psicolog%C3%ADa-de-los-ni%C3%B1os-de-la-calle
http://www.narrativayensayoguatemaltecos.com/ensayos/ensayos-sociales/salud-mental-en-jovenes-embarazadas-como-producto-de-violaciones-un-problema-nacional-marcelo-colussi/
https://www.youtube.com/watch?v=CIMfQ-SwYoY

www.albedrio.org


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