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La fértil perfección de la solidaridad
Por Rene Tamayo León - Guatemala, 6 de noviembre de 2005

Tras un mes de trabajo en Belice y dos semanas de recorrido por el vasto departamento de Petén, en la noche del 12 de agosto último, un equipo de prensa llegaba a esta capital y a la sede de la Jefatura de la Misión Médica de Cuba en Guatemala.

Por cuatro meses, la casa ubicada en los suburbios de una ciudad moderna, cosmopolita, de un paisaje arquitectónico que aún no ha perdido su dimensión humana, serviría de punto de partida para conocer e informar al público cubano sobre el Programa Integral de Salud (PIS) de la Isla en esta nación.

Entramos cuando el edificio biplanta comenzó a llenarse con decenas de jóvenes guatemaltecos que en la madrugada viajarían hacia La Habana para recibir sus títulos de médicos. Serían parte de la Primera Graduación de la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM). Presenciábamos un momento histórico.

A punto de dar las 12 de la noche, víspera del 13 de agosto, una alumna quiso felicitar al Presidente cubano por su onomástico. Entonces supimos quién era, entre aquellos jóvenes, la doctora Yoandra Muro Valle...

Seis años atrás, como dirigente de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), estuvo entre los jóvenes cubanos que los vio llegar y los ayudó en los inicios de la ELAM. Después trabajó en su inserción en las facultades de Medicina y la dinámica estudiantil. Y seis meses atrás los recibía en Ciudad de Guatemala, cuando iniciaron el último período de la carrera.

El primer encuentro de la joven doctora con Guatemala
—con su selva, con su gente, con sus bellezas y lastimaduras— fue en el 2000. Encabezaba la delegación estudiantil que compartió con aquellos pioneros de la Medicina cubana, llegados para aliviar un poco ese dolor crónico y ancestral al que parecen estar condenados nuestros pueblos.

Desde hace casi dos años, Yoandra dirige la misión médica cubana aquí. La hemos visto trabajar arduamente como jefa de los 283 cooperantes de la salud cubana que laboran en el país; orientar el inicio en Guatemala del programa cubano-venezolano para erradicar enfermedades oftalmológicas en la región; velar por la tutoría a estudiantes de la ELAM y ser tutora ella misma, y coordinar el trabajo del Contingente Internacional de Médicos Especializados en Situaciones de Desastre y Graves Epidemias Henry Reeve. Primero fue Mitch; siete años después, algo peor: Stan...

La doctora Yoandra es, en definitiva, participante y protagonista de la revolución médica que ha iniciado Cuba para beneficio del Tercer Mundo y la humanidad entera, desde finales del siglo XX: la revolución de la solidaridad y el humanismo.

—Este 5 de noviembre se cumplen siete años del inicio del PIS aquí. En algunas tradiciones, el siete significa la perfección; en la cultura maya, la fertilidad. La fecundidad, obtener frutos, es la mayor de las perfecciones. ¿Cuáles han sido los resultados de la brigada médica en este período?

—Son muchos. En estos siete años hemos dado 13 820 560 consultas, más de una por cada habitante de Guatemala. Consultas entre montañas, en la selva, en los lugares donde nunca existió una bata blanca. Al iniciar el PIS, la mortalidad infantil era de 40,2 por cada mil nacidos vivos, hoy es de 18,7; la mortalidad materna era de 491 por 100 000, hoy: 120,8. Y estos índices se dan donde está la Brigada Médica Cubana.

"Hemos trabajado en 11 hospitales del país. En siete de estos, los médicos cubanos fueron sus primeros profesionales. Hoy vemos a estos centros como nuestros, con equipos completos de especialistas cubanos, pediatras, ginecólogos, cirujanos, anestesistas, técnicos de laboratorio, clínicos.

"Han ingresado a más de 105 933 personas; han salvado muchas vidas, han realizado 40 079 cirugías y 33 600 partos. Estos hospitales son nuestro orgullo; allí se respira el respeto por el hombre, la igualdad. En muchas ocasiones solo ves caras felices, satisfechas, a pesar de tener condiciones mínimas.

"Hemos visto cómo directamente del brazo de un doctor o doctora brota la sangre para salvar a un hermano guatemalteco. Son innumerables las anécdotas sobre cómo nuestros médicos luchan por dar vida y defienden a sus pacientes de la muerte".

—¿Qué enfermedades enfrentan con más frecuencia?

—Las propias de un país subdesarrollado y capitalista. Enfermedades respiratorias, diarreicas agudas, de la piel... todas con sus complicaciones. También es frecuente tratar a víctimas de accidentes, o con heridas por arma blanca o de fuego. La violencia es otra enfermedad en Guatemala.

—¿A corto, mediano y largo plazo, cuál es la repercusión de la colaboración cubana en la calidad de vida del guatemalteco?

—En todos los plazos, esta es mejor. Pese al capitalismo y la pobreza, aprenden, conocen que se puede vivir de otra manera, que es posible resolver muchos problemas. En siete años de trabajo, muchos de sus hábitos y conductas se transforman. Y también muchos de sus hijos, hermanos, han viajado a Cuba; 187 ya regresaron como médicos y más de 600 lo harán en los próximos años. Son semillas que se siembran, nacen y crecen. Contra eso nadie puede. Estamos en muchas comunidades, brindamos amor, curamos, prevenimos y promovemos salud...

—Una de las metas del Programa Integral de Salud de Cuba para Guatemala, tras el desastre del Mitch, fue salvar tantas vidas como las perdidas y más. Según cifras oficiales, el huracán dejó 268 fallecidos y 121 desaparecidos. ¿Cuántas vidas han salvado?

—Más de 210 000 guatemaltecos viven hoy gracias a los médicos cubanos. Ellos les dieron una segunda oportunidad para vivir y ver la vida de una manera diferente. Le hemos ofrecido el derecho de la salud. Eso es mejor calidad de vida.

—¿Y cómo asimila el pueblo la ayuda de nuestros médicos?

—Como la de un ángel. Eso es lo que somos para ellos, como dice nuestro Comandante en Jefe, "ángeles de batas blancas". Sus rostros se transforman ante un gesto de cariño de nuestra parte, incluso a veces nos asimilan sin entender qué pasa. Hay que ver cómo nos bendicen. Ante tanta sensibilidad, a veces sentimos una mezcla de alegría y dolor.

"El pueblo guatemalteco agradece este gesto, confía y quiere al pueblo cubano. Te brindan lo que tienen; son acciones que salen de lo más profundo. A veces te dan su única tortilla o su único fresco (refresco), nos dan su tesoro y aún sienten que no nos pagan. Es muy lindo verlos, es excelente existir para observar cómo hacemos el bien por nuestras convicciones, por nuestra formación. La ayuda sincera y desinteresada siempre es reconocida y admirada. Y ese reconocimiento nos lo regala Guatemala diariamente".

—¿Qué ha aportado al personal de salud cubano, tanto en lo técnico-científico como desde una perspectiva humanista, el ser parte de este programa?

—En lo profesional, enfrentamos enfermedades que solo estaban en los textos, pero las aprendimos bien y ahora ponemos en práctica esos conocimientos. En lo personal, todos hemos crecido, por la humildad de este pueblo, por la grandeza de su gente. Conocer la realidad capitalista nos reafirma y nos hace querer más esa sociedad increíble y única que tenemos en Cuba. Cada cual vive y sufre esta experiencia. Y ya no es la que contó el abuelo, la que se leyó en libros o vimos en películas.

—El PIS aquí ha tenido etapas con más de 500 profesionales de la Salud Pública, y hoy, con el trabajo de emergencia del Contingente Henry Reeve, son casi mil. ¿Qué ha significado para usted, en lo personal, y siendo tan joven, dirigir por casi dos años esta misión, una de las más grandes de Cuba en el exterior?

—Nunca sentí miedo de asumir la responsabilidad, pero sí tenía mis expectativas. Llegué con 27 años de edad. Era algo nuevo, me enfrentaba a un gran colectivo, me tocaba dirigir ya no solo a los de mi generación, sino también a los profesores que tanto respeto. Era un reto en lo profesional y en lo personal.

"Eso me hizo crecer, aprender de todos, observar. Como nunca antes, comencé a ver al ser humano de forma más integral, a confiar en el hombre como nos ha enseñado el Comandante. Ser muy sensible, pero a la vez actuar con firmeza. No perder de vista que tenía la tarea de formar, y que la formación del ser humano no termina. Mas nunca, tampoco, se puede perder la ternura, ni en los momentos más difíciles.

"Tuve que prepararme en lo profesional, profundizar en los análisis, dominar las estadísticas, estudiar Epidemiología; y también conocer, entender y dialogar con las autoridades de este país, siempre desde nuestros principios, para ayudarlos, apoyarlos e insertarnos a favor del bien de este pueblo.

"Quedan muchas cosas por aprender, pero dirigir la misión ha sido una gran escuela. Agradezco estar en Guatemala. Andar lejos de la Patria es difícil, pero ser internacionalista es un sueño que comparten todos los cubanos. Le doy gracias a la vida, a mis padres, por la formación que me dieron, y a mi Comandante, por regalarme la Revolución y por haberme permitido tener este privilegio, con el que siempre seremos consecuentes".


Fuente: www.cubahora.co.cu - Juventud Rebelde, 05/11/05

 


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