Prostitutas guatemaltecas y procedentes de otros países conviven en la zona y repiten historias de miseria y desarraigo La zona se asemeja, con una trastienda más sórdida y arriesgada, a las zonas de prostitución famosas de Hamburgo o Amsterdam
Tal vez no sea el oficio más viejo del mundo, pero, sin duda, es el más extendido. El comercio de la carne existe desde que el hombre es hombre, quizá nunca mejor dicho. En Guatemala no es diferente..., aunque, bien pensado, en algo sí es distinto. La carretera que va de la Ciudad de Guatemala hasta las tierras altas del poniente atraviesa la localidad de Chimaltenango, un cruce de caminos en el que no faltan los prostíbulos y, a sus puertas, «sexoservidoras» ataviadas con el traje típico de la zona, salpicado por detalles de modernidad: faldas chakchiqueles junto a camisetas de colores escotados con leyendas en inglés, bisutería barata y pintalabios esparcido con brocha, zapatos de tacón, huipiles y ropa «de paca» (usada) proveniente de los mercadillos de las iglesias evangélicas...
En la propia capital chapina, la Zona 9 se asemeja a los barrios rojos de Hamburgo o de Amsterdam. Putones verbeneros -parecen ataviadas para una fiesta de disfraces- discuten con su no mucho más elegante clientela una tarifa (alrededor de 200 quetzales, unos 20 euros) por un trabajo manual o un movimiento de labios sin palabras. Es la famosa «Línea del tren», un lugar donde encontrar de todo (drogas, armas...) menos una locomotora.
Trasfondo de violencia
Pero, detrás de la estampa costumbrista y del chiste fácil, se esconde una realidad que han tratado de mostrar sus propias protagonistas en «Las estrellas de la Línea», un documental donde un grupo de prostitutas buscan su redención a través del fútbol. Las «lumis» comparten ante la cámara sus experiencias, en las que nunca faltan la violencia intrafamiliar, las violaciones y los abusos por parte de los agentes policiales. Muchas son inmigrantes que, persiguiendo el sueño americano, se quedaron en una estación por la que no ha vuelto a pasar el ferrocarril del futuro.
Historia de un desamparo
Guatemala es uno de los países del mundo donde las mujeres se encuentran más desamparadas. Desde 2001, alrededor de tres mil de ellas han muerto asesinadas, y la cifra no ha hecho sino aumentar. Evidentemente, uno de los colectivos más castigados por estos crímenes -que casi siempre quedan impunes- es el de las prostitutas: según una declaración del fiscal de los Delitos contra la Vida, «de 2.400 casos que llevaba, sólo estaba investigando cuarenta». Las autoridades sostienen que la proliferación de pandillas juveniles, las «maras», está estrechamente relacionada con estos atroces crímenes contra las féminas, cuyos cadáveres muchas veces son encontrados con señales de tortura o salvajemente mutilados. Sin embargo, la cifra pierde dramatismo si se compara con los 40.000 asesinatos registrados en el país desde 1997.
Pero, además, la nación centroamericana es una de los principales receptores y exportadores de niños y niñas que sufren explotación sexual. La pobreza obliga a trabajar a unos 800.000 menores guatemaltecos, y cinco mil de ellos viven en la calle; muchos, adictos al crack, al bazuco... Al menos dos mil menores se prostituyen en las calles de Ciudad de Guatemala.
La principal razón del crecimiento del comercio carnal de los niños centroamericanos habría que buscarlo en que los destinos tradicionales de los pederastas, fundamentalmente Tailandia y Filipinas, han dado pasos para disminuir el negocio del turismo sexual al promulgar leyes y sentencias más severas contra los malnacidos que lo practican. El Informe Prostitución y Pornografía Infantil en Guatemala, presentado hace ya siete años, diagnosticaba que el fenómeno se produce en un contexto machista, autoritario y despolitizado (el Código Penal se redactó en 1973, basado en la legislación española de 1870). Desde entonces, el Estado como institución ha sucumbido hasta casi desaparecer: Guatemala es hoy un país sin ley.
Así, ante estos datos, quizá sea mejor volver la vista a las imágenes que acompañan a estas líneas que no son las del tren y tratar de esbozar una sonrisa, pensando que junto a la muerte florece la vida; a menudo, en sus más extrañas manifestaciones.