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Leer a Miguel Ángel Asturias, una experiencia fascinante
Por María Marlene Vázquez Pérez - La Habana, 27 de agosto de 2007

La literatura latinoamericana de hoy no sería la misma si no hubiese existido el escritor guatemalteco Miguel Ángel Asturias. Nacido en Ciudad de Guatemala el 19 de octubre de 1899, tuvo en su infancia y primera juventud un enriquecedor contacto con los indios, campesinos y peones, pues residió durante algunos años en una estancia que poseía su abuelo materno en Baja Verapaz, a donde se trasladó con sus padres, amenazados y perseguidos por el dictador Estrada Cabrera.

Al regresar a la capital en 1908, ese vínculo con los desposeídos se mantiene, pues su padre se dedica a la importación de granos y azúcar y el joven pasa largas horas conversando con los arrieros y hombres del campo en el patio del almacén. Esta experiencia será fundamental para el futuro escritor, pues de su contacto con esas fuentes orales brotará en buena medida su conocimiento y tratamiento del habla popular en sus piezas narrativas, así como su interés por el mundo mítico de indios y mestizos.

En 1917 ocurre el terrible terremoto que destruyó casi completamente a la capital guatemalteca y desestabilizó aún más a la dictadura, ya por entonces en precario debido a su régimen de terror y entreguismo al capital extranjero. En esta misma época comienza sus primeros trabajos periodísticos, labor fundamental en la formación del joven escritor, ya para siempre seducido por el mundo de las letras.

Luego de fallidos estudios de Medicina, se decide por la carrera de Derecho, especialidad en la que se gradúa con honores en 1923, con una tesis dedicadaa los problemas sociales que afectan a la población indígena. También colabora en diversas revistas y se vincula al movimiento estudiantil unionista, que junto a otras fuerzas sociales derroca al dicatador en 1920, hecho en el que tiene una participación directa. Además, funda, junto a otros revolucionarios, la Universidad Popular de Guatemala, donde también dicta clases.

Luego de una corta estancia en prisión durante la dictadura de José María Orellana, marcha primero a Londres, en 1924, y a finales de ese propio año se establece en París, desde donde comienza una asidua colaboración con el periódico guatemalteco El Imparcial que se extenderá hasta 1932. Durante varios años estudiará sistemáticamente con el profesor Georges Raynaud, director de Estudios sobre las Religiones de la América Precolombina, en la Escuela de Altos Estudios de París. Desde entonces se dedicará a un largo y paciente trabajo de traducción al español de los textos del Popol Vuh y de Anales de los Xahil de los indios cakchiqueles, a partir del francés y de los textos quichés, para lo que cuenta con la colaboración del mexicano González de Mendoza y la asesoría del propio profesor Raynaud.

Ya por esta época se ha vinculado a los surrealista, conoce lo más avanzado del arte, la literatura y el pensamiento europeos y ha contactado con la intelectualidad latinoamericana residente en la Ciudad Luz. Esa experiencia lo ha hecho tomar conciencia de sus orígenes, examinar con sagacidad y sensibilidad lo dejado atrás y dedicarse a redescubrirlo a través de su labor creadora. Por entonces escribe y publica la primera versión de sus Leyendad de Guatemala,(1931) que al ser traducidas al francés por Francis de Miomandre, levanta una ola de comentarios entusiastas y de interés por parte del público y la crítica especializada en temas latinoamericanos. Una de las figuras más importantes y autorizadas de las letras francesas de todos los tiempos, el poeta Paul Valéry, dirá al traductor a propósito de este libro:

En cuanto a las leyendas, me han dejado traspuesto. Nada me ha parecido más extraño—quiero decir más extraño a mi espíritu, a mi facultad de alcanzar lo inesperado—que estas historias-sueños-poemas, donde se confunden tan graciosamente las crrencias, los cuentos y todas las edades de un pueblo de orden compuesto, todos los productos capitosos de una tierrapoderosa y siempre convulsa, en quien los diversos órdenes de fuerzas que han engendrado la vida después de haber alzado el decorado de roca y humus están aúnamenazadores y fecundos, como dispuestos a crear, entre dos océanos, a golpes de catástrofes, nuevas combinaciones y nuevos temas de existencia.

No podía ser otra la posición de un latinoamericano de izquierda, como lo era Asturias, que ser fiel a su patria chica, a su extraordinario tesoro cultural, presidido por la fuerza de las culturas precolombinas y enriquecido por años de mestizaje en la colonia y los primeros años de república. Sumarse a la ola vanguardista hubiese significado un suicidio intelectual y eso lo comprendieron bien, además de él, varios de sus ilustres contemporáneos, entre los que hay que citar, entre otros, a César Vallejo, Alejo Carpentier y Arturo Uslar Pietri. Todos ellos siguieron, cada uno a su manera, caminos similares, y emprendieron un “viaje a la semilla” que lejos de aislarlos, fortaleció su vínculo con la cultura universal.

Otra experiencia que de algún modo marcó al joven intelectual fue su participación en los congresos de la Prensa Latina. Estos espacios de intercambio pretendían establecer vínculos entre los periodistas que compartían ese origen común, y se convirtieron en un vehículo de propaganda muy eficaz, que entre otros beneficios para el país sede, hacía crecer notablemente el turismo, con el consiguiente aumento de los ingresos. Si bien contenían una alta cuota de frivolidad y snobismo, los profesionales serios, como Asturias, eran capaces de extraer enriquecedoras experiencias de esas posibilidades de viajar e dialogar con otros profesionales. Sobre el séptimo de esos cónclaves, celebrado en La Habana en 1928, dejará constancia en un interesanta artículo, titulado “ Solidaridad de la raza latina.” Sorprende la agudeza del observador, que es capaz de calar en las reales esencias de la cubanía a pesar de la corta estancia, y de insertarse a fondo en la vida cultural de la ciudad:

"(...) la sociedad de La Habana recibió a los huéspedes de la ciudad magnífica, magnífica hacia el futuro, haciendo honor a la longeva cortesanía de sus antepasados españoles, y así mismo a sus costumbres típicas, mostrándonos cómo, a pesar de los que dicen que La Habana se norteamericaniza, en ella, en sus fiestas de la mejor sociedad, se bailan sones criollos y se cantan danzones y habaneras sentimentales. Nuestros amigos siguen y seguirán siendo cubanos. El culto a las manifestaciones del arte popular, y al apóstol Martí, es algo que pone una muralla entre su espíritu y el espíritu del yanqui."

No debe perderse de vista que esos periodistas llegaban a una Cuba lacerada por una de las más crueles tiranías que ha conocido el continente, el gobierno de Gerardo Machado y Morales. Eran años de represión, terror, venta de la Isla al capital extranjero, fundamentalmente al norteamericano. Aunque fueron agasajados y se pretendió mostrarles sólo lo grato a los ojos, el guatemalteco se dio cuenta rápidamente de los conflictos políticos, sociales y económicos que marcaban el destino de la Isla, siempre en enfrentamiento tenaz a los intentos de dominación foránea. Sorprende su sagaz afirmación acerca del papel que juega desde entonces el ideario martiano en la cohesión de lo mejor de nuestra sociedad, en el fortalecimiento del sentimiento de cubanía y en el desarrollo de una conciencia antimperialista, pues en esa época no existía realmente un conocimiento sistemático de la obra del Maestro, la cual era frecuentemente manipulada y descontextualizada cuando se le citaba.

En ese propio artículo da fe de su conocimiento del Grupo Minorista, del radicalismo en materia de creación artística y proyección política que lo animaba, cuando declara que “(...) en Cuba hay una juventud rebelde que vindica por todos, en todos los instantes, la libertad interna y la independencia exterior.” No olvidemos que en esa postura vertical de fidelidad a lo nacional y a lo americano halla continuidad el pensamiento martiano, del que es depositaria esta generación de jóvenes, la misma que apenas cinco años después de lo que acabamos de leer, protagonizará la Revolución del Treinta y dará fin a la dictadura de Gerardo Machado.

La obra posterior de Asturias, que ya se gestaba desde estos años iniciales de aprendizaje y formación, daría fe de la coherencia de su pensamiento de izquierda, de su raigal antimperialismo y de su capacidad renovadora en materia literaria. Cuando da a la luz su novela El Señor Presidente(1946), delirante y esteremecedora mirada a la Guatemala de Estrada Cabrera, realiza un aporte fundamental a la narrativa latinoamericana de este siglo, pues inaugura una tendencia literaria decisiva, la novela del dictador, que adquiere continuidad posteriormente en otras obras y autores, entre las que cabe mencionar El Otoño del Patriarca, de Gabriel García Márquez y El recurso del método, de Alejo Carpentier, entre otras.
Sin embargo, la visión de América en la obra de Asturias adquiere también otras facetas, no menos atractivas. Si se piensa, por ejemplo, en una obra como Maladrón. La epopeya de los Andes verdes, se asiste al enfrentamiento de un grupo de conquistadores españoles con una naturaleza poderosa, hostil, que cierra el paso a ese grupo de hombres que en 1592 se empeñan en hallar el paso entre un océano y otro, a despecho de peligros y trágicas circunstancias. Las ricas y barrocas descripciones, la prosa lujosa, atrapa el profundo mestizaje lingüístico, racial y cultural en que se asienta nuestra América. Es, por tanto, obra que pertenece no sólo a nuestro entorno, es también patrimonio del “Viejo Mundo”, que debe no pocas riquezas y desangros a la empresa de la conquista americana.

El mundo maya, los mitos ancestrales de Centroamérica, son los verdaderos protagonistas de su otra obra monumental, Hombres de maíz. La valía de ese tesoro cultural, menospreciado durante siglos por la llamada cultura “blanca” es revelado aquí en todo su esplendor, gracias a la maestría narrativa desplegada. Convergen en la obra el americanismo raigal y la vocación universal del escritor, para garantizar un producto literario sólido y trascendente.

Fuente: www.cubarte.cu


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