Otto-Raúl González o la infinita felicidad de su poesía
Por Carlos Ernesto García - San salvador, 30 de junio de 2007
A Otto-Raúl González, lo conocí en Madrid en el marco de un encuentro de escritores al que ambos estábamos invitados. Lo acompañaba del brazo su esposa Haydée, guatemalteca como él. Una mujer alta, elegante y esbelta, pero por sobre todas las cosas, de una infinita sensibilidad e inteligencia. Juntos, hacían una de las más interesantes parejas literarias que he tenido la oportunidad de conocer.
Otto-Raúl, me pareció desde el primer momento, un hombre ingenioso y travieso como su poesía. A su lado, la mañana daba comienzo con una sonrisa hasta convertirse por la madrugada en una enorme carcajada. Sus anécdotas, que no eran pocas, no cabían en sus artículos, novelas o poemas, así que las regalaba a montones con una gran generosidad. Historias que nos caían como dulces que se desprenden de una piñata.
Aquel año, de la capital española viajamos juntos a Barcelona, donde yo tenía un pequeño apartamento en el que dejaron sus maletas y se instalaron. Visitamos museos, librerías y acampábamos en cualquiera de los muchos cafés que tiene la ciudad para hacer más cómoda la vida y leímos bajo el sol, poesía inglesa, francesa e italiana, pero sobre todo de autores centroamericanos. Hablamos de las relaciones entre poetas salvadoreños y guatemaltecos; me contó entonces de su amistad con Ernesto Guevara antes de ser el mítico “Ché” y de cuando él sin conocerle a principios de los años 50, le dio trabajo en Guatemala durante el gobierno de Jacobo Árbens; de su relación personal con Juan Rulfo, Diego de Rivera, Frida Kahlo y de las veladas en casa de Mario Moreno “Cantinflas”; de su enorme admiración por Fidel Castro y de tantas cosas que consolidaron su personalidad literaria y le dieron un merecido lugar entre los grandes de la poesía latinoamericana.
Años más tarde viajé a México donde nos reencontramos después de mucho tiempo y donde Otto-Raúl se había exiliado con su familia tras la caída del Gobierno de Árbens en 1954. País en el que coincidió con los escritores guatemaltecos Carlos Illescas y Augusto Monterroso.
Su recibimiento fue con pancartas en la fachada de casa y toda la alegría que desborda en el rostro de los amigos. Ahí estaba nuevamente Otto-Raúl, regalándonos bromas y pocos días más tarde, presentó un libro mío en la casa del Poeta Velarde en el D.F. Recorrimos ese México que tan bien sabía Otto-Raúl de memoria. Nos perdimos entre las multitudes y en un mercado, recuerdo, compré una edición especial de Aguilar sobre la novela de la Revolución Mexicana.
Trabajador infatigable y activista cultural, abogado y notario, a Otto-Raúl se le concedieron importantes reconocimientos literarios, entre los que cabe mencionar el Premio Nacional Jaime Sabines en México y el Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias, así como la Orden del Quetzal en Guatemala.
Más de 25 libros avalan su quehacer poético, entre los que destaca su poemario Voz y voto del Geranio, por no hablar de su vasta producción periodística, de sus ensayos o de sus novelas.
La última vez que tuve la oportunidad de estar con él, fue durante un nuevo viaje a Europa que el poeta realizaba con Haydée hace tres años. Recalaron en casa y como era costumbre, viajaban con sus limones para el tequilita de la mañana. Dormimos poco. Reímos mucho y sobre todo viajamos a lo largo de su inagotable anecdotario.
En mayo de este año, la Universidad de San Carlos de Guatemala le invistió con el Doctor Honoris Causa. El 22 de junio de 2007, recibí como un manotazo la noticia de su muerte en México. A partir de aquí, la vida ya no podrá ser la misma. Su recuerdo, sí.
Fuente: www.diariocolatino.com |