Jesús Reyes es un “balsero” que sortea todo el día el caudal del río Suchiate. Dice haber visto de todo en esta frontera porosa, donde las víctimas de los cárteles guardan silencio para siempre en el fondo del agua.
Para ser balsero sólo se necesita ser temerario y no abrir de más la boca.
Los informes de inteligencia de los gobiernos de México y de Guatemala han incluido a los balseros entre los principales transportadores de droga en esta región fronteriza.
Esta es una zona abandonada por las autoridades de ambos países. Aquí, los límites imaginarios entre un país y otro están marcados por el cauce del caudaloso río. En otros lugares no hay nada que defina dónde termina un territorio y dónde el otro.
Aquí la justicia no se ve por ningún lado, pero los que sí dejan huellas para delimitar sus territorios son los narcotraficantes y las bandas del crimen organizado.
Por cien quetzales diarios, Jesús Reyes enfrenta la enfurecida corriente del Suchiate; por lo menos cruza veinte veces al día de Tecún Umán a Ciudad Hidalgo, de un lado al otro todo el día.
Se ata un pedazo de cuerda a la cintura para jalar una balsa hecha con dos cámaras de llanta de tráiler y algunos tablones. Ahí sube hasta a diez personas, quienes llevan mercancía adquirida ya sea de lado mexicano o guatemalteco.
Desde las seis de la mañana deja su casa en la comunidad San José la Montañita y se dirige a las orillas del río, donde alquila su balsa por 35 quetzales.
SOBRE EL RÍO
Jesús se sumerge en las turbulencias del río en esta temporada de lluvia, cuando arrastra más lodo que agua. Unas veces camina contra la corriente; otras, nada cuando el agua le llega al cuello. Pero no deja de jalar la carga hacia la orilla.
Del lado mexicano, dos soldados armados con fusiles observan. Sólo observan.
Es un escena sui géneris: los militares mexicanos son testigos silenciosos del comercio informal y del tráfico de personas en la frontera sur.
Los soldados mexicanos no detienen a nadie ni revisan las cajas y bultos transportados en las balsas que prestan el servicio de transporte informal a diez quetzales por persona, unos 12 pesos mexicanos.
Este es el medio que utilizan los centroamericanos para ingresar ilegalmente a territorio mexicano. Aquí no tienen que solicitar permiso a las autoridades ni presentan ninguna identificación.
Mientras, el puente fronterizo Rodolfo Robles, custodiado por las fuerzas armadas y por el Instituto Nacional de Migración, está vacío. No funciona. Hace un año fue destruido por el huracán Stan.
El movimiento de personas, el comercio informal, el traslado de mercancías se realizan directamente sobre las aguas del Suchiate. Así ha sido siempre.
En menos de 15 minutos cruzan cualquier clase de mercancía de Tecún Umán hacia Ciudad Hidalgo, puerta de México a Centroamérica.
HA VISTO DE TODO
Jesús Reyes apenas se ha incorporado al oficio de balsero. Hace 30 días llegó a la frontera en busca de trabajo. Antes se dedicaba a la cosecha de tabaco.
Ha pasado la temporada de la cosecha. En esa labor ganaba 40 quetzales por casi 14 horas de trabajo bajo el sol. Dinero que apenas alcanzaba para alimentar a su mujer y sus dos hijos, de cinco y dos años. Ahora pasa cerca de diez horas sumergido en el Suchiate, llevando gente de un lado al otro y enfrentando la corriente por unos cuantos quetzales más.
Jesús Reyes piensa que, a sus 27 años, ha visto de todo en esta frontera. Dice que río abajo, por donde están las fincas bananeras y los ranchos de palma africana, pasan los cargamentos de droga, a la luz del día, frente a policías y militares de ambos países.
Relata que en la finca de un prominente agricultor y ganadero de Tecún Umán se realizan grandes reuniones de gente “importante, muy pesada”.
“Con sus trocas de lujo, con escoltas que llevan unas armas bien grandes, también llegan los militares y los policías a las fiestas que hacen; hay marimba y grupos musicales y bastante comida, también bastante trago, hacen carreras de caballos, peleas de gallos, apuestas con puro dólar, ahí no vale el quetzal, mucho menos el peso; ahí corre puro billete verde”.
–Uno como trabajador se da cuenta de lo que hacen los patrones, que andan en malos pasos, por eso me salí de trabajar en la cosecha de tabaco, porque esa gente llegaba con sus trocas y sus armas y nos miraban feo; eso me dio miedo, a lo mejor y un día llegaban y nos mataban.
Detalla que en las orillas del Suchiate han aparecido flotando los cuerpos de hombres que han sido asesinados por los “narcos o las maras”.
Expresa que los cuerpos a veces ya están descompuestos, no se les ve ni la cara, no los identifican, están amarrados de las manos y los pies.
Ante los hechos violentos que se han incrementado en esta frontera, Jesús confiesa que prefiere seguir arriesgando su vida en las aguas del Suchiate que en una finca tabacalera que es vigilada por “matones”.