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Román, Rosita y la inseguridad alimentaria en Guatemala
Por Alicia del Cura Bilbao - Guatemala, 17 de mayo de 2016

Estos dos hermanos aparentan mucha menos edad de la que tienen. La desnutrición crónica les condicionará la vida

La historia de Román y Rosita empezó hace cuatro años, en 2012, cuando se detectó a Román como desnutrido por parte del personal de salud. En Cuilco, el municipio guatemalteco donde nació, los profesionales trabajan según el Modelo de Atención Integral en Salud, una iniciativa que abarca desde la cultura médica tradicional de la región hasta el abordaje familiar y comunitario de la salud y la enfermedad. Este sistema lleva cubriendo las necesidades de la población desde 2011, en la medida de sus posibilidades, ya que el Ministerio de Salud de Guatemala es el encargado de la financiación y ésta es precaria hasta el punto de que no se han abastecido de medicamentos los centros y puestos de salud desde inicios de este año.

Pero volvamos con Román, Román Isaías, o Chaías, como le llamaban en el Centro de Atención Materno-Infantil de Cuilco —el Centro de Salud, conocido por sus siglas: CAIMI—. Este fue su hogar durante tres meses, y todo el mundo, trabajadores y pacientes, contribuía a que creciera y se recuperara del deplorable estado en el que llegó. No es el primero que ha estado viviendo en el CAIMI durante un tiempo: dos niños ya habían pasado por aquí. María Mercedes, La Meches, que estuvo antes que él, pasó su primer año de vida allí, tras ser abandonada en una letrina. Y Juan Diego, hace 12 años, también fue abandonado cuando era un bebé.

Isaías tenía cuatro años y medio cuando le conocí, y parecía que solo dos hubiera vivido, en apariencia física y en desarrollo intelectual. Es lo que tiene la desnutrición crónica, que afecta al desarrollo y, como su nombre indica, ya es para toda la vida. Si hubiéramos actuado antes, se podría haber recuperado. Pero el problema con los niños desnutridos de las áreas rurales de Guatemala abarca muchos aspectos: las comunidades estén alejadas de los núcleos urbanos, donde hay mayor acceso a los alimentos, servicios de salud y medicamentos; y con alejadas, me refiero a que los autobuses llegan a pocos lugares, las carreteras son de gravilla, se viaja en la parte de atrás de una camioneta, al aire libre —nuestro querido picop, en el que en verano tragas polvo y en invierno pasas frío— y muchas veces, el único modo de desplazarse de un lugar a otro es a pie, porque no hay vehículos que se desplacen hasta el lugar al que queremos llegar. A esto se suma que en las comunidades mucha gente no sabe, porque no le han enseñado, qué darle de comer a sus hijos para que estén bien alimentados; muchas veces, aunque sepan qué darles, el problema es otro: no hay, ya sea porque el clima donde viven no es apropiado para que crezcan esas verduras, legumbres o frutas, o porque la familia no tiene la capacidad económica para cultivarlas, ni mucho menos dinero para comprarlas. Otras veces no saben, porque tampoco nadie les enseñó, las pautas de higiene que impiden que nos estemos enfermando de la tripa cada poco tiempo y, por tanto, que los nutrientes lleguen a nuestro organismo.

A todos estos componentes del problema de la desnutrición infantil se les suma otro más: no se les puede tratar en el lugar donde viven. Pongamos el caso de Isaías, aunque es algo especial. Su casa está a ocho kilómetros de la cabecera municipal, y puede ir en picop, en bestia o andando. Ello supone que tarda unas dos horas en llegar al centro de salud. Una vez allí, otro problema: el CAIMI no cuenta con nutricionista ni con los medios necesarios para tratar y monitorizar a un niño desnutrido. ¿Qué podemos hacer, si el Centro de Recuperación Nutricional más cercano está a 75 kilómetros de aquí y la familia no tiene dinero para desplazarse hasta allí ni para vivir en la ciudad hasta que el niño se recupere? La solución fue quedarse en el CAIMI hasta que la situación familiar mejorara.

Los problemas familiares habían sido el detonante de la mala situación alimentaria de Isaías: la falta de planificación familiar y de recursos para poder alimentar a todos los hijos afectan al 80% de las familias guatemaltecas de área rural, y se dan más aún entre la población indígena, es decir, no mestiza (mezcla de indígena y español), que supone el 35% de la población de este municipio. En el resto de Guatemala, los porcentajes se invierten: un 65% de población indígena y un 35% de mestizos. Además la familia de Isaías tenía sus particularidades, como la constante migración, el alcoholismo y la violencia. Ni sus cuatro hermanos ni él han tenido unos cuidadores permanentes, sino que, por temporadas, quedaban abandonados, y es gracias a la buena voluntad de su abuela y de otros familiares y amigos que han podido salir adelante.

La hermana de Isaías se llama Rosita. También es desnutrida crónica: tiene 10 años y el aspecto de una niña de cinco. Cuando llegaron al CAIMI, Isaías no podía ni andar, y ella decidió quedarse a vivir con él en la institución médica, convirtiéndose en su principal cuidadora. Ella le bañaba, le vestía, se aseguraba de que comiera, ya que al principio no querían, ninguno de los dos, y lavaba la ropa de ambos.

Muchas familias indígenas no tienen lo mínimo para nutrir correctamente a sus hijos. Otras ni siquiera saben cuáles son los alimentos adecuados

Medicusmundi lleva trabajando junto con el Instituto de Salud Incluyente guatemalteco desde los inicios de este Modelo de Salud. Ellos me dieron la oportunidad de conocerlo, y llevo cinco meses haciéndolo. He conocido muchas comunidades, bien distintas; muchas personas, muchos hogares, muchas historias. He sentido muchos escalofríos. Al principio me chocó la situación de los dos hermanos, pues pensaba continuamente en que deseaba que tuvieran un hogar. Después, me acostumbré. Los trabajadores del CAIMI están habituados: ya han visto pasar a otros niños con anterioridad —La Meches, Juan Diego…— han convivido con ellos durante un tiempo, les han tomado cariño, y luego, les han visto marchar. Y saben que es posible que lleguen más.

En el tiempo que estuvieron aquí pude presenciar cómo todo, absolutamente todo el personal les ayudaba en lo que podía, haciendo un fondo común para su comida y necesidades básicas, ya que en el CAIMI no hay presupuesto para alimentar a los pacientes, llevándoles ropa de sus hijos o sobrinos, juguetes y cuanto pudieran, de forma que, a pesar de la soledad de algunas horas del día, cuando todos se van a sus casas, podemos asegurar que estaban bien cuidados. Otras personas ajenas al centro también contribuían en el mantenimiento de los dos hermanos. Los dueños y los empleados de la cafetería que está a las afueras del CAIMI se convirtieron en sus cocineros personales: con los alimentos comprados con el fondo común les hacían la comida con esmero y cada día se aseguraban de que comieran. Al principio de llegar no sonreían, no jugaban, casi ni hablaban. Al poco tiempo, charlaban con todo el mundo, jugaban, reían, hacían travesuras. Cada día nos alegraban la vida con su sonrisa y su continuo juego. Ahora viven con sus abuelos, que se hacen cargo de nueve niños.
El contexto de esta historia

La situación de inseguridad alimentaria en Guatemala es crítica. Los hogares no llegan a los ingresos necesarios para tener una alimentación completa —más de la mitad de las familias vive en situación de pobreza—, y la tasa de desnutrición se mantiene alta entre los niños. En el área rural, el 50% padece desnutrición crónica, subiendo a un 65% si contamos únicamente a los niños indígenas. Esta situación se da por un cúmulo de circunstancias: no se promueve el trabajo, con lo que no hay ingresos, ni se fomenta el comercio de calidad de los productos de la región; la red de infraestructuras es deficiente en el área rural, la mitad de las familias no tiene agua potable todos los días en casa, algunas comunidades no tienen luz —y vaya frío se pasa sin luz, entre otras penalidades—, las carreteras no tienen mantenimiento, y se convierten en paisajes lunares, llenos de cráteres y hoyos, que convierten en un serio peligro cualquier desplazamiento.

Es preocupante el maltrato al medio ambiente, con ejemplos como la insalubridad de ríos y lagos, donde los desechos humanos e industriales son vertidos, así como la tala indiscriminada de árboles y la minería metálica; otros problemas ambientales, que son nuestros problemas por ser los seres humanos parte del medio ambiente y uno solo con él, son la contaminación del aire, las condiciones insanas de la vivienda —muchas familias no poseen un sistema de saneamiento, como inodoro, letrina o pozo, y conviven con animales en espacios comunes—, el mal manejo de desechos sólidos o el uso inadecuado de fertilizantes y agroquímicos.

Esta es la situación de Guatemala, la que uno lee, la que a uno le cuentan, pero sobre todo, la que uno ve. Después de cinco meses viviendo aquí, me sigo admirando de la iniciativa, el esfuerzo y la voluntad de mis compañeros y amigos, que siguen luchando para que la situación cambie. Es difícil y arriesgado echar abajo la política del egoísmo y del modelo social desigualitario establecido, pero es posible y día a día veo que, a pesar de que los que están en el poder demuestren poca preocupación por los que no lo están; a pesar del podrido sistema que rige el mundo aquí y allá, ellos no se desaniman. Trabajan para que todos tengamos una atención integral en todas las esferas humanas —biológica, psicológica, espiritual, social, energética—. Se esfuerzan para que todas las personas, sin distinción, experimenten ese derecho a la salud del que tanto se habla, pero parece un fantasma que pocos han visto. Una motivación para seguir con este duro trabajo diario es que, poco a poco, la situación en salud va mejorando. Ahí está el Modelo, que a pesar de la falta de recursos materiales, ha conseguido mejorar la salud de la población y la forma de entenderla, conciliando los diferentes aspectos humanos. Sin que el bolsillo sea el que decida que alguien tiene derecho a sanar.

Alicia del Cura Bilbao es médica y ha realizado un voluntariado de seis meses en Guatemala con Medicusmundi.

Fuente: www.elpais.es


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