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Tres libros sobre guerrilleras, esas mujeres doblemente olvidadas
Por Rubén Caravaca Fernández - Madrid, 20 de diciembre de 2018

En los conflictos armados se ha mostrado a las mujeres en papeles de retaguardia, cuidando heridos, como enfermeras, intendencia o supliendo labores que los hombres movilizados para el combate no podían realizar. Más recientemente se han visualizado otras maneras de intervención, como las protagonizadas por las mujeres del Kurdistán, Ucrania o las integrantes de las diversas guerrillas de América Latina. Un mundo desconocido que poco a poco va viendo la luz con publicaciones directamente escritas, relatadas o relacionadas con ellas describiendo sus experiencias. Hoy ‘Culturas Invisibles’ se detiene en tres de esas publicaciones sobre guerrilleras que dieron todo por luchar por lo que creían justo: ‘Casilda miliciana’, ‘Le llamaban Laura’ y ‘Mujeres en la alborada’

Luis Jiménez de Aberasturi nos introduce en Casilda miliciana en la vida de Casilda Hernáez Vargas (San Sebastián, 1914). Se consideraba simplemente revolucionaria o combatiente. A su faceta de miliciana habría que añadir la de sindicalista y feminista. Desde muy joven se sintió involucrada en el activismo libertario. En 1934 fue detenida y condenada a 29 años de cárcel, recobrando la libertad en 1936 gracias al triunfo del Frente Popular. Terminada la guerra, pasó al exilio y la resistencia.

En primera persona relata cómo en sus primeros años de militancia las mujeres cenetistas “eramos poquitas, pero poníamos todo”. Cuando fue detenida por primera vez por participar en una huelga de una fábrica de corchos, a su madre “le pareció una maravilla, su hija laboraba por la humanidad”. La segunda detención fue más grave. Eran los tiempos de la Revolución de Octubre del 34. “Me tocó el placer primero de repartir pasquines y octavillas. Luego tuve que ayudar a montar las barricadas… Finalmente, me pusieron a distribuir material, digamos, bélico”. Por tal motivo fue conocida como “la mujer de la cesta”. Al frente de su detención estuvo Melitón Manzanas, uno de los máximos represores del franquismo, primer asesinado por ETA en 1968.

Encarcelada en la madrileña cárcel de Ventas, “antes de que me hubiera adaptado al régimen penitenciario ya empezaron los planes de protesta”. Allí conoció a Aurora Rodríguez Carballeira, madre de Hildegart, a la que inmortalizó Fernando Fernán Gómez en Mi hija Hildergart. Recobró la libertad y, tras el golpe de estado fascista, comienza a combatir en San Sebastián y alrededores, donde coincide con otras milicianas, “no muchas”. A Casilda se le revuelve la sangre cuando lee a Clara Campoamor comentar: “las milicianas son unas prostitutas”.

Su relato prosigue por diversos frentes, valorando la contrarrevolución/antirrevolución producida en la zona republicana, el exilio, la solidaridad, la resistencia. Falleció el 31 de agosto de 1992; está enterrada en el cementerio de Biarritz (Francia). Por iniciativa de su compañera Begoña Gorospe se colocó en la tumba la siguiente inscripción en euskera: “Andra! Zu zera bukartzen ez den sua” (mujer!, tú eres el fuego que no se apaga).

Leire Ibarguren (Azpeitia, Guipúzcoa, 1979) ha escrito, en común con la protagonista, Miren Odriozola, Le llamaban Laura En sus páginas nos relata la vida de una militante del movimiento obrero, abertzale y feminista. Una de aquellas jóvenes trabajadoras que protagonizaron importantes movilizaciones en la fábrica de galletas Artiach, junto a la ribera de Deusto. Trabajaban durante tres meses con contratos eventuales para luego ser despedidas. Antes ingresó en la universidad, un paso decepcionante como estudiante de Económicas, al visualizar que lo que se enseñaba poco tenía que ver con su/la realidad.

Tiempos de dictadura fascista, de desarrollo de todo tipo de movimientos sociales, políticos y armados. Al incorporarse al frente cultural de uno de estos últimos, fue detenida y pasó dos años por las prisiones de Basauri, Carabanchel y Alcalá, donde fue defendida por Gregorio Peces Barba, padre de la Constitución de 1978. Poco después abandonó la organización para participar en movimientos ajenos a la violencia, presentándose en las primeras elecciones en la lista de OICE (Organización Izquierda Comunista de España) – Liga Komunista Iraultzaila (LKI-Liga Comunista Revolucionaria LCR).

En los años 80, un buen número de vascas y vascos viajaban a América Latina para participar en los movimientos revolucionarios que allí se estaban produciendo; Miren fue una de ellas. Deseaba conocer que estaba ocurriendo en Nicaragua y Cuba. Tras ver un documental sobre El Salvador, decidió que era allí donde quería desplazarse. La curiosidad por saber lo que ocurría en ese país, se transformó en rabia. Nunca había pensado que su destino fueran las montañas y paisajes de Chalatenango. En ese pequeño rincón del Planeta, el Ejército, con la ayuda de EE UU, perpetraba auténticas masacres que sólo conocimos cuando asesinaron a Monseñor Romero, cáliz en mano, un 24 de marzo de 1980. Los Escuadrones de la Muerte, con apoyo del Gobierno, asesinaban a una persona recientemente canonizada por el Papa Francisco.

Leire da voz a Laura, nombre en la guerrilla de Miren, relatándonos las vivencias generales, las particulares en virtud de su género y las más personales. Nos ayuda a comprender las razones que la llevaron a movilizarse y a participar, primero como sanitaria y luego con otro tipo de responsabilidades, en un movimiento que con el paso del tiempo convertiría a uno de los jefes guerrilleros en presidente del país.

Reflexiones de una persona marcada por el Mayo Francés y la Revolución Cubana, y la frustración por lo acaecido tras la muerte de Franco; de una mujer que ha vivido directamente la guerra en un lugar lejano geográficamente y ha sido consciente de que la muerte acecha cada día. Relata la sorpresa a su regreso a España al escuchar en una cafetería madrileña al grupo vasco Kortatu o la decepción por los cambios que encontró donde todas las luchas en las que había participado estaban apagadas, muchos de sus antiguos compañeros eran cabezas de lista de partidos de derechas u ocupaban altos cargos en el Gobierno vasco.

Leer a Leire, escuchar a Miren-Laura, es esencial para tener una visión más diversa, plural y real de unos años donde sólo parece existir una versión, un punto de vista, el oficial. Un ejemplo de los muchos que se desarrollaron en América Latina basados en la guerra de guerrillas.

Mujeres en la alborada es la vida en la selva, es la vida en la guerrilla guatemalteca de Yolanda Colom, hermana del que fue presidente del país, Álvaro Colom. Veinte años de clandestinidad y exilio. Once años de militancia en el Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP) y otros nueve en Octubre Revolucionario. Un escenario de lucha que comenzó para esta educadora social en 1973: “Inicié el abandono de mi identidad para sumergirme en el anonimato y la clandestinidad”. Un relato que ni idealiza, ni mitifica aquellos años. Narrando con naturalidad la vida en la selva, intentando contrarrestar la visión oficial empeñada en mostrar a sus integrantes como delincuentes, resentidos sociales, fanáticos…, y otras variadas nominaciones despectivas, por parte de los que cometen sin ningún tipo de complejo todo tipo de violencia en nombre del Estado: fraudes electorales, corrupción, asesinatos…

Militancia intensa con el objetivo de crear una organización para intentar construir una Guatemala nueva. Conociendo el racismo institucional contra los indígenas; la venta de mujeres al mejor pagador, algo más que habitual, donde ellos preferían “a las mujeres de las aldeas, porque eran más trabajadoras, menos exigentes y más sumisas que las del pueblo”; la poligamia encubierta o la lucha de las comunidades nativas para abrir nuevos cambios personales y colectivos, abandonando la vida social y personal, con un hijo que no pudo criar, anteponiendo su compromiso político al familiar.

La caída de compañeros y compañeras por chivatazos y privaciones, incluidos los efectos del alcohol: “Durante varios años fue la causa número uno –durante más de cinco años la única–, de caídas en manos del enemigo, de fallas en el trabajo y de problemas de seguridad”. La sobrevivencia en la montaña, la vida colectiva, el arte de subsistir en un grupo humano compuesto mayoritariamente por trabajadores pobres, campesinos, desposeídos entre los que los procedentes de núcleos urbanos eran minoría y solían responsabilizarse de la formación de una parte de la población analfabeta o con una formación menos que elemental.

Un entorno donde la fragilidad física y la escasez de recursos tenía serias consecuencias. Nomadismo, vida a la intemperie, hambre, enfermedades, delaciones, heridos, muertos, asesinatos. Donde, a pesar de todo, el humor está presente, como la escucha permanente de los Conciertos de Brandeburgo de Bach, única casete disponible, esperando la llegada de una nueva que incluyera la Sinfonía del nuevo mundo, de Dvorak.

Un movimiento que por primera vez llevó un poco de esperanza a miles de personas, donde muchas dejaron la vida o una entrega desinteresada, ganándose la confianza de la población. Donde ellas padecían las contrariedades generales y las añadidas por su condición de mujeres, especialmente las relacionadas con la discriminación y la sexualidad. Mujeres como Nora Paiz Cárcamo, detenida y violada durante cuatro días por las tropas gubernamentales, como Rogelia Cruz, como Clemencia Paiz Cárcamo.

Todas ellas empuñaron las armas, algo difícil de comprender para los alejados de los conflictos. Alegatos que no se nutren ni de triunfos ni de derrotas. Como señala Colom, “la fuerza reside en las convicciones que nos mueven, en la transparencia con que actuamos y en el empeño que ponemos por transformar los sueños en realidad”

Fuente: elasombrario.com


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