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Un trabajo digno para Fernanda Milán
Por Enrique Naveda- Guatemala, 1 de julio de 2007

Piden trabajos comunes que la sociedad les veda por su condición de transgénero. Los empresarios y reclutadores aseguran que ni siquiera reciben sus solicitudes, pero si lo hicieran, contratarlos sería perjudicial para sus negocios. ¿Este conflicto es consecuencia de la discriminación o de aspirar a trabajos para los que el solicitante no es el adecuado?

El pasado sábado 23, el movimiento celebró un desfile con el que pretendían hacerse visibles a la sociedad. Tres días antes, Jorge López, director ejecutivo de Oasis, admitía que pese a que la marcha era necesaria, a menudo es causa de conflictos internos. Igual que hace años, cuando Oasis, una organización inicialmente para homosexuales, abrió sus puertas a las transgénero y muchos gays abandonaron la organización por desprecio hacia los recién llegados, en el desfile también hay cierto malestar.

El sociólogo Carlos Seijas opina que muchos gays no quieren verse perjudicados por la imagen de los transgénero. “A un hombre vestido de mujer, la sociedad lo ve como inconstante”. Muchos se quejan de eso, admite López. Para Fernanda Milán no es contraproducente: “Hacemos escándalo para visibilizarnos, para labrar la imagen que aún no tenemos. Cuando ustedes nos conozcan, entonces podremos mostrar nuestros colores y modulaciones”.

Actúan así porque es una forma de confrontarse con la sociedad, asegura López. “Es necesario. Yo mismo acudí a reuniones para reivindicar nuestro derecho a obtener cuidados sanitarios específicos con el ministro de Salud, Manuel Gutiérrez Longo, y su ex viceministro, Salvador López, con barba y falda”, concluye el director de Oasis. Y lo hace con un aire de travesura.

Usa peluca negra, rimel en las pestañas, las uñas esmaltadas de un tono transparente y en el gris metálico de los párpados asoma cierta teatralidad de su aspecto. Entra por la puerta vistiendo pantalones de lona. Algunos la saludan normalmente, sin efusividades, sus amigos. A quien no la conoce le extiende la mano: “Fernanda Milán, mucho gusto”. Es alta, no demasiado robusta, tiene voz de mujer, voluntad de mujer pero sexo masculino. Y dificultades para encontrar un trabajo. Más de las normales. No solo precisa demostrar que está preparada, que se siente en condiciones de rendir como se le pide; también ha de enfrentarse a la incomprensión de la gente, a que la miren raro o la quieran cambiar.

Varias veces la rechazaron por su aspecto, por ser una persona transgénero. Ella no quiere decir cuáles fueron las empresas ni a qué se dedican. Le parecería de mala educación hacerlo. En una ocasión incluso era la persona adecuada para la compañía. “Lo contrataremos”, cuenta que le dijeron (y tal vez le sorprendió el masculino –“lo”–). “Si se corta el pelo” la condicionaron “si no se maquilla, si...”. Si se convertía en un hombre, si dejaba de ser todo lo que se había considerado desde adolescente.

Al salir de la entrevista, ella sabía que no acabaría prostituyéndose, nunca lo había hecho y no quería rendirse ahora. No se imagina como la mayoría de los que tienen su identidad y la manifiestan -entre 600 y 700 en la capital y más del 90 por ciento en las calles, según datos de la Organización de Apoyo a una Sexualidad Integral frente al Sida (Oasis)-. Ni tampoco como estilista. No le gusta, dice, graciosa pero con tono definitivo.

Desde su niñez, ahora tiene 29 aunque ella dice que cumplió 26, Fernanda esgrime opiniones a contracorriente. El Código DaVinci, que reposa en su mesita de noche, por ejemplo, le parece aburridísimo. Tiene cierto liderazgo, la voz cantante y es obstinada.

En su niñez ya le gustaba adoptar el vestido y las maneras de una mujer. A veces se enojaba con su padre y no le hablaba hasta que aquel, vencido y con cargo de conciencia, aceptaba comprarle ropa de niña. Luego, el hombre, un zacapaneco que parecía “una fábrica de dinero”, se arrepentía al ver a su hijo así con vestidos, entonces reñían, y se repetía el mismo proceso. Vivían en la capital.

A los 17 años, Fernanda ya no se sentía cómoda en la casa y la abandonó. Atrás quedaba la industria monetaria, su madre, músico y diseñadora de moda, y el resto de la familia, pero no las aspiraciones intelectuales ni las ilusiones artísticas. Combinaba el gusto por la noche con la frenética lectura -el poeta y dramaturgo español Federico García Lorca y la chilena Isabel Allende, sus preferidos-, con el placer por la guitarra y con la escritura de piezas teatrales o su interpretación.

El teatro es una de sus adoraciones; uno de los primeros sitios en que se registraron formas de travestismo -se creía inmoral que mujeres actuaran en una obra y los hombres interpretaban sus papeles-, uno de los lugares de los que Fernanda nunca creyó que sería expulsada por su condición. Sin embargo, dice, le ocurrió. El 22 de marzo de 1996 la obligaron a salir de la Escuela de Arte Dramático. Tenía 18 años: empezaba ya a adoptar las maneras de una mujer.

Fernanda ha trabajado en una agencia de modelos (lo dejó porque era “muy duro”), se considera feminista, y le encantaría ser gerente o, como su madre, diseñadora de moda. Intentó estudiar para ello. Acudió a una universidad que ofrece la carrera pero, esta vez sí era previsible dado el conservadurismo de la institución, inmediatamente la rechazaron.

¿Puede aspirar Fernanda Milán a obtener un buen cargo sin estudios universitarios? ¿Puede cualquier otra persona? En ese sentido, tal vez no existe la discriminación. Fernanda, en cierto modo, fue afortunada y se graduó de bachiller. En cambio, muchas otras transgénero no terminaron la secundaria. Según Jorge López, director ejecutivo de Oasis, el problema es previo: se las margina desde que empiezan a mostrar los primeros indicios de lo que son, se les veda la educación y luego, con la excusa de que no están preparados y pueden ser fuente de conflicto, se les impide trabajar en lo que se emplea el resto de la gente. Podríamos ponernos, seguramente, en el lugar de Fernanda.

La extrañeza del empresario

Podríamos también ponernos en el lugar del empresario o del reclutador. El joven reclutador que ve caminar hasta él a una persona “¿disfrazada?”, se pregunta: ¿Entenderíamos su extrañeza, entenderíamos que piensa de repente en su salario, en su familia, en el negocio de su jefe y en que, aun si la persona que se aproxima es la más capacitada de todas, va a necesitar el aval del dueño para contratarla?

Para este empleado, un paso en falso, una contratación conflictiva, sería quedar mal con aquel a quien debe lealtad.

Mientras examina el parco currículo, sopesa los problemas que podría tener con los compañeros. “Aunque estos son pasajeros”, cree, “si él se consigue hacer ver como persona y si el jefe hace que lo respeten”. O peor: con los clientes. Le mira a los ojos. No está mal pintado, no exagera, piensa. Si no fuera por los clientes te contrataría, habla para sí mismo el empleador, aunque quizá para otro puesto. Para este no te llegan tus estudios. No lo dice en voz alta porque teme ofenderla. Luego, tiende la mano y con palabras neutras se despide: “Muchas gracias, analizaremos su caso”. Lo ve de espaldas, caminando hacia la puerta, que se cierra sin golpe. El rechazado piensa: “Ya no lo intento más”. El joven reclutador tal vez murmura: “Lo siento” y pide que entre el siguiente.

Así lo hace ver Héctor Leonel Villavicencio, que fue jefe de personal en el Club La Aurora, un club social y deportivo, y quien además laboró como supervisor de operaciones en Cervecería Centro Americana. Villavicencio es ahora gerente comercial de una vidriería.

Falta agregar algo para pintar el cuadro más completo. La respuesta de todos los empresarios o los reclutadores de personal interrogados fue en un principio la misma: “No sé, nunca me ha sucedido, habría que pensarlo”. La mayoría de ellos entrevistó algún homosexual, pero ninguno reconoce haber recibido a una transgénero.

Sabotaje

Tanto Fernanda como López admiten que es raro que acudan a entrevistas, saben que las ofertas en las páginas de los periódicos no son para ellos, adivinan que nunca lo lograrán.

Villavicencio opina que en parte tienen razón. A diferencia de los homosexuales, las transgénero son muy evidentes, y causan entre la gente cierto rechazo visual, admite, pero el problema es que ellas se distancian, se encasillan a sí mismas y también prejuzgan al empleador. Sabotean las pocas oportunidades que pudieran tener.

El propio Carlos Zúñiga Fumagalli, presidente del Comité Coordinador de Asociaciones Agrícolas, Comerciales, Industriales y Financieras (Cacif), cree que, dejando de lado sus creencias religiosas, contratar una transgénero podría disipar la cordialidad que existe entre sus empleados y ahuyentar a muchos clientes. Tal vez ellas en sí no sean conflictivas, piensa, pero su presencia sí. Los compañeros no se sienten cómodos sino violentados. Aunque no tenga nada contra ellos como personas, dice, está en juego la supervivencia de su negocio.

Ya sucedió en un banco. Así lo cuenta la reclutadora Claudia Véliz, de Gestal, ocultando el nombre de la entidad. Habían contratado para atención al público a un homosexual que estaba entre los trabajadores más eficientes. Era un tipo amanerado y algunos clientes se quejaron de su afeminamiento. Pese a su esmero y eficacia, lo echaron.

También los empresarios Felipe Bosch y Jaime Arimany se muestran reacios a hablar del asunto. No lo conocen. Y mientras el primero muestra una postura similar a la de Zúñiga, Arimany asegura que si muestran la capacidad les contrataría.

La lealtad del cliente

A Fernanda, sus padres incluso la llegaron a conminar: “usted puede ser gay, pero no trans”. Porque eso se ve.

Para las empresas es fundamental cuidar la imagen y la lealtad del cliente. “De él vivimos, aunque eso signifique discriminar”, examina Villavicencio. Si él, que no es empresario, tuviera una empresa sin atención al público no tendría problema en ofrecerles trabajo, siempre que fueran moderados en su vestimenta y maquillaje. Los problemas con los compañeros se solventan rápido, piensa. Rápido la imagen deja paso a las personas. Pero, afirma que la visión empresarial, sobre todo la del jefe de recursos humanos, es: si puedes evitar un problema, ¿para qué lo vas a absorber?

Discriminación intramuros

De acuerdo con Oasis, la comunidad sexualmente diversa de Guatemala supera las 160 mil personas, entre homosexuales, bisexuales y transgéneros (reconocidos o no), entre otros. El cálculo lo realizan extrapolando a Guatemala el porcentaje de población sexualmente diversa (en torno al 8 por ciento) que varios estudios han registrado en otros países .

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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