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Roberto Cabrera, el arte del grabado
Por Edwin Siekavizza - Guatemala, 2 de marzo de 2008

En el recién concluido 2o. Salón del Grabado, Roberto Cabrera fue uno de los protagonistas más relevantes. Parte de su extensa obra gráfica fue expuesta en la retrospectiva “A corazón abierto

Roberto Cabrera es uno de los artistas más involucrados con el acontecer cultural de Guatemala. Su legado es tan vasto, que basta con resumir que el Museo Metropolitano y el Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York ya incluyeron piezas suyas dentro de sus valiosas colecciones.

Su carrera profesional incluye oficios como el de investigador, diseñador y crítico de arte. Pero Cabrera, como firma todas sus obras, es también uno de los grabadores por excelencia en Guatemala y, junto a un pequeño grupo de artistas, domina a la perfección las técnicas de grabado en metal, ya no muy comunes en la actualidad.

A partir de 1964, se hizo cargo del Taller de Grabado de la Escuela Nacional de Artes Plásticas. “Espacio donde dejó un poderoso legado en cuanto al oficio y rigor del grabador, la compenetración de realidad nacional, pero, sobre todo, sobre su propia postura frente al arte”, como reza el texto museográfico de su restrospectiva A corazón abierto, expuesta con motivo del recién pasado Segundo Salón del Grabado, en donde fue uno de sus protagonistas.

Sereno y pensativo, con un morral al hombro, frente a su retrospectiva, Cabrera está dispuesto a hablar sobre sus grabados y sobre el oficio. “Yo trabajé mucho grabado”, dice antes de comenzar la entrevista, “pero como viví fuera del país, muchas obras se destruyeron o se perdieron”.

La mayor parte de la obra gráfica que expuso en su retrospectiva responde a una misma serie ¿en qué se basó para hacerla?
– En la novela la Mulata de tal de Miguel Ángel Asturias que en los sesenta estaba muy de moda. Los jóvenes intelectuales entonces leíamos mucha literatura conjuntamente, tanto en los estudios y cafés, como en las cantinas. Decidí hacer Hombres de maíz y Mulata de tal, que eran las obras que reflejaban más eso que, en la época, se llamaba Realismo Mágico en la literatura. Yo lo trabajé como una cosa visceral. Diseccioné los elementos para crear reminiscencias prehispánicas y la situación del indígena en la actualidad.

En el caso de Hombres de maíz se hizo un certamen centroamericano y yo gané el premio. Cuando estaba la exposición montada coincidió con que Miguel Ángel Asturias vino a Guatemala, luego de recibir el Premio Lenin de la Paz (1966), antes del Nobel. Llegó a mí casa, porque era muy amigo de mi esposa, y me dijo: “Patojo eso no me gusta, a mi me gusta el realismo”. Eso marcaba la diferencia entre nuestras generaciones. Había un trecho muy grande en cuanto a la comprensión del arte. Y, cuando se asocia con la literatura, el arte no es una ilustración de lo literario sino una interpretación de ello. Ningún artista de la historia hizo exactamente lo que decía la literatura, o lo que le pedía el cliente, a menos que fuera un retrato. No es un capricho; usted no puede copiar la realidad, solo lo que ven sus ojos. Sino lo que ha vivido, lo que usted puede ver en el momento que está pintando.

¿Una interpretación del mundo?
– Era una época en que lo indígena, como tema de culturas tradicionales de Guatemala, era parte, entre comillas, de la inspiración de los artistas. Estábamos muy ligados todavía a lo que era el proceso revolucionario y se le dio mucha importancia tanto al trabajador, llamémosle, ladino, como al indígena. Y el maestro de grabado que tuve fue Arturo García Bustos, que impartía un tipo de grabado de estilo mexicano: muy realista y heroico; los indígenas bien alimentados, como las esculturas de Galeotti Torres, que parecían fisicoculturistas. Pero no era la realidad.

Mi generación ya vio la realidad, porque nos tocó otra historia. Ya no fue el buen panorama entre el 44 y el 54, en cuanto al desarrollo de la cultura y la educación. Luego, surgieron otros problemas, que nos enfrentaron con la realidad del país, ya no, necesariamente, con su cuestión mágica o de tipo hasta turístico, de “Guatemala tierra del sol, de la marimba y de las guapas mujeres”, como decía aquel radioperiódico. Vino la guerra y los artistas no nos quedamos atrás. Tratamos de expresar e interpretar eso, de participar, en algunos casos, en procesos que también se daban a nivel mundial: el mayo francés, Tlatelolco… Todo ese tipo de cosas hicieron que tuviéramos otra conciencia, otra forma de ver Guatemala, que es muy diferente a la que ven hoy día los jóvenes. El contexto en el que se desarrolla determina mucho en el arte, lo quiera o no el artista.

Es un oficio complejo el de grabador, en el que no todos los artistas pueden involucrarse.
– Sí. En la escuela se podía estudiar grabado en metal cuando yo lo impartía, pero para aprenderlo había que salir de Guatemala. Por ejemplo, Moisés Barrios trajo su propio tórculo, que es lo que hay que tener para hacer esto. Es una prensa muy especial, que por lo general son de fabricación alemana, son caras y traerlas también cuesta. Ahora el que está armando su taller es Rodolfo Abularach, que también trajo su prensa desde Nueva York.

¿Es posible retomar las técnicas tradicionales del grabado?
– Sí, son susceptibles de retomarse, porque los adelantos técnicos se mezclan con ellas. Lo vemos ahora con lo del intaglio, que es hecho de metal, pero no se imprime, solo queda en volumen, tiene relieve. La serigrafía pasó de ser algo comercial a convertirse en una cosa artística. Hoy en día lo digital es lo que influye, pero como una técnica y no como una forma de grabado en sí. Son elementos que no son propiamente grabado, como la impresión digital, que después se pasa al grabado. Pero es parte de la técnica. Lo digital es permisible y se puede mezclar con cualquiera de las técnicas tradicionales. Una multimedia.

¿Por qué cree que ha habido un vacío en cuanto a la producción de grabado en los últimos años en Guatemala?
– Eso se debe a que los lugares de enseñanza artística en el país no tenían capacidad o posibilidad de desarrollar un taller de esta naturaleza. Ahora se ha comenzado con el grabado en madera, que es lo más fácil. Pero en el grabado de lo que se trata es que todas las impresiones tengan uniformidad a la hora de hacer la edición. Para eso se necesita una maquinaria sumamente cara.

¿Un desarrollo accidentado entonces?
– Nunca ha sido una línea como la escultura o la pintura, prácticamente ininterrumpida; sino bastante accidentada, por falta de recursos técnicos y por profesores que realmente sepan dar las clases. Porque para grabar se necesita formación, ya que no es cosa de improvisar. Para dar clases hay que poder enseñar todas las alternativas de la técnica al estudiante y eso es lo que ha dificultado mucho el desarrollo del grabado. Por eso muchos optan por la madera y le meten impresiones digitales. En Guatemala prácticamente ya no se hace grabado en metal. Moisés Barrios y Rodolfo Abularach lo trabajan en sus talleres, pero a un nivel institucional no. No hay una escuela realmente capacitada para estudiar eso. Ni creo que se haga, porque no interesa mucho. Ahora es mucho más fácil trabajar con serigrafía, con digital o con madera, que es lo que está más a mano.

¿Cómo ve ese nuevo interés por el grabado en el arte contemporáneo de Guatemala?
– Retomar las técnicas es una cosa, retomar el grabado es otra. Usted puede retomar cualquier técnica, pero enfocándola al momento en que usted la está haciendo. No tratar de hacer lo que han hecho miles de personas en miles de años, desde los japoneses, hasta los barrocos en Europa. No se puede seguir haciendo eso. Una técnica es nada más el artificio que se usa para mostrar una idea, porque el arte no es para leerlo como un libro, pero sí tiene un contenido desde una idea generadora. Si se trabaja únicamente con la técnica en sí, no tiene ningún beneficio. El artista tiene que conceptualizar su época, lo que lo mueve, hay que tener un conocimiento de la realidad y enfrentarse a ella.

¿Entonces, no es necesariamente el oficio lo que habría que retomar?
– El oficio es otra cosa, que lo puede tener cualquiera. El artista tiene que conceptualizar, vivir su realidad, vivir su mundo y no soñar con pajaritos, no creer que la inspiración existe. El arte es un trabajo intelectual. Y eso es lo que marca la diferencia, sino todo se parecería. Cuando se hace un trabajo grupal hay que tener cuidado. Se necesita una postura en conjunto que se haya asimilado, que se haya visto autocráticamente y que se desarrolle en el contexto en que el grupo se mueve. Ahí uno puede decir “están trabajando en equipo”.

Existen muy buenos equipos en el mundo, donde trabajan varios artistas, y cada uno tiene su personalidad distintiva, su huella digital. Pero hay otros que se preocupan mucho por el efecto y entonces empiezan a parecerse a fulanito o menganito. Dejan de ser digitales en el sentido natural, y se convierten en una reproducción mecánica de los hallazgos, de las formas y efectos de otros artistas.

Usted puede manejar cualquier técnica. La técnica se aprende. Cómo utilizarla, es otra cosa. El arte es patrimonio de toda la humanidad y de todo hombre. El artista no es una maravilla, pero puede generar otro artista. Y mientras más artistas hay, es mucho mejor la realidad.

La llamada globalización y la comercialización del arte están arrasando con las personalidades. Están creando escuelas, que no son escuelas formales, centros de educación, sino que son grupos de artistas que agarran las galerías, las subastadoras y demás parasitismo que existe alrededor del comercio artístico y crean imágenes, así como en Hollywood. Y así como los supermercados nacionales se convierten en transnacionales, igual pasa con la cultura.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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