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“No es basura, ¡Son niños!” Un día y una vida en la marginación
Por Andreas Boueke - Guatemala, 4 de marzo de 2007

Mucho se habla de la violencia juvenil y del dolor de las víctimas. La crueldad de algunos mareros espanta. Es difícil entender cómo estos jóvenes han perdido, aparentemente, el respeto por la vida.

Medianoche en la 6a. avenida de la zona 1. Cada 50 metros hay una luz tenue cayendo sobre el asfalto gris. Aparecen dos policías, caminando frente a las láminas de hierro que protegen los escaparates de las tiendas. Uno de los oficales carga una ametralladora; el otro, un palo de hule.

De pronto las voces claras de niños quiebran el silencio de la noche. Gerson y sus amigos están en la calle. Se divierten mucho en su juego solitario. No hay nadie más que se atreva a desafiar la oscuridad del Centro Histórico. Los muchachos corren, tiran latas vacías al aire y pelean en medio de esta avenida comercial que, en pocas horas, estará ocupada por carros y buses cuyo humo envuelve edificios enteros. Ya no se podrá escuchar el sonido de los pies descalzos de Gerson. Las palabras de este “patojo” sucio serán tragadas por el ruido del tráfico.

Marero anónimo: “En lo que voy a contar voy a omitir mi nombre. Son cosas de las cuales no estoy orgulloso. Crecí en una familia que no tuvo muchas cosas, me fui a la calle cuando tenía ocho años. Encontré amigos, chicos de mi edad. Al principio solamente chingamos, pero después empezamos con delitos, pequeños robos y haciendo escándalos. El pegamento y el alcohol nos ayudaron a aguantar la vida. Con el tiempo, los robos se volvieron más serios. Cuando yo tenía 13 años me agarraron con las manos en la masa. La Policía nos dio una buena paliza. Pero esto no cambió nada... mi corazón ya se había llenado de odio”.

Los ojos oscuros de Gerson brillan a la luz de la luna con la curiosidad intrigante de un niño de nueve años. En su pequeño cuerpo tiene puestas casi todas las cosas que le pertenecen: un pantalón con hoyos, una camisa con líneas rojas y amarillas a la cual le falta un brazo, y una chaqueta quizás ocho números más grandes que su talla. El resto de su patrimonio lo tiene escondido en un desagüe: un juego de cartas, unos calcetines y una segunda camisa. Todo cubierto por una suciedad húmeda.

“Tuve 14 años cuando vi por primera vez cómo mataron a un ser humano. En ese entonces pertenecía a una mara bien organizada. El cabezón había llegado desde Estados Unidos. Era un grupo serio. Cuando hubo confrontaciones con otras bandas los muchachos mayores nos dijeron que teníamos que participar. La verdad es que yo ya había olvidado lo que era bueno y lo que era malo. Una vez tuvimos que vengar a un compañero nuestro que habían matado. Éramos muchísimos, más de cien. Pertenecíamos a tres maras diferentes, todos aliados. Los otros también tenían aliados, pero eran menos. Tuvimos que buscarlos, no importaba si estaban en sus casas o en cualquier otro lugar. Uno de mi grupo tenía una pistola. Me recuerdo bien cómo empezó a tirar. Se cayeron cinco personas, cabal frente a nosotros. La verdad es que esta experiencia me hizo mucho daño”.

Todas las mañanas, Gerson y sus amigos se encuentran en las gradas del Parque Concordia. Su mejor amigo se llama Miguel. Esta vez dos periodistas están sentados a su lado. Uno hace preguntas, el otro toma fotos. Miguel no dice mucho. La mayoría de las respuestas son mentiras. El reportero toma notas. De repente aparece Gerson. Se sube a las rodillas del periodista y sin pena le quita Q10 de la bolsa de la camisa. Aquel se queda desconcertado. “Esto es todo lo que tengo,” asegura. La cara de Gerson se ilumina con una gran sonrisa. Salta al piso y mueve el billete por el aire. Los periodistas se van apresurados mientras Gerson llama a sus amigos, diciendo: “Miren, me regaló Q10”.

“Nunca conocí a mi madre. Crecí con una tía. Esta mujer siempre me trató mal. Finalmente decidí matarla. Una vez que habíamos tomado mucho, le dije a mi amigo que me acompañara para asesinarla. Le pedí que trajera su arma. Ella siempre abusaba de mí, me pegaba mucho y me humillaba. Una vez, cuando yo lloraba por el dolor, me puso ropa de mujer. Me duele recordar esto. Los padres en Guatemala no se interesan por la vida de sus hijos, dicen que los quieren, pero ¿quién sabe de qué manera? La situación de violencia, esta ola de maras, es una respuesta a lo que nos hacen nuestros padres. No se interesaron en nosotros cuando éramos chiquitos y mucho menos lo van a hacer ahora que las cosas andan mal”.

Gerson usa una parte de los Q10 para comprar un cigarillo. Inhala varias veces y se lo pasa a su amigo Miguel. Después siente sed. Usualmente se abastece de agua en la calle, pero esta vez tiene suficiente dinero para poder comprar un jugo en un restaurante. Siempre ha querido hacer esto: sentarse en una mesa y ser atendido por un mesero. Abre la puerta con timidez... el salón está casi vacío. Pero antes de que se pueda sentar, aparece el administrador del establecimiento. Agarra el brazo del niño, lo jala hasta la puerta y le advierte: “No te atrevás nunca más”.

“Caí en una depresión. Empecé a refugiarme en las drogas. Llegué a conocer el mundo del narcotráfico y pude observar cómo funcionaba el negocio. Empecé a vender drogas yo mismo. Lo hice como que fueran dulces. Me gustaba, se mueve mucho dinero. Una vez un venezolano me dio un paquete para que lo entregara. Pero había otro muchacho que quiso hacerlo, me convenció y se lo di a él. Pero uno tiene que cumplir las tareas que le dan. Cuando el muchacho regresó, el venezolano estaba furioso. Primero me regañó a mí, después le dijo al muchacho que no debió haber hecho eso. El muchacho le pidió disculpas. Dijo un montón de cosas. Pero el narco no le hizo caso, tomó su pistola, la puso en su frente y tiró. Me asusté mucho. Después se sentó como que nada hubiera pasado. Me advirtió que lo mismo me iba a pasar si lo volvía a desobedecer”.

En la tarde, Gerson se roba dos bananitos, pero no lo llenan. En una esquina encuentra a Pedro. Este le ofrece una botellita plástica. No sabe leer la advertencía: “¡Cuidado, tóxico!”, Gerson deja caer unas gotas del pegamento en una bolsita, la infla y vuelve a inhalar el aire ácido. Después de haberlo hecho varias veces se olvida del hambre que tuvo.

“Yo le caía bien a este venezolano... me respetaba. Pero un día yo mismo empecé a consumir algo de su droga. Por eso perdí todo. Existe esta regla de que no podemos consumir, nadie puede consumir. Es un negocio. Ese día yo estaba bien drogado, él vino y se enojó mucho. Me puso la pistola en el pecho. Me recuerdo, aunque en ese momento no sabía qué estaba pasando, yo estaba viviendo en su casa, al otro día él llegó a mi cuarto y me dijo que mejor me fuera. Yo ya no era útil para él. Me dio un poco de dinero y me fui”.

Gerson se queda sentado callado durante mucho tiempo, con la bolsita presionada frente a su boca. Una pareja joven pasa muy cerca de él. Gerson se pone a cantar: “Que culo más chulo… que culo más…”. El hombre se da vuelta, levanta a Gerson jalándole por el pelo, le mete una rodilla en el estómago, el niño se cae con la cara torcida por el dolor y la rabia. Nadie le pone atención. Segundos más tarde se pone a buscar en un bote de basura, jala una botella de vidrio, la destruye en el asfalto, sigue corriendo a la pareja, alcanza al hombre y lo ataca con el cuello de la botella… los frenos de una patrulla policíaca chillan… dos policías se bajan… Gerson escapa corriendo.

“Una vez yo andaba con un compañero, de repente él le habló a un hombre para que le diera dinero. No le quiso dar. Mi amigo sacó un cuchillo y lo metió en la espalda del señor, varias veces. Estaba como loco. Ya no pensaba en lo que estaba haciendo, tanta violencia. Estos recuerdos te quedan en la cabeza para siempre. Espero que un día tenga mi propia familia. Tal vez no tendré la mejor familia, pero por lo menos quiero hacerlo bien. No quiero que mis hijos cometan los mismos errores que yo cometí”.

Por la noche, Gerson y sus amigos se juntan frente a una pizzería, cerca de la caseta en cuyo techo tienen guardadas dos sábanas y un nylon grande. Con eso arreglan su campamento en el arriate. Se acuestan bien juntitos y esperan la noche. Después de que pasa el último bus, regresa el silencio. A medianoche sale un cocinero del restaurante, le pone candado a la puerta. Trae unas pizzas envueltas en servilletas de papel y las pone encima del nylon de los muchachos dormidos. Un policía se queda parado, observando la escena. Con una sonrisa pregunta: “A esta hora ¿todavía te ocupas de la basura?”, el cocinero lo mira irritado. “No, no. Se equivoca. No es basura, son niños”.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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