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Ya no quieren ser llamadas y tratadas como las “muchachas”
Por Mirja Valdés de Arias- Guatemala, 14 de noviembre de 2004

Les dicen domésticas, muchachas o sirvientas. Ellas prefieren ser llamadas Trabajadoras de Casa Particular (TCP). Sin embargo, más allá de cómo se les llame, desean gozar de derechos, aunque la realidad de buen número de empleadoras no lo permite.

El acento de algún idioma maya se percibe apenas habla. Suman 23 los años que ha prescindido del k’iche’, su idioma materno, aunque nunca ha dejado de usar el traje regional de su natal Momostenango, Totonicapán: un corte ceñido hasta poco arriba de los tobillos y un güipil blanco. Olga Poroj se considera afortunada, pues no la obligaron a vestir uniforme, como a otras.

Dedica su único día de descanso, el domingo, a cursar segundo básico. “Yo aprendí a leer a los 18 años”, cuenta. Hoy tiene 38. “Quería ser maestra, pero jamás me inscribieron en la escuela”, reprocha a sus progenitores, la tercera de 11 hermanos.

Durante la semana lava trastos, barre, sacude, hace camas, lava ropa, limpia ventanas y la cocina en una casa de la zona 15.

Cuando llegó a esa familia, hace 22 años, su sueldo era de Q20 mensuales. Ahora gana Q700. Es madre soltera, “tal vez había trabajo mejor pagado en otros lados, pero a dónde iba ir a vivir ¿a La Limonada? ¡Nooo...!, yo no quería eso para mi hijo, así que me aguanté”, dice con certeza.

Olga es Trabajadora de Casa Particular (TCP) desde hace 25 años, cuando arribó de su pueblo a la capital.

Intentó conseguir empleo en otras tres casas. Se presentaba como buena cocinera y para los quehaceres del hogar. La presencia de su hijo no se traducía en un problema para que la recibieran. Lo que hacía que los potenciales patrones subieran las cejas eran cuatro palabras: yo estudio la primaria.

Olga se enfada cuando recuerda que más de una vez le respondieron: “Ah, entonces no gracias, siga estudiando”.

No tiene quejas sobre el trato de la familia a la cual sirve, pero le gustaría ganar mejor, o al menos, que le dieran aguinaldo, bono 14 y vacaciones, prestaciones con las que no ha contado en 22 años. Del Seguro Social ni hablar, pues dicha institución no inscribe a quien tenga menos de cinco trabajadores.

Olga forma parte del 15 por ciento de TCP a quienes no se les otorgan prestaciones laborales, según el estudio “Situación sociopolítica de las Trabajadoras de Casa Particular en Guatemala: discriminación laboral, de género y étnica de las TCP”, elaborado por el Centro de Apoyo para las Trabajadoras de Casa Particular (Centracap).

Y el resto de 160 mil TCP en Guatemala (según la Encuesta Nacional de Empleos e Ingresos febrero-marzo 2003) perciben, a lo sumo, uno de los beneficios anteriores.

Aunque la investigación, técnicamente, no es una muestra representativa, ya que se realizaron únicamente 100 encuestas, los resultados son significativos, asegura Homero Fuentes, consultor en materia laboral.

“Hay otros trabajos sobre el tema publicados hace más de 12 años, pero éste confirma la necesidad de hacer cambios en la legislación laboral en favor de estas trabajadoras, porque el documento profundiza sobre su realidad”, señala.

Qué hago sin "muchacha"

Mirna era una ama de casa hasta hace dos años cuando el sueldo de su esposo dejó de ser suficiente. Desde entonces trabaja como maestra en un colegio donde devenga Q1,200 al mes. Sus dos hijos de cinco y siete años quedan al cuidado de una TCP de 6:30 de la mañana a dos de la tarde. Le paga Q400 mensuales y sin prestaciones.

No es ni la mitad del sueldo mínimo, pero tampoco podría dar más por el servicio que le prestan. Hacerlo, dice, sería trabajar sólo para pagarle. “Ellas tienen muchas necesidades y, lo reconozco, por el bajo salario, hasta me han robado”, acusa.

Según Fuentes, hace 15 años, quienes dependían de una trabajadora en casa pertenecían a las clases media y media alta. Pero ahora, en estratos más bajos, también es necesaria “la muchacha”.

“La demanda se debe a la necesidad de trabajar de la mujer. Y es a partir de allí que surge la precariedad de los sueldos de las trabajadoras de casa”, indica.

El 60 por ciento de las entrevistadas dijo devengar un sueldo de Q800 mensuales cuando el sueldo mínimo es Q1,300. El otro 40 por ciento del estudio oscila entre los Q400 y los Q1,500.

Hay un 25 por ciento que no cree tener derechos o ignora que los tiene. “...la percepción de que su trabajo es muy común y simple, y el no tener una educación formal, hace que piensen que no tienen derecho a reclamar, sino que deben acatar lo que dispone el empleador”, apunta el estudio.

A Olimpia Cruz, directora de Centracap y colaboradora del estudio, le preocupa tal percepción y el hecho de que hasta el Código de Trabajo avale las largas jornadas.

El Capítulo IV sobre trabajo doméstico, en el Artículo 164, dice que no están sujetas a horarios ni a las limitaciones de jornada. Y agrega que tampoco les son aplicables los Artículos 126 y 127, referentes a días de descanso y asuetos.

“Hay una clara discriminación en ese artículo que consideramos se debe reformar”, asegura Cruz, quien fue hace algunos años TCP y espera, a través de Centracap, llevar una propuesta al Congreso.

Otra de las banderas que alza esta organización es la afiliación al Seguro Social. “La ley orgánica del IGSS obliga al patrono con más de cinco empleados a afiliarlos. En ningún momento prohíbe la inscripción de quien tenga menos, sin embargo no los reconoce”, señala el consultor en materia laboral.

La oficina de Relaciones Públicas del Seguro Social lo admite y se justifica en que el aporte de estas trabajadoras no cubre los beneficios de que gozarían al estar inscritas.

Embarazada o con hijo, no

“...las empleadoras dependen de las trabajadoras y las explotan. No hay solidaridad de género”, apunta el estudio basado en las historias de las TCP.

Algunas experiencias lo confirman, como la de Mildred Díaz, de 24 años, originaria de una aldea de Coatepeque, Quetzaltenango.

Su anterior empleadora se marchaba al trabajo a las 7:00 de la mañana y volvía a las 7:00 de la noche. “Siempre se quejaba de que llegaba muy cansada y terminaba gritándole a los nenes –de 7 y 5 años– y hasta a mí”, recuerda.

Mildred se repetía a sí misma que ella también trabajaba y seis horas más. Su horario era de las 6:00 de la mañana a las 8:00 de la noche. Así pasaron dos años. Luego, empleadora y trabajadora resultaron embarazadas.

“Le pedía que me dejara descansar, pero ella decía que no, porque durante su embarazo (dio a luz meses antes) no lo necesitó”, cuenta Mildred entre lágrimas. Al final renunció porque los roces se agudizaron.

A pesar de su experiencia, opina, sí hay buenos empleadores. “Ahora donde estoy, en la zona 15, gano Q500, (Q300 menos que antes), me aceptan con mi hijo, el trabajo es menos pesado, me pagan aguinaldo, vono 14 y vacaciones; no me pagan IGSS, pero me incluyeron en el seguro de Alerta Médica”, enumera.

Mildred renunció a su anterior empleo, pero a la mayoría de TCP las despiden cuando resultan embarazadas, como le sucedió a Vilma Leticia Méndez.

Trabajaba desde hacía cinco años en una casa de la zona 14, cuando se enteró de que su tercer hijo venía en camino. Las dos mayores, de 12 y 15 años, estudian y viven en un internado de Oriente.

“Ella –su empleadora– me rechazó. Me dijo cosas como ‘yo la creía más inteligente’. No entiendo cómo pudo cambiar si era buena conmigo”, alega Vilma.

El padre de su bebé la inscribió en el IGSS, siendo él afiliado, pero le negaban los permisos para asistir a sus citas. Poco antes de dar a luz, su empleadora optó por despedirla. Le dijo que “era un peligro tomar esa responsabilidad”, refiriéndose a su embarazo.

Carmen, empleadora, prefiere no contratar a trabajadoras que lleven a su bebé, pues considera que no ponen el mismo cuidado a los niños de la casa. “También me ha pasado que mis hijos –de dos y siete años– se ponen celosos”, argumenta.

La "sirvienta" está buenísima

Las TCP también se enfrentan al acoso sexual. Al menos esa es la situación del 8 por ciento, según la autora de la investigación de Centracap, Maritza Velásquez, quien cree que la cifra puede ser mayor, pero es algo de lo que no hablan.

Curiosamente, según comentan las trabajadoras entrevistadas, son los esposos de sus empleadoras o los hijos quienes mejor las tratan y a la vez son quienes intentan propasarse.

A la directora de Centracap le han confiado algunas su gran secreto. “Hubo una a quien el esposo de su empleadora trató de abusar sexualmente. Se defendió, corrió hasta su cuarto y se encerró”, cuenta. La otra empleada contó lo sucedido, no le creyeron, y optaron por despedir a la afectada.

Igual suerte corrió otra TCP al quejarse del acoso sexual del hijo de la señora. El muchacho pedía que le llevaran comida a su habitación y era allí donde trataba de aprovecharse.

También ha habido casos de embarazo. “Alguien le confesó a su empleadora que era de su hijo y la despidieron. Al cabo de algunos años la familia terminó por aceptarlo porque el niño se parecía a su padre”, recuerda Cruz.

Solteras, la mayoría

San Marcos es el tercer departamento del país con más población (le anteceden Guatemala y Alta Verapaz) y el primero de donde emigran las trabajadoras particulares, el 59 por ciento, a la capital.

“Es la pobreza y, por ende, la falta de oportunidades en sus pueblos lo que las trae”, indica Velásquez. El 36 por ciento se dice indígena, aunque la autora del estudio estima que es más, pues existe una evidente pérdida de identidad étnica. Y existe otro factor igual de definitivo: la violencia intrafamiliar en sus propios hogares.

Olga es un ejemplo. Antes trabajaba la tierra y migró a causa del maltrato. “Mi padre llegó al extremo de quebrarme un brazo”, recuerda.

El 28 por ciento de las encuestadas por Velásquez considera que el mal genio de los hombres de sus pueblos se debe al desempleo y a la pobreza que no les permite satisfacer las necesidades de los suyos.

Las agresiones familiares inciden en la mayoría para permanecer solteras (el 77 por ciento) o convertirse en madres solteras, pero hay otras razones.

Tal vez la de más peso es que no tienen tiempo para entablar una relación de pareja o al menos para conocer a un posible pretendiente. “...el encontrarse en un círculo cerrado por su trabajo, donde no tienen vida propia, ya que todo su tiempo gira alrededor de la familia para la cual trabajan (...), no les permite visualizar más allá de su contexto actual”, dice el estudio.

En semejante situación se encuentran sobre todo las TCP migrantes que viven en casa de su empleador (el 93 por ciento). Laboran jornadas de 10, 12 y hasta 14 horas diarias. Olga superaba esa cantidad: se levantaba a las 5:00 de la mañana para bañarse y alistar a su hijo, a las 6:00 estaba en la cocina y a las 11:00 de la noche se iba a la cama.

El trabajo ha mermado desde que los hijos de su empleadora se han ido de casa. La mejor carta de esta mujer para retirarse es su hijo, quien cursa segundo año de Medicina en la Universidad de San Carlos. Es un consuelo, ya que ella no gozará de una jubilación y no tendrá a dónde ir cuando envejezca, al igual que muchas otras trabajadoras de casa particular.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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