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Qué “calidá”
Por Claudia Méndez Arriaza- Guatemala, 21 de octubre de 2007

Hay un anuncio del Partido Patriota (PP) en televisión que me divierte mucho en estos días.

El comercial muestra una serie de entrevistados que responden por quién votarán, cuando de pronto aparece en la pantalla una morena hermosa e inmensa. Otto Pérez Molina, candidato presidencial del PP, le gusta por formalito y porque es un hombre bien calidá. La mujer es simpatiquísima. Se lleva las manos al pecho como si estuviera sobando las solapas del saco de un hombre bien trajeadito.

¿Por qué vota la gente por el General? En una entrevista publicada en Prensa Libre, Rafael Espada, vicepresidenciable de la Unidad Nacional de la Esperanza (UNE) –el partido en la contienda con el PP–, parece frustrado: no entiende cómo un militar gana simpatía en una sociedad que supone aún herida por los golpes de la guerra. “Es inconcebible”, responde, “me da pavor que la mitad de este país piense en tener un Gobierno militar”. Pavor. El Doctor Corazón se asusta de que la mitad del país quiera votar por un candidato acusado “de matar gente”.

Matar gente. Hay muertos que persiguen a Pérez Molina como sombras permanentes. No somos una sociedad solamente herida, sino amnésica. La mitad del país votará por un hombre acusado en el pasado de crímenes que, si recordáramos, nos harían reconsiderar su imagen, quizá veríamos la figura de un hombre señalado de hacer negocios con la muerte. ¿Acaso no de estrechar su mano?

Efraín Bámaca es uno de esos muertos incómodos que lo persiguen. El caso del líder guerrillero, herido y capturado durante una emboscada en la selva petenera en 1992, puso en aprietos a los gobiernos estadounidense y guatemalteco cuando su viuda, Jennifer Harbury, hizo huelgas de hambre para exigir explicaciones. The New York Times publicó en marzo de 1996 una nota sobre la existencia de un documento entonces en poder de la Embajada de Estados Unidos. La carta vertía detalles sobre la suerte de Bámaca. Los oficiales estadounidenses que la recibieron creían que era auténtica, y pensaban además que era escrita por militares descontentos.

Una vez que las autoridades habían reconocido que el guerrillero estaba muerto, según el documento, el propio presidente Jorge Serrano y los jefes de Inteligencia Militar decidieron el destino de Efraín Bámaca. Todos acordaron que debían mantenerlo vivo. Todos, menos Pérez Molina, entonces jefe de Inteligencia. La misiva indicaba que en esa reunión Pérez Molina argumentó que si el Gobierno había reconocido que el guerrillero estaba muerto, admitir que había mentido desataría una tormenta. El documento dice que los otros voltearon a verlo y le dijeron:

“Muy bien, Coronel, resuelva usted el problema”. Pérez Molina, según el relato, ordenó a dos de sus oficiales desaparecer a Bámaca. Ellos lo condujeron a una finca en la costa sur del país, donde lo mataron, quemaron su cuerpo sobre una cama de caña de azúcar, y luego enterraron sus restos. Qué calidá. Qué formalito.

Pérez Molina ha negado su vinculación en estos hechos y hasta ahora no ha existido un juicio público que permita respirar la verdad sobre el caso.

Supongo que Efraín Bámaca es uno de los muertos a quienes el doctor Espada se refería en la citada entrevista. Hay dos más, pero quiero detenerme en el caso que ha provocado la polémica más reciente: monseñor Juan Gerardi. The Art of Political Murder, el libro de Francisco Goldman sobre el asesinato del Obispo, relata que uno de los testigos mencionó a Pérez Molina como uno de los oficiales presentes en la tienda ubicada a pocos metros de la Casa Parroquial, donde se perpetró el crimen. Estaba ahí, de acuerdo con la tesis de los investigadores, para monitorear los operativos del asesinato. Monseñor Gerardi murió el 26 de abril de 1998, con el cráneo destrozado, aparentemente con una manopla, mientras oficiales de la vieja guardia de Inteligencia Militar bebían cerveza a pocos metros del lugar donde se perpetraba el asesinato.

Rubén Chanax Sontay, el testigo del caso, lo relató en varias entrevistas al autor del libro. En realidad, Francisco Goldman no fue el primero en escuchar que Pérez Molina estuvo en la tienda.

Los dos investigadores de Naciones Unidas que monitorearon el Caso Gerardi desde la noche del crimen, escucharon esa versión desde la primera entrevista que sostuvieron con Chanax Sontay, pocos días después del asesinato.

Pérez Molina asegura que se encontraba fuera del país la noche del crimen. En esa fecha él era representante ante la Junta Interamericana de Defensa en Washington D.C. Los registros migratorios muestran que el año del asesinato Pérez Molina ingresó al país en repetidas ocasiones: en febrero, en abril, más tarde en julio y en septiembre. El General se marchó del país semanas antes del crimen, el 6 de abril viajó rumbo a Nueva York en el vuelo 710 de Taca.

¿Estuvo o no en esa tienda? El historial migratorio de Pérez Molina, en efecto, reporta que había salido, aunque muestra un patrón particular en sus movimientos: el General de la Paz viajaba con distintos documentos de identificación: al menos seis diferentes registrados en dos años (1995-1997).

Uno de ellos era su pasaporte diplomático: 9136 con el cual registró todos sus movimientos migratorios en 1998. Los seis pasaportes no lo convierten, en absoluto, en asesino, pero los investigadores de Naciones Unidas sospechaban entonces multiplicidad de identificaciones y se preguntaban hasta qué punto eran fiables los registros migratorios.

Un dato aún más inquietante es que los investigadores sostienen que, noches después del crimen, Jean Arnault, jefe de la Misión de Verificación de Naciones Unidas en Guatemala, cenó con Pérez Molina. El objetivo, le explicó uno de ellos a Francisco Goldman, era intercambiar información sobre el asesinato. Buscaban en un ex jefe de Inteligencia Militar, amigo del proceso de paz, pistas o percepciones útiles para sus investigaciones. En un correo electrónico, el autor del libro explicó que ha escrito varios correos a Jean Arnault para corroborar el hecho, pero hasta este momento el diplomático ha guardado silencio. Ni afirma ni desmiente el hecho. El escritor supone que, dada su situación –como oficial de alta en Naciones Unidas–, no puede verter declaraciones.

En una entrevista con este medio, un día después de que elPeriódico publicó un fragmento del libro, Pérez Molina aseguró que al Capitán Byron Lima Oliva lo conocía porque dirigió el Estado Mayor Presidencial (EMP) mientras el joven oficial, condenado como cómplice de la ejecución de monseñor Gerardi, estaba asignado a esa sección. Mano Dura tomó una distancia prudente del capitán Lima Oliva. No obstante, sus relaciones no se limitan a un campo meramente laboral, como lo hizo ver: el capitán Lima conoce a Pérez Molina de 30 años atrás; él fue además su instructor en la Escuela Politécnica y más tarde Comandante del Batallón al cual perteneció en algún momento el joven militar; años después, la vida militar colocó a Lima Oliva como instructor del hijo de Pérez Molina; hace poco más de una década, Lima Oliva, en el momento cúspide de su carrera, quedó bajo el mando de Pérez Molina en el EMP. La relación es más añeja de lo que Pérez Molina quiso hacer ver, ¿temía que la cercanía lo implicara en el crimen? El hecho de conocer al capitán Lima Oliva de tiempo atrás, de ser su instructor, no lo implica necesariamente en el asesinato. ¿Por qué Pérez Molina se alejó del joven militar?

La verdad es incierta. Tampoco existe un proceso formal para dilucidar estas acusaciones. A pesar de que una decena de militares identificados en juicio fueron sometidos a proceso por orden de tribunal, una de las medidas del fiscal general, Juan Luis Florido, fue desarticular la Fiscalía Especial que seguía las averiguaciones del Caso Gerardi. La verdad no puede respirar aún plenamente en este proceso.

Ese es el problema de Pérez Molina. Esa es la razón por la que sus adversarios levantan a los muertos del pasado para que persigan y encierren en corredores sin salida a Mano Dura. Y en esas encerronas talvez, solo en esas encerronas quizá, la morena inmensa del anuncio no lo vería tan calidá ni tan formalito.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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