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La reconciliación de Narcisa
Por Paola Hurtado - Guatemala, 24 de julio de 2005

En la capital, Narcisa es la señora que le sirve el café a las visitas del Ministro de Relaciones Exteriores. En Rabinal, es una de las pocas sobrevivientes de la masacre de Plan de Sánchez, la huérfana que se fue del pueblo sin dejar rastro. Pero esta semana las dos mujeres se conocieron: Narcisa reconcilió sus dos vidas y se propuso empezar una nueva, la del perdón.

Una mujer con la estatura de una niña logró abrirse paso entre los escoltas del vicepresidente Eduardo Stein en el momento en que él se disponía a dejar Plan de Sánchez. El vicemandatario acababa de pedir perdón en nombre del Estado por la masacre perpetrada en la aldea hace 23 años. Sus guardias lo instaban a avanzar, pero la señora consiguió detenerlo por un momento.

Era la misma mujer que durante la dramatización que presentó la comunidad de la tragedia, se tapó los ojos con las palmas de las manos y lloró al escuchar los cohetes que simularon los rifles. Sonaban parecidos a los que utilizó el Ejército aquel 18 de julio de 1982 para exterminar su aldea. El día que perdió a su madre, su hermana, su sobrina, su abuela, sus tíos, sus primos.

Su nombre era Narcisa Corazón Jerónimo, le contó a Stein. “Yo lo conozco a usted”, le dijo con una sonrisa nerviosa, como si sintiera que estaba a punto de ser reconocida. “Soy la que le ha servido el café allá donde el licenciado Jorge Briz.”

La rueda de reporteros, los custodios y los aldeanos le dieron poco tiempo para hablar. Pero la mujer estiró su metro con 37 centímetros de estatura para no ser ignorada. Alcanzó a contarle al Vicepresidente que ella fue uno de los tres sobrevivientes de la masacre que declararon ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Que después de la matanza ella migró a la capital y ahora hace limpieza en el despacho del Canciller. Y que le pedía ayuda porque ella en Plan de Sánchez se quedó sin nada.

UN DOMINGO DE MERCADO

Narcisa tenía 13 años cuando ocurrió la masacre. Era domingo de mercado, día en que los habitantes de Plan de Sánchez bajaban a Rabinal a vender sus cosechas.

En la casa se quedó ella y la sobrina de tres años. Se disponía a tortear -serían poco más de las 2:00 de la tarde- cuando oyó ruidos en el patio y el revoloteo de los pollos. Entre las varas de madera que formaban las paredes, la niña distinguió a los soldados. Entraron y registraron todo: debajo de las camas hechas de lazo y palo, del lugar en donde guardaban el maíz. De una patada botaron el comal y lo hicieron trizas. Narcisa permaneció muda no solo porque tenía la boca de un rifle en el cuello, sino porque solo hablaba achí y no entendía lo que decían los soldados.

Por razones que durante muchos años Narcisa no se pudo explicar, los militares se fueron y la dejaron allí, parada como estatua, sin entender nada.

Narcisa repuso su comal roto con uno de latón y al terminar de tortear cargó la sobrina a tuto y fue a buscar a su abuela. Encontró la puerta hecha pedazos, todo revuelto y ninguno en la casa. Corrió hacia donde la tía: nadie. Recorrió las demás viviendas y las halló vacías. Divisó una en donde estaban metiendo a muchos hombres. Tuvo la intención de bajar, pero algo la detuvo y supo que debía huir hacia el barranco. Los gritos la seguían y entre ellos distinguió el de la madre. Nunca lo olvidó.

En la ladera se topó con una de sus tías, que también huía. Se escondieron cerca de la escuela y oyeron los primeros disparos. Antes de que anocheciera vieron cómo los soldados jalaron a un anciano y le quebraron el brazo y cómo quemaron a los niños. Luego, una de las casas prendió fuego con gente adentro.

Esa noche, Narcisa, la sobrina y la tía durmieron en Cocul, un caserío cercano. Volvieron por la mañana y descubrieron con horror lo que había pasado. La paloma criolla que los soldados tomaron del patio de la niña pendía de un árbol sobre el volcán de cuerpos calcinados, todavía humeantes.

UNA DE 626

La masacre de Plan de Sánchez, Rabinal, Baja Verapaz, fue una de las 626 que ocurrieron durante el conflicto armado interno, registradas por la Comisión de Esclarecimiento Histórico (CEH).

En 1982, los habitantes de Plan de Sánchez eran acusados por los militares de pertenecer a la guerrilla, debido a su renuencia de integrarse a las Patrullas de Autodefensa Civil (PAC).

El 18 de julio, un día después de que el Ejército disparó desde una avioneta sobre Plan de Sánchez, un comando de cerca de 60 personas compuesto por miembros del Ejército, comisionados militares, judiciales, patrulleros y civiles, irrumpieron en la aldea y bloquearon sus entradas y salidas.

Sacaron a la gente de sus casas y al final de la tarde reunieron a cien personas en la casa de un miembro de la comunidad (la prima de Narcisa). Las torturaron, ametrallaron y les lanzaron dos granadas.

Los que no cupieron en la casa encontraron la muerte en el patio, con machetazos y balas. A 12 niños los quemaron en la hoguera y las mujeres jóvenes fueron violadas hasta por tres soldados cada una y luego acribilladas. Según un informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), fueron masacradas cerca de 268 personas.

EL VIAJE A LA CAPITAL

Narcisa intentó colgarse de un árbol al descubrir la matanza. Su tía se lo impidió. La niña bajó ese mismo día a Rabinal, a la casa de la señora que le vendía jabón a su mamá, quien le dio cobijo.

La pequeña no vio cuando por la tarde los comisionados militares volvieron y ordenaron a los sobrevivientes que enterraran pronto los cadáveres en fosas comunes o bombardearían la aldea.

La vida de Narcisa cambió de golpe desde ese día. La niña era la menor de tres hermanas, nunca fue a la escuela ni hablaba castellano. Su rutina antes de la masacre era ayudar a la madre en la casa. El padre había sido asesinado (también por los militares) 13 años atrás.

Pero después de perderlo todo, excepto la vida, Narcisa llegó a Rabinal a trabajar de mil usos. Acarreaba bultos, lavaba platos, torteaba, por Q3 al mes.

En 1986, a los 17 años, viajó a la capital para trabajar en servicios domésticos. Su primer empleo fue de cuidar gemelos en una casa de la zona 5. “Mis patrones me veían llorando y me decían: 'Si no te hallás en la capital, te mandamos con tu hermana (la única que no murió porque vivía en Rabinal)'. Y yo más lloraba. No quería regresar”, recuerda.

Algunos de los 20 sobrevivientes de la masacre eran familiares de Narcisa. Pero ninguno, relata con amargura, le ofreció comida ni casa. Aún no olvida que su propia familia no le tendió la mano.

Narcisa se inscribió por las noches en la escuela. Aprendió el español y cursaba segundo básico cuando su novio, que le había ofrecido matrimonio, la embarazó y la dejó luego de confesar que era casado. Lo cuenta resumido, pero llorando.

“LA SEÑORA DEL CAFÉ”

Narcisa se casó hace 12 años y ahora, a sus 37, es madre de cuatro hijos. Desde hace tres años trabaja en el Ministerio de Relaciones Exteriores como personal de limpieza.

Su principal atribución en la Cancillería, cuenta, es atender el despacho del Ministro. Que esté nítido y a las visitas no les falte café, té o agua. En el trabajo, Narcisa no usa corte, sino un uniforme que no permite descubrir su origen achí.

Hace dos años, la hermana de Narcisa, Carmen, viajó a la capital. Tenía que presentarse a declarar al Centro para la Acción Legal en Derechos Humanos (CALDH), institución que desde 1996 había presentado una denuncia ante la CIDH por la masacre en Plan de Sánchez y estaba en busca de testigos.

Narcisa acompañó a Carmen y allí conoció a Angélica González, la asesora legal de CALDH. Tras una larga conversación, Narcisa aceptó contar su testimonio. Hasta entonces no había querido contarlo. “Tenía miedo”, dice. En abril de 2004, junto con Buenaventura y Juan Manuel Jerónimo (otros dos sobrevivientes y también primos de ella), Narcisa declaró ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos reunida en Costa Rica.

La Corte emitió sentencia en ese mismo mes, en la que declaró internacionalmente responsable al Estado guatemalteco por la masacre en Plan de Sánchez.

TESTIGO CLAVE

En 1997, seis habitantes de Plan de Sánchez señalaron ante el Ministerio Público los nombres de los autores materiales de la masacre. En 2001, de nuevo presentaron una querella por el genocidio en Plan de Sánchez y cinco comunidades más del país. Ambos casos se encuentran desde enero de 2005 sin fiscalía asignada en el MP.

Mientras Stein pedía perdón el lunes con la voz cortada y reconocía el dolor de los habitantes de Plan de Sánchez, Narcisa lo oía desde una silla plástica. Tenía los ojos llorosos.

Asistió a la actividad porque pidió dos días en su trabajo a cuenta de vacaciones. En la Cancillería, hasta este lunes que ella le contó al Vicepresidente de su trabajo y luego dio una entrevista a Guatevisión, nadie sabía de su pasado.

“Siempre he tenido una buena relación con ella, hemos platicado, pero nunca me contó sobre su tragedia”, dice Jorge Briz, ministro de Relaciones Exteriores.

Narcisa mantuvo su secreto aquí y en Plan de Sánchez, aldea que visita cada cinco años (no le gusta ir porque le trae muy malos recuerdos, dice). Pero desde este lunes, decidió que era hora de decir la verdad ante cualquiera.

En la misa que el padre de Rabinal ofició por la tarde en la capilla bajo la cual reposan los masacrados, habló de la justicia de Dios y de buscar la paz. La pequeña iglesia estaba atestada de aldeanos, la mayoría dormidos. Los bebés babeaban en la espalda de la madre y los ancianos soñaban recostados en las paredes. Los marimbistas roncaban desparramados en la banca y a sus pies los secundaban los perros. Entre los pocos despiertos estaba Narcisa, atenta a cada palabra del cura. “Debemos aprender a perdonar, a vivir unidos para llegar a la reconciliación.” Narcisa asentía.

Durante muchos años, ella no se explicó por qué los soldados no la tomaron del brazo aquella tarde y la mataron junto con todos. “Se sentía culpable por ser sobreviviente”, cuenta Angélica González, de CALDH.

Pero luego de dar su declaración en Costa Rica, Narcisa cargó las fuerzas para empezar una nueva vida. El Estado se ha comprometido a cumplir con la sentencia de la CIDH de indemnizar con US$8 millones a los afectados por la masacre.

Narcisa tiene la esperanza de que gozará una parte de ese beneficio. Para eso le pidió al Vicepresidente que no olviden tomarla en cuenta.

Sin embargo, no fue ese ofrecimiento el que le devolvió la paz a Narcisa, sino el descubrimiento que hizo en Costa Rica, al oír que la gente la llamaba “héroe” en vez de víctima. “Me di cuenta de que sobreviví para que contara lo que vi y se supiera lo que realmente pasó”, dice. “Para que se haga justicia.”

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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