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Hierba mora
Por René Tamayo León - Tacaná, San Marcos, 4 de diciembre de 2005

El puesto de salud de Chactelá está atestado. Los médicos llegan a la aldea tras el paso de la tormenta tropical Stan. Los tres doctores cubanos recién venidos graban para el recuerdo un video aficionado que empieza con imágenes de una travesía a pie, kilométrica, accidentada y termina plagada de montañas de tierra y dolor.

Una madre trae a sus hijos. La más grande, de ocho años, tiene la complexión de una criatura de tres años de edad. Le sigue uno de cuatro que parece de dos. Y en los brazos, el lactante de diez meses pesa dos kilogramos, como si acabara de nacer.

Mamá, ¿qué tienen sus niños? —pregunta la doctora.

—Andan con muchos asientos (diarreas) desde el deslave, seño —responde la madre—. Y al pequeño no le aflojan las calenturas. Y a ninguno se le ha salido la lombriz.

La doctora prescribe parasitismo, entrega varias medicinas y se detiene en consejos de higiene personal y dietas.

Sus niños necesitan mayor alimentación, mamá. ¿Qué es lo que comen? —pregunta nuevamente la doctora.

—Ellos tragan muchas tortillas y frijolitos, pues. Al chico aún le sigo dando la chicha, aunque casi no tengo leche, pues.

Eso no basta —dice, dulce, la doctora—. Debería darle huevitos y alguna carnita, al menos dos o tres veces por semana.

—... —la madre calla.

¿Cuántas veces le da carne y huevo? —insiste la doctora.

—¡Qué carne, pues! Solo tortillitas y frijolitos, pues; y matas del monte, pues.

—... —la doctora calla.

—Qué carne, pues. Nosotros somos pobres, pues; de dónde vamos a sacar dinerito para eso, pues... Hierba Mora, pues. Hierba Mora, de eso sí comemos bastante, pues.

***

Chactelá. Recién consultamos a una niña de cuatro años. La madre la traía en brazos. Tenía unos edemas tremendos en la cara. Para los no entendidos, serían grandes cachetes. En Cuba dirían, ¡qué chulita está!, ¡qué redondita tiene la cara! En realidad eran edemas generalizados, de los pies a la cara.

Es el resultado de una desnutrición severa. Los niños flaquitos, con gran volumen abdominal padecen de wacharcor, y estos así, de marasmo. En la base lo que tienen es anemia, una desnutrición completa. Se detiene su crecimiento, su desarrollo, no ingieren proteínas, grasa. Nada.

Con cuatro años, la traían en brazos como a una niña de tres meses. No caminaba, no gateaba. Si la soltaban en el piso se quedaba sentadita, la niña. No hablaba... Retraso psicomotor.

Las personas aquí pasan hasta ocho días sin comer. Nos dicen que con el desastre del Stan, las milpas —los sembrados de maíz— se fueron abajo. No tienen maíz y lo único que comen son tortillitas de maíz y frijoles.

“Al venirse la milpa, no tenemos qué llevarnos a la boca”, me narran. Frente a aquella niña, me decía para mis adentros que la milpa se les está yendo abajo cada mañana desde hace cientos de años. Stan solo fue un golpe más.

Cuando los niños dejan de lactar porque la madre carece de leche, les dan agua de manzanilla y agua de apasote. Solo eso. Hay bebés de un año y medio que nunca comieron un huevo o un trocito de carne.

Las tardes en la aldea las dedicamos a repasar el trabajo del día y a preparar leche con chocolate. Llamamos a los niños, hacemos una filita y se la repartimos...

(Doctora Yennys Medina Hernández, Ciudad de La Habana. Misión internacionalista en Venezuela.)


"La tormenta tropical Stan solo fue otro golpe más", dice la doctora Yennys Medina Hernández

Cuando se habla de pobreza, hambre, se piensa en África. En los periódicos y la televisión ponen fotos y videos de África. Cumplí misión en África, en Zimbabwe. La miseria que veo aquí en Guatemala no tiene nada “que envidiarle”.

El motivo de consulta más frecuente en las aldeas es el “dolor en el corazón”, el estómago y las piernas. El dolor de estómago es porque apenas comen, “puro maíz y frijoles”, dirían ellos.

El “sufrimiento” en las piernas, del que se queja la mayoría de las mujeres, se debe a que trabajan el día entero en el campo con el bebé cargado sobre sus espaldas. Dicen que a los niños no se les quita la “calentura” en la cabeza, ¡pero es que están castigados permanentemente por el sol!

Y el “dolor en el corazón” debe ser el dolor que tienen en el alma. Me imagino que no pueden más con tanta pobreza.

No hemos enfrentado casos provocados de forma directa por el huracán Stan. Pero sí atendemos sus consecuencias, estrés postraumático, diarreas por el deterioro de la calidad del agua, micosis por la falta de higiene debido al empeoramiento medioambiental... El hambre no. Esa no es un resultado de la emergencia. Ni de tres días.

"Misión humanitaria, desinteresada y voluntaria". Doctora Niurka Fleites Santana.

Ayer fuimos a una comunidad. El promotor de salud quería cobrar un quetzal a los pacientes. Le dijimos que nuestra misión es humanitaria, desinteresada y voluntaria. Que damos consultas y medicamentos gratis. Que si él cobraba un quetzal —que quizá era poco—, representaría el pago de una consulta. Que eso no podía ser. Que nosotros los cubanos no lo admitimos.

(Doctora Niurka Fleites Santana, Cienfuegos. Misión internacionalista en Zimbabwe.)

VIAJE A LAS NUBES

Ixchiguán. Este es uno de los pueblos más altos de América Central. Está a 3 200 metros de altitud. Debió ser un reino de los bosques nubosos. Ahora es pura estepa. Las cumbres peladas, las ovejas lanudas, los pasamontañas típicos de su gente, pudieran ser una postalita de Los Andes. Solo le faltan las llamas y las alpacas. Es una región completamente deforestada.

Los deslaves eran inevitables. Seguirán.

Somos seis. Fuimos parte del segundo grupo del Contingente Internacional de Médicos Especializados en Situaciones de Desastre y Graves Epidemias Henry Reeve, enviado a Guatemala a inicios de octubre. Llegamos tras una travesía antológica.

El avión no pudo aterrizar en el país por las malas condiciones del tiempo y debió hacerlo en Honduras. De allí salimos en dos guaguas hasta Puerto Barrios, Guatemala.

200 metros sobre el nivel del mar, Ixchiguán es uno de los pueblos más altos de Centroamérica. La deforestación en sus montañas ha convertido la región en una estepa donde el ganado lanar pasea a su gusto. El frío es lo más duro para los doctores Nival Shaid Martínez y Ángel Arturo López Filtres (a la derecha).

Los ómnibus trataron de acortar camino, pero se atascaron. Empezamos a tirar piedras donde no había piedras y los soldados del ejército a cortar ramas para llenar los bordes. Solo una retroexcavadora pudo sacarnos. Terminamos llenos de fango.

El paso fronterizo de la zona es un puente de madera. Gracias que era de noche; hubo que pasar caminando.

Llegamos a Puerto Barrios el día 9 de octubre, tarde. Nos dirigimos directo a la casa de la brigada cubana que trabaja permanentemente allí. Éramos cien. No cabíamos. Dormimos dentro de los ómnibus. En la mañana continuamos hacia la capital.

En la ciudad se reorganizaron y distribuyeron las brigadas. Nos asignaron a Ixchiguán, San Marcos. Solo el día 12 pudimos acceder al puente aéreo. La avioneta de carga llevaba nada más 12 personas. Nos sentamos en hileras de camillas a ambos lados de la nave, amarrados con cinturones de soga; en el medio, las mochilas. Un aire frío entraba por las ventanillas.

El avioncito aterrizó en un potrero de Quetzaltenango, y allí montamos a un helicóptero del Comando Sur de Estados Unidos. Cuando supieron que éramos cubanos, no querían llevarnos. Al final aceptaron. Debido a las condiciones del tiempo y la poca visibilidad, nos dejaron en un terreno de fútbol.

Bajamos en medio de una neblina dentro de la que ni nosotros mismos nos veíamos. De buenas a primeras, cuando la niebla cedió, estábamos rodeados por una población indígena. Ellos no sabían qué hacíamos ahí; y nosotros ni dónde estábamos.

Luego supimos que era la aldea San Lorenzo. A través de un celular avisamos a la brigada cubana de San Marcos. Y de nuevo a las guaguas. Alcanzamos Ixchiguán el jueves 13 de octubre.

(Doctor Nival Shaid Martínez, Ciudad de La Habana. Misión internacionalista en Guatemala: 1999, huracán Mitch, y Ghana.)

 

Llegué a Cuba el 4 de agosto tras concluir una misión de dos años en Mali. Pensé estar un tiempo en el Caimán. Dos meses después estaba de nuevo en el aeropuerto, con dos mochilas de medicina, un maletín de ropa de campaña, y aún frescas las palabras del Comandante. Unas horas antes, nos había despedido y encomendado la tarea.

Escuché que el viaje de Cuba a Guatemala era de unas dos horas y media. Ya en el aire, de pronto sentí que el avión sacó el tren de aterrizaje y luego subió bruscamente. El cambio de presión me dio deseos de vomitar. El piloto nos explicó entonces que había mal tiempo y seguiríamos para Honduras.

Un viaje que pensé duraría tres horas, se convirtió en tres días. De Honduras a Guatemala la compañera de al lado me decía “¿Dónde está el desastre?”. Por la autopista de Puerto Barrios a Ciudad de Guatemala, repitió: “¿Dónde está el desastre?”. De la capital a Quetzaltenango, también.

Al bajarnos en la aldea de San Lorenzo, mi compañera solo dijo una frase: “¡Qué desastre!”. Yo también lo vi cuando puse los pies en el campo de fútbol del helicóptero estadounidense, cuando se levantaba a mi alrededor el daño en sí de la tormenta y cuando comencé a ver a aquella población.

Era la misma pobreza de África. Lo nuevo era el frío y la fisonomía de los rostros, porque no voy a hablar de color: el hambre no repara en los tintes de la piel.

Era una pobreza de niños con frío, de cachetes rojos, de ausencia de zapatos. De niños de miradas atónitas y perdidas.

En Ixchiguán el primer contratiempo fue la altura. Me empezó a faltar el aire. En Cuba cargaba las mochilas y ni me las sentía, aquí pesaban una tonelada.

El segundo problema fue el frío. Venía de África, donde las temperaturas son de 40 grados y aquí, de cero y menos. En dos meses pasé de un extremo a otro del mundo. Casi son lo mismo.

(Doctor Ángel Arturo López Filtres, Ciudad de La Habana. Misión internacionalista en Mali.)


Al segundo día de estar en Ixchiguán, salimos hacia las comunidades. El doctor Ángel Arturo, una recién graduada de la ELAM, dos enfermeros guatemaltecos y yo, partimos hacia San Luis, aledaño al volcán Tajumulco.

Es el pico más alto de América Central. Caminata intensa, de tres horas. Diez kilómetros montaña arriba, montaña abajo. El paisaje: desastre y precipicios inmensos. Los caminos estaban cortados por hundimientos de hasta 500 metros de largo.

Andaba con dos mochilas repletas de medicinas. En dos ocasiones casi caigo por los desfiladeros. Estaba sin aire y con taquicardia, por la altura y por la falta de fogueo. Entre las bolsas y yo, mis piernas tuvieron que vérselas con casi 300 libras.

Durante ocho días, la aldea estuvo incomunicada. Fuimos los primeros en entrar. No les habían enviado ni agua potable. Los deslizamientos de tierra por las lluvias de la tormenta Stan dejaron allí más de 30 muertos. Los encontramos casi desesperados.

El complicado parto gemelar que a mediados de octubre tuvieron que hacer los doctores Aimée Festary Casanovas y Alexis Pérez Lemus, está entre sus éxitos más emotivos.

Estuvimos unas tres horas. Se mostraban super agradecidos. Decenas de personas acudieron a la consulta. Impartimos audiencias sanitarias y enseñamos cómo mejorar la calidad del agua.

Ante el regreso a Ixchiguán, nos preguntamos, “y ahora ¿qué?, ¡¿volver?!”. Llegamos sobre las seis de la tarde, agotados, pero con las mochilas vacías y el corazón repleto.

(Doctor Alexis Pérez Lemus, Ciudad de La Habana. Misión internacionalista en Honduras.)


Además de las caminatas y la crítica situación en las aldeas, el panorama también es complejo en Ixchiguán, el principal pueblo del municipio. El confort de su hospitalito da la impresión de que es más fácil; craso error.

Hemos tenido que inventar para atender a los niños menores de un año que llegan deshidratados. Antes de que viniéramos, la población no acostumbraba a traerlos. De hecho, la instalación carecía de materiales para canalizar. Empezamos a hacerlo con mochitas, algo difícil, porque se obstruyen muy rápido. Solicitamos una remesa de catéteres. Ya los tenemos aquí.

También estamos mandando para observación a los pacientes que lo necesitan. Antes esa sala era inútil, no tenían recursos ni personal calificado para ponerla en marcha.

Las dos mochilas de 12 kilogramos de medicinas que trajimos de Cuba fueron super útiles, en especial los antiparasitarios, los antipiréticos y los antibióticos. La amikacina también la hemos usado con frecuencia, es un lugar con muchas enfermedades micóticas. Han tenido que mandarnos más mochilas. Se agotaron.

La mayoría de los casos ingresados, en especial de niños, ha sido por diarreas debido a la contaminación de las aguas, otra consecuencia de la catástrofe que dejó Stan. Con el tratamiento oportuno, las charlas, la educación sanitaria, hemos evitado la aparición de una epidemia, en especial del rotavirus.

Dice la enferma que antes al hospitalito no venía nadie y desde que estamos, la misma gente se está pasando la voz de que hay médicos cubanos. Acuden hasta de otros municipios. Antes no se hacía un parto; ahora “sobran”.

Ayer una mujer llega y me dice: “Todo el mundo comenta que ustedes hacen los partos muy bien, estoy a punto de dar a luz, ¿me harían el favor de asistirme entonces?”.

Antes de llegar los médicos cubanos a Ixchiguán, en el hospitalito de la municipalidad apenas funcionaba la sala de ingreso de Pediatría. En la foto, la doctora Olga Agnerys Ferrera Dominguez.

(Doctora Olga Agnerys Ferrera Domínguez, Ciudad de La Habana. Dos misiones internacionalistas en Honduras y una emergencia en Ecuador.)


Aparte de la Obstetricia y la Medicina General Integral, me ocupo de las estadísticas de la brigada de Ixchiguán. Es lo más pesado y complicado, pero lo que habla del trabajo que hacemos.

En un mes dimos 17 audiencias sanitarias, más de 30 charlas educativas y salvamos 74 vidas. Solo en la primera semana, cuando aún se enfrentaban las consecuencias directas de Stan, atendimos 987 casos y salvamos 27 vidas; más del 50 por ciento eran deshidrataciones en menores de uno y cinco años.

Trabajamos en el hospitalito, el centro de salud y las aldeas. Hasta el momento tenemos siete partos con ocho nacimientos. Uno solo fue eutóxico, normal, con líquido claro y sin mayor dificultad. Los demás... complicaciones.

Hay muchos accidentes obstétricos. Las pacientes acostumbran a parir en la casa, con comadronas, y se dan casos de retenciones placentarias, sepsis puerperal... A los más complicados les damos los primeros auxilios y los referimos a San Marcos; no tenemos suficientes medios para determinadas acciones.

El hecho más significativo fue el de una muchacha que pensó que traía un único hijo. El parto lo comenzó el doctor Alexis; yo miraba. Al salir el primer bebé, no expulsaba la placenta y detectamos una segunda bolsa amniótica, otro niñito.

Estaba en posición pelviana, modalidad pie. En Cuba se opera, no se le da vía transpelviana, pero no podíamos remitirla a San Marcos y dejar que se desangrara por el camino.

Decidimos trabajar con el segundo gemelar. El parto fue exitoso, pero la mamá empezó a sangrar abundantemente, más de 600 mililitros, por lo que le canalizamos vena, tomamos las medidas de emergencia y le aplicamos solución gamma.

La única dificultad estaba en que carecíamos de hemoderivados, y la sangre se repone con sangre. La brigada se movilizó, buscó un transporte —la paciente no tenía medios para pagarlo—, y la remitimos bien preparada y con una enfermera en custodia.

Hasta San Marcos hay una hora de camino por una carretera que quedó muy maltrecha con la tormenta. Era una paciente que iba preshoqueada y pudo morir si no la hubiéramos atendido.

Fueron tres vidas salvadas. Y nosotros también nos salvamos. No puedo describir la satisfacción que sentimos cuando el segundo bebé salió bien y después cuando nos reportaron que la mamá salía adelante.

Habíamos tenido una paciente que llegó en período expulsivo, pariendo, con un niño ya coronando y otro detrás. No hubo mucho tiempo, estábamos en una emergencia y la supimos enfrentar. Ese día estábamos muy orgullosos. Trabajamos con mucho entusiasmo y profesionalidad, incluidas las enfermeras guatemaltecas.

Fueron tres vidas salvadas en un solo momento. La hora de oro en Obstetricia es importante, si en esa hora no se repone lo que se tiene que reponer, la paciente puede morir, y nosotros sabemos lo que significa una muerte materna en Cuba.

Adondequiera que vamos mantenemos ese significado. No importa si es Guatemala, Venezuela, África o cualquier otro lugar del mundo. Salvar vidas es nuestra razón de ser.

(Doctora Aimée Festary Casanovas, Ciudad de La Habana. Misión internacionalista en Venezuela.)

Fuente:www.jrebelde.cubaweb.cu


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