Revista electrónica de discusión y propuesta social 
Revista · Documentos · Archivo · Blog   Año 2 - 2005

::::albedrío::::

Revista
Editorial
Artículos
Entrevistas
Noticias

linea

Redacción

linea

Enlaces

linea

SiteMap
Contacto


Otros documentos de consulta

De orden internacional
De carácter oficial
Comunicados

 

 

 

Contingente Henry Reeve alivia el dolor en Guatemala
Por René Tamayo León - San Marcos, Guatemala, 14 de octubre de 2005

En las faldas del gigantesco volcán Tacaná, y la cordillera que lo custodia, se levantaban muchas aldeas humildes. Eran pobres, pero bellas. Dueñas de esa hermosura secular de que están dotadas las poblaciones mayas de la etnia mam. Ahora, apenas quedan sus huellas.

La semana anterior, cuando las lluvias del huracán Stan se apoderaron de los contornos, muchos hubiesen muerto de inmediato, por la crecida del río. Lograron evacuarse hacia un lugar más alto. Pero cerca de cien de ellos solo ganaron unas horas de vida cuando se refugiaron en un albergue de Qua.

El albergue se estableció al borde de un cerro. El cerro se deslavó. El albergue quedó sepultado.

El miércoles, al menos 25 cadáveres permanecían soterrados. Pero seguro son más los desaparecidos. Se pudren debajo de un lúgubre amasijo de árboles, piedras que pesan toneladas y mucho lodo.

El deslizamiento de tierra se extiende por más de cien metros de ancho y 500 de largo. La lluvia es fuerte aún hoy; la niebla también. Parece como si por primera vez, en días, la Naturaleza se hubiese dignado a una muestra de compasión, al impedir que alguien captara con cámaras fotográficas las imágenes de la catástrofe y el duelo. Fue como si hubiese querido acallar lo que pasó; que solo perviviera en la mente de las víctimas que se salvaron.

El cerro todavía amenaza. Un cordón de seguridad impedía hasta mitad de semana el regreso de los sobrevivientes. Nada podía entrar. Nada podía salir. Tras el deslave, los más rápidos huyeron del albergue y la aldea. Dejaron al abandono lo poco que la vida les había permitido tener.

Las gallinas, las ovejas y los perros también quedaron detrás. Estaban atrapados. No tenían nada que comer.

El olor de los cadáveres se ha hecho más fétido y profundo. El hambre atenaza también. Si no se les da nada con qué alimentarse, los canes buscarán una alternativa: escarbar y escarbar. Si logran llegar hasta los difuntos, tal vez entonces hallarán algo para comer.

LOS NIÑOS LLORAN

El doctor Luis Cordón, jefe de un programa nacional del Ministerio de Salud Pública de Guatemala, está a cargo de la coordinación de la ayuda médica que llega a San Marcos, el segundo departamento más golpeado por la tormenta tropical Stan.

Son más de 240 los muertos allí. El número de desaparecidos nunca se sabrá a ciencia cierta. Muchos cadáveres jamás aflorarán.

En la mañana del martes, mientras seguía repartiendo personal por la zona, el doctor Cordón dejó a varios médicos guatemaltecos —recién graduados en la Escuela Latinoamericana de Medicina, de Cuba—, a orillas de la terracería derruida que antes era el camino hacia el volcán y el poblado de Tajumulco y sus aldeas colindantes.

Los jóvenes debieron subir varios kilómetros a pie con las mochilas cargadas de medicinas. En la tarde, mediante el celular, informaban que encontraron una población sitiada por la catástrofe: aislada, sin comida, irascible. Según supieron, habían interceptado los alimentos de socorro que se dirigían a cuentagotas hacia allí.

En la aldea de Sibinal, también a orillas del Tajumulco, la situación es más sosegada. Quizá sea porque resultó más fácil traer ayuda a los necesitados. El alcalde, empero, urgía el envío de médicos y medicinas.

“Los adultos —le dice a Cordón— aguantamos. Estamos grandes y tenemos defensa, pero nuestros niños no, nuestros niños se enferman y se mueren; por lo que les pedimos ayuda es por ellos. Nosotros aguantamos el hambre, nosotros hemos padecido hambre y la seguimos padeciendo, pero no aguantamos que nuestros niños tengan hambre, que nuestros niños se enfermen y mueran”.

El paisaje es desolador. Solo prevalecen la blanca oscuridad de la niebla y el silencio de la lluvia. Es tan hondo, que los oídos parecen explotar. Hay sonidos que pueden acallar más aún la fragilidad y la angustia del hombre. Las hacen enormes.

ESPERANZA

El aeropuerto de Quetzaltenango es un gran potrero, sin losa. El avión Focker se tiró como si una vaca hubiese caído del cielo. Por la puerta de la aeronave de la Fuerza Aérea Guatemalteca comenzaron a entrar chorros de agua que enfangaron la mitad de las valijas y a todos los pasajeros.

El doctor Renato Barceló, cirujano del hospital de Matanzas, solo atinó a proteger a las jóvenes doctoras sentadas a su lado, Aylín, su hija y colega, y Ariadna Montes de Oca, ambas recién graduadas como médicos generales integrales y especialistas en terapia intensiva.

Ya en la pista, cuando cada médico bajaba sus dos mochilas cargadas de medicinas —24 kilogramos que se aligeran cuando se sabe cuánto salvarán—, Elizabeth Marroquín, una parroquiana de Tacaná, se acerca ágil y agradece al jefe de la brigada.

El doctor Rafael González escucha; intenta calmar las lágrimas de Elizabeth, que no se sabe si saltan de angustia o de alivio ante la llegada de los doctores. Desde hace más de dos años, el experimentado internacionalista dirige algunas de las tareas más importantes de la Misión Médica Cubana en Guatemala.

Además de trabajar como epidemiólogo, ahora está al frente de los colegas del contingente Henry Reeve que recién llegaron para prestar ayuda ante la emergencia provocada por Stan y que se dirigen hacia San Marcos. Él sabe calmar agonías.

“Bienvenidos, doy gracias a Dios por que nos los han enviado. Ustedes dejan la tranquilidad de sus casas y la seguridad de su país por estar con nosotros en este dolor. Gracias, cubanos”, le dice.

Elizabeth lleva dos días en el aeropuerto de Quetzaltenango. El cielo encapotado y la lluvia perenne impiden a los helicópteros trasegar hacia Tacaná varias toneladas de agua, víveres y alimentos para socorrer a sus coterráneos. El hambre será otra tragedia si no llegan pronto.

EN EL PACÍFICO

La ayuda médica cubana a San Marcos solo pudo abrirse paso tres días después del arribo a Ciudad de Guatemala de los miembros del contingente Henry Reeve. Cielos cerrados y caminos cortados impedían cualquier puente aéreo o terrestre.

El paso hacia San Marcos fue lento y difícil. Desde Quetzaltenango a la capital noroccidental del Pacífico debieron viajar en la cama de un camión cargado de víveres y agua. Y luego de estar en la capital del departamento, tuvieron que aguardar otro día para avanzar hacia las aldeas.

Solo pudo ser después de que en no pocos tramos de la carretera las máquinas de las empresas viales pudieron escarbar peligrosos trillos para el paso o tendieron puentes improvisados en atronadores y turbios ríos intramontanos. Quizá no pocos trillos se vuelvan a cerrar o caigan otros puentes tras el paso de los convoyes, como impidiendo cualquier regreso.

De la ciudad de San Marcos hasta Malacatán, la cabecera de este municipio fronterizo con México, viajaron en un “tren” de camionetas que primero los hizo conocer el frío del altiplano, y luego el calor de 40 grados de la costa, que los alertó sobre las primeras urgencias que debían enfrentar: enfermedades respiratorias y diarreicas en las zonas del desastre.

Contrario a las poblaciones del altiplano, donde los deslaves mataron a decenas de personas, en las áreas costeras las inundaciones dejaron pocas víctimas; sin embargo, de no tomarse urgentes medidas de saneamiento y asegurarse el personal médico especializado, la secuela de la tragedia podría incrementarse.

Los jefes de áreas de salud de Malacatán están al tanto de esa realidad, por lo que ven a los doctores cubanos como una invaluable ayuda que llegó en el momento preciso. La desolación y los peligros pudieran amenazar la costa del Pacífico debido a las aguas estancadas, los cuerpos putrefactos y la amenaza de epidemias. Saben que una ayuda experta conjurará cualquier mal.

CÚMULO DE SABIDURÍA

El contingente de la Isla es una mezcla de experiencia y juventud. El cirujano Barceló, el clínico Aldo Luis Sánchez y los especialistas en Medicina General Integral Ángel Ramón Ballesteros y Damaris Pérez Castro ya estuvieron por Centroamérica cuando el huracán Mitch o en temporadas posteriores.

Barceló y Ballesteros conocieron, además, de África y sus pobrezas. A Damaris aún la recuerdan con agrado en las aldeas de Belice. Y Sánchez nunca podrá olvidar cómo en Honduras, cuando llegaba a las comunidades del interior del país, tierras ancestralmente postergadas, los hombres y mujeres de aquellas regiones lo tocaban para comprobar que existía. Jamás habían visto un médico.

Como parte del contingente cubano también arribaron jóvenes que concluyeron precisamente en Guatemala y exactamente en San Marcos y sus aldeas, el último período de práctica del Sexto Año de Medicina.

Los doctores Damaris Pérez, William Lazo, Jennie Salgado, Erick Robles y Anner Guevara, escuchan atentos a los “profe” mientras dialogan sobre procederes y conductas clínicas.

Pero también aportan; les explican el lenguaje y las costumbres de las poblaciones locales para hacerse entender. Porque para hacerse querer, les dicen “basta solo que estemos aquí. Y ya llegamos”.

Fuente:www.jrebelde.cubaweb.cu


Copyright © El credito de las contribuciones es única y exclusivamente de los autores. El contenido de las contribuciones no representan necesariamente la opinión de la revista; los autores son responsables directos del mismo.