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Las maras, terroristas?
Por Marina Menéndez Quintero - La Habana, 27 de marzo de 2005

Guerra a las maras

Las armas no pueden contra la delincuencia. Un mal con origen en la endémica pobreza centroamericana que algunos aspiran a convertir en punto de la agenda “antiterrorista” de Bush

Ellos llenan hoy tanto espacio en la prensa como en otro momento ocupaban lugar los acontecimientos de la guerra en Centroamérica. Algunos los comparan con las mafias de origen italiano y los más catastrofistas —o ansiosos por resultar simpáticos a la administración Bush—, hasta les quieren vincular con Al Qaeda. Parecen menos quienes los ven como lo que realmente son: la evidencia terroríficamente palpable de sociedades marcadas por la inequidad y la falta de futuro; los frutos de una niñez de hambre y desprotección.

Pero la frustración que ha marcado sus destinos queda opacada por el real peligro en que se han convertido. Antes de seguir siendo víctimas, los mareros han preferido asumir el papel de victimarios.

Se dice que muchos se enrolan en las bandas desde los 12 y los 13 años, y los mayores no rebasan 25; crecieron en barrios marginales y se les distingue por enormes e impactantes tatuajes que hacen fácil su detección, como quien se jacta... o desafía. Se les responsabiliza con innumerables crímenes.

Hasta hace muy poco, las maras constituían apenas el dolor de cabeza insoluble frente a las políticas represivas de los países más afectados por ellas en Centroamérica. En el año 2003, la policía salvadoreña atribuía a sus miembros la responsabilidad del 40 por ciento del total de delitos registrados en el país y el 25 por ciento de los homicidios, en tanto, en Honduras, las autoridades los señalaban como autores de hasta 200 asesinatos mensuales.

Pero hoy, su irrupción en la opinión pública de Estados Unidos podría convertir el tema en otro punto de la agenda hemisférica.

Hace pocos días, una conferencia de prensa brindada en Washington por el subsecretario de Seguridad Territorial en EE.UU., Michael García, puso el tema en titulares al revelar que 103 presuntos pandilleros han sido detenidos durante los dos últimos meses en distintas ciudades de la Unión: 30 en Nueva York, 25 en Washington, 15 en Los Ángeles, diez en Baltimore, otros diez en New Jersey, uno en Dallas y diez en Miami, cuatro de estos últimos apresados durante los desastres callejeros del reciente carnaval, en la famosa Calle Ocho.

“Nuestro objetivo es claro: desmantelar esta pandilla criminal y sacar a sus miembros de las calles y nuestras comunidades”, dijo.

En El Salvador, una nación tan vinculada al problema, la prensa especificaba que, de los arrestados, 62 eran oriundos de ese país, 18 mexicanos, nueve hondureños, ocho guatemaltecos y un colombiano, al tiempo que se desconocía la procedencia de otros cinco.

Se les imputan cargos que abarcan casi todos los delitos criminales: desde intento de asesinato pasando por el asalto, incendio, posesión de armas, de drogas… hasta sodomía. Pero también se les acusa ante los tribunales por delitos migratorios.

Las medidas verdaderamente contundentes estaban tomadas desde antes de la redada. La “limpieza” de que dio cuenta García, es el primer resultado público de la nueva campaña interna puesta en marcha en enero por el gobierno republicano. Una campaña que, al centrarse en las pandillas vinculadas a Centroamérica, impacta fuertemente en el amplio espectro conformado por la inmigración ilegal y, por tanto, está en las manos de las autoridades migratorias estadounidenses.

Aunque altos funcionarios del Servicio de Inmigración (SIN) aducen que el objetivo no es perseguir a los ilegales, la presunta pertenencia a las maras podría servir de excusa para deportaciones masivas de que ya han sido objeto los pandilleros.

Por ende, constituye también una amenaza latente sobre esa diáspora que no consigue la anhelada legalización, a pesar de los esfuerzos desplegados por países como México o el propio El Salvador, en busca de un acuerdo migratorio que legalice a sus tantos indocumentados. “Los latinos, apuntó un hispano entrevistado al respecto, aquí siempre son vulnerables”.

Bush le ha llamado a este operativo Escudo Comunitario —una presentación afín a la conocida adicción bélica de su administración—, y tiene como sustento una buena cantidad de dinero.

El presidente ha anunciado nada menos que 150 millones de dólares para crear una “fuerza especial” que “combata” a los pandilleros, según puntualizó el diario The Independent, atento igualmente a los acontecimientos a pesar de ver la luz casi desde el otro lado del mundo.

Mientras, desde otros puntos cardinales, representantes de entidades independientes de la ONU recordaban que con las armas no se puede resolver un mal originado en la falta de oportunidades y la segregación.

LA MARA SALVATRUCHA

Quizá exista ya el estudio sociológico que pide a gritos un fenómeno como el que ahora preocupa, si es que se le quiere dar una solución real. Fuentes que desde distintos ángulos abordan el problema, recuerdan que mara es el sustantivo con que se identifica a cualquier pandilla en Centroamérica. Su existencia no es nueva.

Sin embargo, estas han alcanzado notoriedad y se hicieron más frecuentes y peligrosas en la medida que la pobreza se entronizó en el istmo y la desesperanza cundió, durante las últimas décadas.

Algunos estiman que le ha dado buen empujón a las pandillas el “más de la misma pobreza” vivida tras los sangrientos conflictos bélicos en Guatemala y El Salvador, y el incumplimiento de los acuerdos de paz en su anunciado propósito de proveer de rol social a soldados y guerrilleros, a la deriva después de desmovilizarse.

No son, sin embargo, maras “comunes” las que dice combatir ahora la administración Bush, sino la temible Mara Salvatrucha, calificada como la más poderosa de los últimos tiempos en toda la región, y ante cuya eventual presencia también se protege México, paso obligado de los inmigrantes centroamericanos que, ilegalmente, intenten penetrar en EE.UU.

Hoy, se aduce que engrosan la Mara Salvatrucha entre 50 000 y 70 000 jóvenes, de los cuales 10 000 estarían en Norteamérica.

Para algunos funcionarios de Washington, el mal ha llegado directamente a las calles estadounidenses desde los míseros barrios de la devastada Centroamérica. Pero muchos aseguran que la Mara Salvatrucha se formó allí, en las violentas calles de California y otros estados norteamericanos, adonde llegaron los jóvenes latinos en busca de un futuro que, también en el paradigma del esplendor, les resultó vedado.

La necesidad de sobrevivir frente a una sociedad que los agrede y de protegerse ante otras pandillas, dicen, los llevó a organizarse.

Con las libras de más que da a veces la madurez, provisto de espejuelos, un ex pandillero que ha escrito sus memorias acudió a brindar testimonio, hace pocos días, ante las cámaras de CNN.

Desde la adustez de sus ostensibles 40 y tantos años y la comprensión de quien escapó de la vida pendenciera pero conoce sus miserias, José Luis Rodríguez, un latinoamericano asentado en California hace dos décadas, resultó convincente.

Ellos, dijo al aludir a los mareros, “son exportados desde Los Ángeles a Honduras y El Salvador. Pero los pandilleros son jóvenes con los que se puede trabajar. Con ayuda, con mentores, con maestros se puede trabajar con ellos. Les hace falta atención. Pero necesitamos recursos”, conminó.

¿FOBIA O CONVENIENCIA?

Sin embargo, no debe señalarse solo a EE.UU. cuando se hable del equivocado afán represivo con que las maras han sido enfrentadas.

En El Salvador —nacionalidad de donde nace el apelativo “salvatrucha”— el aumento de las penas carcelarias y los operativos policiales puestos en vigor a tenor de los programas Mano Dura y Superdura, no ha podido resolver el problema. “Falta la prevención”, señala la gente a las autoridades.

Y, aunque parezca una contradicción, el pánico frente a este tipo delincuencial que trasnacionaliza la Mara Salvatrucha es exacerbado hoy desde la propia Centroamérica. Algunos gobiernos no paran mientes en llamar a EE.UU. para “disuadir” a los violentos y muchos se preguntan si se está buscando una nueva falsa salida.

Nada menos que en el marco de una conferencia auspiciada por el Comando Sur y un centro de estudios de la Universidad Internacional de la Florida, a propósito de las Nuevas Estrategias para la Defensa y la Seguridad en el Hemisferio Occidental —que así se llamó el encuentro—, el ministro hondureño de Defensa, Federico B. Travieso, afirmó que no puede descartarse la vinculación de las maras con el terrorismo. En su opinión —según reflejó el sitio web La Tribuna—, el asunto “requiere de soluciones conjuntas”.

Incapaz para detener el mal sin atender a la esencia social que lo provoca, el presidente Antonio Saca sigue las pautas trazadas por su antecesor Francisco Flores, y habla también desde El Salvador de vínculos entre las pandillas y Al Qaeda, en evidente reclamo de un soporte de Bush.

Algunos observadores no dudan en afirmar que la Mara Salvatrucha será, pues, el nuevo blanco antiterrorista de la cruzada norteamericana. Sin embargo, un veterano del FBI como Robert Clifford ha asegurado desde Washington que no hay evidencias de relación entre la banda de origen centroamericano y los hombres de Bin Laden.

De todas formas, se avanza. Hace pocas semanas, un encuentro que trascendió como la primera conferencia regional sobre el combate a las pandillas, reunió en San Salvador a agentes del FBI y directivos policiales de distintos condados estadounidenses así como a representantes policiales de Honduras, Guatemala, República Dominicana, Nicaragua y Panamá, reveló La Opinión.

Así, los gendarmes y directivos de la seguridad de EE.UU. pudieron verificar, in situ, una redada en los barrios marginales de San Salvador. Según las autoridades locales, la cita resultó útil para coordinar acciones y compartir información. Pero el saldo, al parecer, no fue suficiente.

Este viernes, la prensa centroamericana dio a conocer el propósito de los gobiernos del istmo de celebrar, el próximo primero de abril, una cumbre regional sobre el combate a las pandillas juveniles, reunión a la que serán invitados los gobiernos de México... y de EE.UU.

La noticia fue dada a conocer por el presidente Saca y su colega de Guatemala, Oscar Berger, durante un acto en el que acordaron la integración de las respectivas fuerzas policiales en el combate a la delincuencia.

Para los centroamericanos, el peso de la cumbre anunciada estará en conseguir que Washington no siga devolviendo a los pandilleros apresados en EE.UU. quienes
—dicen—, constituyen fuente de más violencia al regresar a sus países.

Pero podría ser demasiada la vela que algunos le están dando a Washington en la guerra declarada a las maras.

En medio de la cacería feroz desatada por el Pentágono y la Casa Blanca a nombre del antiterrorismo, acusar a los pandilleros de narcotraficantes o amigos de Bin Laden podría resultar peligroso y hasta irresponsable. Aunque, después de todo, no sea para los pandilleros la única experiencia desmoralizante.

Fuente:www.jrebelde.cubaweb.cu


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