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En ficción, la impunidad del ejército de Guatemala
Por Ricardo Pacheco Colín - Mexico, DF, 25 de noviembre 2004

En su más reciente novela, Insensatez, Horacio Castellanos narra la historia de un corrector de estilo que, al leer un documento sobre derechos humanos, se horroriza con los testimonios de la guerra en un país x, que el autor, en entrevista con Crónica, confiesa es Guatemala.

Y es que lo que el letrista busca es representar en su obra “una gran desgracia, que no es la del personaje sino la que subyace en la situación: que un ejército nacional mate a decenas de miles de sus propios habitantes” y salga impune de ello.

Bajo la apariencia de una historia sencilla, aséptica tal vez, Horacio deja escapar auténticas cargas de profundidad que se alojan en las subtramas.

Una en especial es contundente: La narración es atravesada de cabo a rabo por una serie de frases que el autor transcribe en cursivas y que resumen los testimonios de los indígenas asesinados por los soldados.

Una destaca: Yo no estoy completo de la mente, y corresponde a un indígena kaqchikel que vio morir a su familia, mujer e hijos, a machetazos, a manos de los militares.

El corrector de estilo descubre con cierto miedo que él también no está completo de la mente, “porque sólo de esa manera podía explicarse el hecho de que un ateo vicioso como yo estuviese iniciando un trabajo para la pérfida iglesia Católica”.

Lo que podría explicar que “yo me encontrara ahora precisamente en la sede del Arzobispado frente a 100 mil cuartillas casi a renglón seguido con los espeluznantes relatos de cómo los militares habían exterminado decenas de poblados con sus habitantes”.

La novela de Castellanos abre con un epígrafe de Sófocles, de la obra Antígona, que a la sazón hace decir a Ismene: “Nunca, señor, perdura la sensatez en los que son desgraciados, ni siquiera la que nace con ellos, sino que se retira”.

Por lo que Horacio explica que “cuando un desgraciado pierde el sentido se convierte en insensato, y mientras más desgraciado es uno como que la propia sensatez se pierde”.

El también autor de La diabla en el espejo (2000) levanta el libro y reflexiona sobre la ilustración de la cubierta, una obra de William Blake, titulada El cuerpo de Abel descubierto por Adán y Eva (1826):

“Es una gran desgracia que Caín haya matado a Abel. Lo que le va sucediendo a mi personaje es una pérdida del sentido común, porque se va paranoizando, pero esto no es porque sea una persona enferma, sino porque el contacto con una insensatez tan brutal lo va volviendo loco”.

Por eso sale corriendo hasta donde pueda llegar, y curiosamente llega a Alemania.

Ante la pregunta, Horacio Castellanos se echa hacia atrás en el asiento, respira y luego dice con voz pausada: “quise destacar que la impunidad es una constante en Latinoamérica. Claro que hay países que han luchado más contra ella y que han combatido más esta cultura. Para no andar en abstracciones, podríamos hablar de la impunidad de las instituciones castrenses”.

Esta novela, Insensatez, se engarza con las anteriores que estaban en cierta forma relacionadas con la guerra y ahora serían como las secuelas:

“Bueno, en la anterior novela los personajes estaban más conectados con la violencia, pero esta novela está montada sobre algo que no tiene contacto con hechos políticos, sino que al protagonista todo le llega por medio de la lectura de un informe. Hay esa diferencia”.

El personaje no es el generador de violencia, no es testigo de ésta, más bien se ve afectado por una lectura. “Es un personaje recipiente. La sola lectura de esos sucesos lo afecta enormemente. Es como un corrector de estilo de la sección policiaca en un periódico”.

Fuente: www.cronica.com.mx


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