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Los ríos Suchiate y Usumacinta, "ventana abierta a la libertad" para centroamericanos
Por Juan Balboa - México, 2 de enero de 2005

Pese a presencia de agentes aduanales y Ejército, la vigilancia fronteriza es nula

Polleros, narcotraficantes y tráfico ilegal de mercancía, con vía libre para operar

Este es uno de los ríos fronterizos más libres del continente, donde el trasiego de toneladas de alimentos, ropa o gasolina forma parte de la vida cotidiana del comercio hormiga ilegal; donde el libre paso de humanos no tiene clase social o antecedentes penales: lo mismo atraviesa un indígena de Quezaltenango o un comerciante de los Altos de Chiapas, un narcotraficante mexicano que un tratante de blancas hondureño.

Cada 20 minutos una tonelada de alimentos, productos del hogar o ropa son transportados de México a Guatemala por una cuadrilla de barcazas construidas artesanalmente con cámaras de llantas de tractor y pequeños palos de árboles de la zona. Sus movimientos lo hacen frente a inspectores aduanales mexicanos, quienes plácidamente observan desde sus vehículos.

Todos los días atraviesan el río más de 3 mil personas, 400 son ilegales centroamericanos que buscan llegar a Estados Unidos. A lo largo del río unos 10 agentes de migración se hacen de la vista gorda. Se dedican a vigilar el paso legal por el puente internacional que comunica a las dos naciones, nunca, ni por equivocación, lanzan su vista a lo largo y ancho del río, donde el paso "es una ventana abierta a la libertad", comenta en voz alta Miguel Martínez, un guatemalteco que atraviesa por el río (dice que es más costoso cruzar el puente) unas dos veces al día.

Las aguas del río Suchiate, límite con Guatemala y litoral del Océano Pacífico, son el lugar ideal para los polleros, mexicanos o centroamericanos, que trafican con seres humanos; también son el lugar por donde se registra el mayor tráfico de droga y de narcotraficantes -según el Departamento de Operaciones Antinarcóticos de Guatemala, el narcotraficante mexicano El Chapo Guzmán habría pasado por este río-, a pesar de que el Ejército mantiene presencia constante.

El tráfico incontenible de las barcazas

En la orilla guatemalteca del río Usumacinta el movimiento de las barcazas no cesa. Nadie las para, su ir y venir es acompañado por una ruidosa rocola con música de las cantinas más populares de Tecún Umán, Guatemala, y Ciudad Hidalgo (Suchiate), del lado mexicano.

Cada lado produce su propio sonido o el ruido que considera pertinente; en el guatemalteco canciones norteñas como Camelia la Tejana y La reina del sur; del lado mexicano un grupo de evangélicos lee a todo pulmón el capítulo seis, versículo nueve del Apocalipsis. Pero nadie detiene el constante trasiego comercial.

Entre una montaña de cajas de comida instantánea asoma el rostro de una mujer. Viaja sola, es tan pequeña que la montaña de cajas no la dejan ver. Doña Olivia es una de cientos de mujeres y hombres centroamericanos que cruzan diariamente a comprar jabón, huevos, detergentes, aceites, refrescos... y un sinnúmero de productos que son transportados bajo la vista de todos, principalmente de las autoridades.

En una de las barcazas dos indígenas guatemaltecos cargan seis cajas con ventiladores nuevos hechos en Taiwán. Interrogados sobre adónde se dirigen con su cargamento contestan de inmediato: "Al otro lado". "¿A qué?", se le insiste. "Voy a vender, ¿quiere usted comprar?"

En el lado de México nadie detiene a los viajeros para documentarlos. Nada pasa. Los dos guatemaltecos, con sus seis ventiladores hechos en Taiwán, pasan primero al lado de dos miembros del Ejército mexicano, y nada.

Después se topan con una camioneta que en la puerta tiene inscrito: "Inspección Fiscal y Aduanal" con el número 0072; nada pasa. En el vehículo se ve a un hombre dormido con el uniforme de la aduana mexicana, las ventanillas cerradas y el aire acondicionado a todo lo que da.

Este es el río más libre del continente, se encuentra en los límite con Guatemala y es una de las vertientes del océano Pacífico. Es un río globalizado, preferido por traficantes de humanos, por narcotraficantes, que han hecho de la región uno de sus corredores preferidos para comercializar con la ilegalidad.

Tomado de www.jornada.unam.mx


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