Sector laboral más vulnerable empieza a defenderse.
A los 15 años, Xiomara dejó su aldea en el departamento norteño de Huehuetenango y viajó a Ciudad de Guatemala para trabajar como empleada doméstica en una familia de clase media. Su sueño era trabajar de secretaria y ganar dinero suficiente para mantener a su madre ya anciana, que se ganaba la vida a duras penas lavando y planchando ropa para sus vecinos.
Xiomara, que pidió que se cambiara su nombre por temor a represalias de sus antiguos empleadores, había dejado la escuela después del tercer grado de primaria al tener que ayudar a su madre a cuidar de sus tres hermanos menores. Su padre alcohólico rara vez estaba en casa, y Xiomara atravesó una niñez de grandes privaciones.
Al principio, los empleadores de Xiomara la trataban bien y le prometieron darle libre los sábados. Pero esta promesa nunca se materializó y le fueron dando más y más tareas. Cuando se quejó y preguntó por qué no tenía un día libre, le dijeron que se callara la boca o se marchara.
Sin un lugar donde ir, no dejó a sus empleadores, y a medida que pasaban los años el abuso empeoró mucho más. Los hijos varones de sus empleadores crecieron, y empezaron a mofarse de ella por sus orígenes mayas. Un día, uno de los muchachos la golpeó tan severamente que le rompió la pierna.
Cuando contó el incidente a sus empleadores, éstos simplemente la despidieron sin darle ninguna compensación después de 10 años de servicio.
Víctima de violación
Xiomara trató en vano de encontrar otro tipo de trabajo, y finalmente empezó a trabajar para otra familia. A sus nuevos empleadores les gustaba hacer fiestas y en una ocasión un invitado, borracho, la violó.
En ese momento ella estaba demasiado temerosa y avergonzada para contar a nadie lo sucedido. Cuando sus empleadores finalmente descubrieron que estaba embarazada, le dijeron que podía quedarse hasta que tuviera al bebe y luego tendría que marcharse.
Xiomara, ahora de 30 años, se gana la vida vendiendo comida en las calles. Dice que aunque su situación financiera es inestable, no volvería a trabajar en servicio doméstico.
El caso de Xiomara no es de ninguna manera único. Según un reciente estudio llevado a cabo por el Centro de Apoyo para las Trabajadoras de Casa Particular (CENTRACAP), 62% de la fuerza laboral femenina en Guatemala está empleada en el sector del servicio doméstico. Un 80% de estas mujeres son indígenas.
La mayoría de ellas tienen poca o ninguna educación, y muchas son migrantes internas, que, como Xiomara, llegan a la capital en busca de una vida mejor pero suelen terminar trabajando en condiciones cercanas a la esclavitud.
Un 35% de las trabajadoras del hogar son menores de edad, y en zonas rurales hay incluso niñas de apenas siete años empleadas como sirvientas.
Estas niñas son las más vulnerables. Muchas familias rurales que viven en extrema pobreza y no pueden mantener a sus hijas, ponen a estas niñas en familias de clase media o alta para trabajar en servicio doméstico. Los padres autorizan a los empleadores a castigar a sus hijas si su trabajo es insatisfactorio. Como consecuencia, muchas niñas soportan abuso físico y sexual.
Una trabajadora del hogar gana unos 400 quetzales (US$52) al mes en Ciudad de Guatemala, y pueden ganar apenas 200 quetzales ($26) en zonas rurales, muy por debajo del salario mínimo, actualmente de 1,300 quetzales ($170). En la capital, las trabajadoras del hogar tienen un día libre, el domingo, pero en zonas rurales tienen sólo medio día.
“Estamos luchando por que estas mujeres sean tratadas con dignidad y respeto”, dice Mildred Díaz, presidenta de CENTRACAP. “¿Por qué el trabajo doméstico debe ser diferente de cualquier otro trabajo? La mayoría de las trabajadoras de casa particular empiezan a trabajar a las 4 de la mañana y no se acuestan hasta las 11 de la noche. No tienen hora de almuerzo y comen a la carrera mientras hacen sus tareas. Una empleada doméstica no puede enfermarse. Si se enferma, la despiden”.