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Ay, Guatemala, cuando digo tu nombre se rebela mi grito
Por Félix Población - Guatemala, 31 de enero de 2007

El periodista Carlos Santos no ha tenido que investirse de temerario reportero para buscar una historia llena de muerte y vida, tragedia y vocación, ignominia y compromiso evangélico. Su tío, el misionero Luis Gurriarán, llegó a Guatemala a principios de los años sesenta y allí fue testigo, unido por su fe solidaria a quienes más lo sufrieron, del más largo y silenciado conflicto armado de América Latina: 250.000 muertos, en torno a 500.000 desplazados y más de 100.000 refugiados.

Esas cifras cuentan con el aval de la ONU y son el balance de una guerra acallada porque la violencia afectó sobre todo a los más pobres, la población maya, mano de obra barata y sobreexplotada en las grandes plantaciones de café, algodón y azúcar del país. Sobre ese genocidio, los movimientos guerrilleros en Centroamérica, los riesgos y vivencias de don Luis y su trayectoria en pro de la dignidad indígena a través de la Teología de la Liberación versa Guatemala: El silencio del gallo, el libro de Carlos Santos de reciente publicación.

El arranque de esa tragedia lo sitúa Luis Gurriarán en el golpe de Estado de 1954, cuando la United Fruit Company solicita al gobierno estadounidense cobertura aérea para apoyar la incursión de tropas procedentes de Honduras en territorio guatemalteco y propiciar así la acción golpista. La estrategia obedecía a los planteamientos propios de la guerra fría de evitar a toda costa la generación de tendencias izquierdistas en los nuevos gobiernos latinoamericanos.

Hace diez años que se firmaron los acuerdos de paz, pero reconocidos genocidas como Ríos Montt no sólo siguen viviendo en la impunidad, sino que tienen la desfachatez de anunciar su intención de presentarse a las próximas elecciones presidenciales con objeto de eludir a la justicia. Sobre él y seis altos mandos militares pesa la petición formal de extradición acordada por el Gobierno de España en el último Consejo de Ministros del año 2006. Tal demanda se basa en el auto de la Audiencia Nacional donde se hace constar explícitamente el objetivo de exterminio de la población maya por parte de la dictadura militar, así como de aquellos misioneros que prestaron su apoyo a los indígenas y fueron la voz más autorizada y reconocida en la difusión de su persecución y masacre.

Mientras no se sepa la verdad, las heridas del pasado quedarán abiertas y sin cicatrizar, dijo don Juan Gerardi, obispo del Quiché y director del proyecto Recuperación de la Memoria Histórica. Corría el año 1998, con la paz formal ya suscrita, y fue asesinado dos días más tarde. Sólo como monseñor Gerardi expuso con su vida es posible el asentamiento de la reconciliación nacional que los acuerdos de 1996 trataron de sembrar entre los guatemaltecos, pero para ello es preciso que purguen sus responsibilidades quienes están implicados en crímenes de guerra, a los que no alcanza amnistía alguna.

Un verso del poeta guatemalteco Otto René Castillo me ha servido para titular este comentario en razón a esa memoria de muerte, persecución y tortura. Lo acabo con los que siguen para que la Justicia Internacional haga posible el aliento de porvenir con el que finaliza la estrofa.

Pequeña patria, dulce tormenta mía,
canto ubicado en mi garganta
desde los siglos del maíz rebelde:
tengo mil años de llevar tu nombre
como un pequeño corazón futuro,
cuyas alas comienzan a abrirse a la mañana

Fuente: //piensachile.com


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