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Efraín Reyes Maas, Marcelino, Carranza, una vida de entrega sin límites
Homenaje a Carranza, compañero revolucionario , febrero de 2008

Frente al balance, mañana

Y cuando se haga
el entusiasta recuento
de nuestro tiempo
por los que todavía
no han nacido,
pero que se anuncian
con un rostro
más bondadoso,
saldremos gananciosos
los que más hemos sufrido de él.

Y es que adelantarse
uno a su tiempo
es sufrir mucho de él.

Pero es bello amar al mundo
con los ojos
de los que no han nacido
todavía

Y espléndido
saberse ya un victorioso
cuando todo en torno a uno
es tan frío y tan oscuro

Otto René Castillo

Compa Carranza

Ahora empieza la victoria de Efraín Reyes Maas, líder indígena q'eqchí, fallecido en la noche del 15 de febrero de 2008 en el municipio de Míxco, Guatemala, a menos de seis meses de cumplir 92 años de edad.

Después de seis décadas de lucha por la transformación revolucionaria de la sociedad guatemalteca, Carranza, o Marcelino, como se le conoció en los años de la clandestinidad, empieza a entrar públicamente en las páginas de la historia nacional porque para él, como para muchos hombres y mujeres de su talla, el balance agradecido de la patria empieza tristemente con su muerte.

Nacido en Lanquín, Alta Verapaz, el 1 de agosto de 1916, Efraín Reyes Maas llegó a ser el líder anónimo, silencioso, modesto, paciente, de un movimiento social que haría del pueblo q'eqchí un protagonista vigoroso de la transformación de la Guatemala racista y excluyente, en la Guatemala orgullosa de su ser multicultural, pluriétnico y plurilingüe que todavía estamos construyendo.

Estibador en los muelles de Puerto Barrios, brequero en las vías del ferrocarril, también en Izabal, miembro de las primeras horas del Sindicato de Acción y Mejoramiento Ferrocarrilero, empujado por el viento fuerte de la revolución de octubre de 1944, Carranza pasa del activismo sindical a la militancia política, primero en el Partido de Acción Revolucionaria (PAR), y luego, a pocos meses de fundado, en el Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT), del cual fue militante hasta el último día de su extraordinaria vida.

De complexión delgada y de un metro 57 centímetros de estatura, según consigna su cédula de vecindad expedida en Puerto Barrios en 1941, Carranza evocaba la imagen de un Ho Chi Minh guatemalteco, que anduvo por todos los caminos de la patria, pero cuya mayor obra fue contribuir de forma decisiva a la organización social de comunidades enteras en Alta Verapaz, despertando el odio y el temor de los terratenientes y su brazo armado, el Ejército de Guatemala.

Fue ese odio y el temor a la fuerza de las masas de campesinos indígenas organizados el origen de la represión feroz que tuvo en la masacre de Panzós, el 29 de mayo de 1978, el anuncio de lo que sería la estrategia de tierra arrasada a aplicarse en escala nacional por el ejército contrainsurgente a lo largo de la década de 1980.

La formidable organización comunitaria que aquella mascre pretendía destruir, fue obra de mujeres como Adelina Caal (Mamá Maquín) y de hombres como Marcelino de Lanquín, quien para entonces tenía ya más de 60 años y venía de una larga lucha en la que fue organizador y dirigente del Sindicato de Lancheros en Puerto Barrios, entre 1963 y 1966, perseguido político y prisionero del mal llamado Tercer Gobierno de la Revolución , exilado en Belice, y cuadro dedicado a la formación política clandestina de sus compañeros indígenas, en la primera mitad de la década de los 70, en Quetzaltenango.

Lector incansable, Carranza fue un admirable autodidacta: solamente pudo cursar hasta el tercer año de la escuela primaria. Conoció personalmente la experiencia koljosiana en la Unión Soviética , y la reforma agraria en Cuba, países a los que viajó a finales de la década de los 60.

Su hablar suave, paciente y persuasivo en el cual no faltaba un “mire compañero, yo creo que...” o “entonce, compañero, cómo lo vamos a hacer, qué dice usté...”, tenía la especial virtud de trasladar al lenguaje popular, con ejemplos de la vida cotidiana de la gente, complejos conceptos de la economía política o del materialismo histórico.

A esa cualidad de comunicador popular sumaba otras dos, que le permitieron ser el mentor de varias generaciones de revolucionarios y comunistas en la zona q'eqchí: su disciplina militante y su austeridad ejemplar.

Llegó a ser maestro consumado de la clandestinidad, estricto cumplidor de las medidas de seguridad y gracias a eso pudo salir airoso de los múltiples intentos de la inteligencia militar por capturarlo. Era riguroso con la seguridad, pero su escudo principal fue el pueblo, las comunidades que le escondían, le daban techo dónde hacer las reuniones, lo alimentaban, le daban refugio, vigilaba las veredas por donde pasaría. Hoy en una aldea, mañana en otra y así, un mes tras otro, un año tras otro.

La salvaje represión militar en Alta Verapaz lo obligó muchas veces a replegarse en otros lugares del país, como Quetzaltenango y la capital, y hasta vivió un exilio de 11 meses en México, entre 1983 y 1984, durante el cual su principal demanda era ser puesto en contacto militantes jóvenes para trasmitirles su experiencia.

Después de la masacre de Panzós, Efraín Reyes Maas y sus compañeros de partido se dedicaron a extender la organización comunitaria por la zona y en los duros años 80, con casi 70 años sobre la espalda, formó parte de los esfuerzos por extender la lucha guerrillera en la región q'eqchí. Fue el responsable político de la patrulla guerrillera Manuel Andrade Roca, creada en 1982 por Comité Regional del Norte del PGT, que él mismo encabezaba.

No era novato en esto, pues había cumplido tareas de organización logística para el primer intento guerrillero que habría de dirigir el coronel Carlos Paz Tejada y que sucumbiera en Concuá en 1962, y pocos años después haría otro tanto para darle soporte logístico a las guerrillas que operaron en la sierra de las Minas. De aquella época gustaba recordar que fue guía de la guerrilla comandada por Marco Antonio Yon Sosa.

Organizador y educador político de altos vuelos, Efraín Reyes Maas, Marcelino, Carranza, o, el Abuelo, como se le conoció en el último tramo de su prolongada militancia revolucionaria -ya después de la firma de los Acuerdos de Paz- entra de este modo a la historia nacional con la sencillez de los grandes hombres, de los que nunca ambicionaron ni tuvieron riquezas materiales pero sí, en cambio, una capacidad de entrega frente a la cual las mujeres y los hombres del futuro habrán de pararse de puntillas, como diría de nuevo Otto René Castillo, para verlos en toda su magnitud humana.

Si hoy los pueblos indígenas de Guatemala avanzan hacia su reivindicación total es gracias a que hubo hombres como Efraín Reyes Maas, Marcelino, Carranza, el Abuelo. ¡Nunca pudieron doblegarlo ni derrotarlo. Tampoco podrán, nunca, derrotar la causa por la que luchó y vivió!

Al despedirlo, decimos ante su tumba lo que Federio Engels diría ante la de su amigo y camarada, Carlos Marx, en marzo de 1883: “era, ante todo y sobre todo, un revolucionario. La verdadera misión de su vida era cooperar de un modo o de otro al derrocamiento de la sociedad capitalista y de las instituciones del Estado creadas por ella, cooperar a la emancipación del proletariado... La lucha era su elemento. Y luchó con una pasión, con una tenacidad y con unos frutos como pocos hombres los conocieron...”.

Compa Carranza, hasta la victoria siempre!

 

Guatemala, 17 de febrero de 2008

www.albedrio.org


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