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Con motivo de el Día Internacional de los Trabajadores
Por el Movimiento sindical, indigena y campesino guatemalteco - MSICG - Nuestra América, 2 de mayo de 2018

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El día del trabajo nos recuerda año con año que aún la dignidad humana, cuando se vincula al trabajo, debe ser reivindicada incluso al punto de ofrendar la vida para acceder al reconocimiento de lo más elemental, del derecho a una vida en condiciones de dignidad expresadas no solo en las condiciones de trabajo sino además en el nivel de acceso al desarrollo que el trabajo construye; no obstante, la necesidad de la clase trabajadora de realizar de manera constante esta reivindicación de su propia dignidad deriva precisamente del valor transformador y enriquecedor del trabajo.

La importancia de esta capacidad de generación de riqueza nos ha sometido a un constante y progresivo proceso de explotación que nos llevó del esclavismo al feudalismo y de allí a las formas capitalistas caracterizadas por el trabajo asalariado.

De manera muy conveniente, nos han enseñado desde la infancia que el esclavismo es la falta de libertad, que la libertad es el valor fundamental del ser humano y que el trabajo dignifica y que contar con el mismo es algo así como una bendición que debemos agradecer. Se obvia de este razonamiento que, en el caso de la iniciativa privada, ese trabajo se manifiesta en bienes y servicios que al ser vendidos reportan al patrono ingresos muy superiores a los que cada trabajador devenga por los mismos y que; en el caso de las instituciones del Estado, estos bienes y servicios se pagan con recursos que la misma clase trabajadora aporta para que el Estado pueda cumplir con sus objetivos y que le legitiman para el cobro de impuestos a la población y la existencia de una serie de funcionarios de alto y mediano rango cuyos ingresos se ubican por encima de los que percibe la media de trabajadores.

En otras palabras, el trabajo reporta enormes beneficios pero a menudo, estos son percibidos tan solo en una mínima parte por quienes lo aportamos. Ahora bien, el trabajo genera desarrollo, y eso es cierto, genera un desarrollo económico, social, tecnológico, cultural, básicamente en cada espacio de expresión de la vida humana; pero cuando ese desarrollo no reporta condiciones de vida digna para quienes aportamos el trabajo, no es un trabajo que dignifique.

Ya que al referirse a la dignidad derivada del trabajo, como clase trabajadora debemos aprender a considerarla de la misma manera en que la clase dominante valora nuestro trabajo, es decir, sobre la base de aspectos concretos y no solo desde una concepción de la dignidad como condición moral, subjetiva o espiritual, sino desde la dignidad expresada en el acceso los recursos necesarios para tener junto a nuestras familias una buena y sana alimentación, acceso a la cultura y a la participación en el disfrute y creación de la misma, acceso a una educación de calidad, acceso a salud preventiva y a una atención eficiente en la enfermedad, acceso al descanso, a la recreación y la espiritualidad; acceso a la vivienda, al ahorro y a la posibilidad de certeza en el futuro mediante una previsión social que garantice de manera efectiva que al finalizar nuestra etapa de mayor capacidad productiva podamos gozar de condiciones de vida por lo menos de la misma calidad que las que gozamos mientras trabajamos y que esta edad de retiro y acceso a estos beneficios llegue en una etapa de nuestra vida en que aún podamos disfrutar de esta.

Si el trabajo, no nos permite acceder a estos elementos, estamos ante trabajo esclavo, un trabajo que nos priva de la dignidad humana y nos priva de la libertad puesto que nos obliga a trabajar más de ocho horas al día, a que varios o todos los miembros de la familia trabajen y en que cada vez se tenga que iniciar la vida laboral más temprano tan solo para subsistir, sin acceso a todos los aspectos anteriores que son los que deben concurrir para que la frase de que el trabajo dignifica al hombre no se convierta en un mecanismo de aceptación de una nueva y más grave modalidad de esclavismo.

El día de los trabajadores conmemoramos una lucha importante de la clase trabajadora y, lamentablemente, cada año, nos referimos a nuevas y más graves violaciones, a más precariedad, a nuevos derechos en riesgo o derechos que hemos perdido; y aunque alrededor del mundo siguen existiendo mujeres y hombres dispuestos al mismo sacrificio que el realizado por los mártires del primero de mayo y que de hecho pagan con sus vidas y el bienestar de sus familias nuestra esperanza de un futuro más humano, cada vez son menos, cada vez hay menos detrás de ellos, cada vez la clase trabajadora, es más yo y menos nosotros; lo que necesariamente, hace que cada vez sea más débil y que cada vez los mecanismos a través de los cuales se nos priva de la dignidad humana para acumular la riqueza en pocas manos resulten más económicos, menos riesgosos y más eficientes, porque cada vez ofrecemos menos resistencia.

Y esto es irónico y a la vez representativo de la esencia de nuestros problemas, porque estamos en una etapa en que los medios de masificación de la información y la comunicación están casi al alcance de todo el mundo, pero permitimos que se utilicen para dirigirnos, para privarnos incluso del derecho de disentir y obviamos que el primer nivel de resistencia es la no legitimación de lo injusto.

Hoy día, las madres y padres educamos a nuestros hijos para que tengan mejores oportunidades que nosotros, para que no tengan que sufrir lo que sufrimos nosotros, para que tengan lo que no tuvimos nosotros, en fin, para que su futuro no nos refleje a nosotros; en fin, no se puede afirmar que esperar que las hijas y los hijos accedan a mejores condiciones a las que uno tuvo sea malo; no obstante, cabe advertir, que nuestra falta de resistencia les está dejando sin derechos a futuro y que nuestra falta de siembra en ellos de la semilla de la lucha les está privando de la identidad y la convicción necesarias para defender los derechos que le queden o superar lo que les dejamos.

Si lo que enseñamos a las futuras generaciones es que los derechos que hoy gozan han sido producto de una condición natural, en la cual no ha mediado una lucha intensa como clase trabajadora, si lo que les enseñamos es que la lucha, la resistencia, la rebeldía y el sacrificio son condiciones que obstaculizan un futuro mejor y peor aún, si contribuimos a sostener la mentira de que el desarrollo de uno depende de uno mismo y de nadie más, no solo legitimamos las pisaduras que sufrimos sino que les enseñamos a pisotear a su propia clase y les privamos de la posibilidad real de acceder a un futuro realmente digno.

El primero de mayo es cada año conmemoración, ratificación de compromisos y denuncia, es como una especie de fiel que nos permite sopesar, a menudo con saldo negativo, lo que ganamos con lo que perdimos. Es una fecha en que nos debe indignar la justicia mercenaria, nos deben indignar los violadores impunes, nos debe indignar la guerra injusta, la ausencia de libertades, la falta de igualdad y todos los males de nuestros tiempos, pero es una fecha en la que nos debe indignar no estar haciendo más por solucionar todos estos problemas, el estar perdiendo la identidad de clase, el estar careciendo de la capacidad contundente de acción y de reacción ante lo injusto, nos debe indignar no estar sembrando en las nuevas generaciones esa identidad y compromiso de clase que es la piedra angular sobre la cual se ha asentado la conquista de cada derecho y sobre la cual debemos replantear el escenario e iniciar, como primero de mayo de 1886, una nueva ofensiva de la clase trabajadora.

¡¡¡UNA SOLA VOZ, UNA SOLA FUERZA!!!


MOVIMIENTO SINDICAL, INDÍGENA Y CAMPESINO GUATEMALTECO –MSICG-


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